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jueves, 17 de junio de 2010

269 Soldados Extranjeros Muertos Este Año en Afganistán


Al-Manar
17/06/2010

Un soldado de ocupación norteamericano falleció en el sur de Afganistán por una bomba casera, dijo la alianza el jueves, en lo que constituyó la tercera muerte en un día mientras la tasa de fallecidos extranjeros en el país continúa creciendo y alcanza ya las 269 bajas este año.

El soldado, cuya nacionalidad no ha sido desvelada, murió el miércoles debido a la explosión de un artefacto explosivo improvisado, el arma de preferencia de los talibanes afganos.

La OTAN, que junto con EEUU tiene 142.000 soldados desplegados en el país, anunció el miércoles el fallecimiento de otros dos soldados de ocupación debido a la explosión de sendos artefactos explosivos.

Las tres muertes han elevado a 269 el total de soldados extranjeros muertos en Afganistán hasta ahora este año, según una encuesta de AFP.

La pasada semana, las fuerzas de la OTAN sufrieron su mayor golpe del año cuando 30 soldados fallecieron, incluyendo cuatro norteamericanos que murieron cuando los talibanes derribaron un helicóptero en la provincia sureña de Helmand.

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viernes, 4 de junio de 2010

Ataque israelí repercute en Pakistán


04-06-2010
Syed Saleem Shahzad
Asia Times Online
Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens

Durante los últimos años, el problema palestino, que ha presenciado el ascenso del fundamentalista Hamás en Gaza, ha sido reducido de un conflicto internacional a un complejo problema local.


El mortífero ataque de Israel el lunes contra un barco desarmado de ayuda turco que trataba de romper el bloqueo israelí de Gaza ha cambiado esto de un día para otro, provocando manifestaciones de protesta en todo el mundo musulmán. Incluso el mayor facilitador del sitio de Gaza, el aliado de Israel, Egipto, abrió el cruce fronterizo en Rafah hacia Gaza, como reacción ante las protestas.

El incidente también centró la atención en EE.UU. que puede terminar por ser el mayor perdedor, especialmente en Afganistán y Pakistán.

Cientos de miembros de un grupo islamista favorable a Irán, la Organización Estudiantil Imamia, marcharon el martes por las calles de Karachi, la ciudad portuaria del sur de Pakistán, en protesta contra el ataque israelí contra el Mavi Mármara. La protesta fue sólo una de cientos realizados en otras partes del país.

La manifestación debía tener lugar frente al Club de la Prensa de Karachi. Cuando los manifestantes iban en camino al club un grupo de hombres comenzó repentinamente a gritar consignas incendiarias. Incluían “La Sharqia La Gharbia Islamiya, Islamiya” (No creemos ni en Oriente ni en Occidente, sólo creemos en el Islam), “Muera EE.UU., muera Israel” y “Aliados de los estadounidenses y de Israel son traidores”.

En ese momento los manifestantes cambiaron de dirección hacia el consulado de EE.UU. y la protesta se volvió violenta cuando la policía trató de bloquear la marcha. Por lo menos dos docenas de activistas estudiantiles fueron arrestados y el resto fue dispersado por cañones de agua.

En términos paquistaníes fue un incidente relativamente pequeño sin muertes, pero es una señal de una nueva campaña anti-estadounidense en el país que podría ser fácilmente reproducida en otras naciones.

La temperatura elevada en las calles de Pakistán no podría haber acontecido en un momento peor.

El gobierno está bajo intensa presión de Washington para que lance una masiva ofensiva militar en el área tribal de Waziristán del Norte, que EE.UU. considera como la base crucial de la resistencia afgana y sede global de al-Qaida. Las tropas de la OTAN en Afganistán también están listas para una gran ofensiva contra los bastiones talibanes en la provincia Kandahar –una acción que es extremadamente impopular en la población local.

Aunque Pakistán es calificado de aliado no-OTAN de máxima importancia en la guerra en Afganistán, Islamabad no tiene relaciones diplomáticas con Israel. Tres ciudadanos paquistaníes estaban en el Mavi Mármara y el incidente, incluyendo la inequívoca condena turca del ataque, recibió amplia cobertura en los medios.

Movimientos islámicos internacionales aparecieron inmediatamente en las calles y formularon planes para manifestaciones, incluido Jamaat-e-Islami Pakistan, que después de una reunión a alto nivel en Lahore esbozó una prolongada campaña de protesta.

El ex primer ministro interino afgano, Ahmad Shah Ahmadzai, dijo a Asia Times Online desde Kabul que prolongadas protestas también podrían estallar en Afganistán.

La ofensiva en Kandahar, que supuestamente debía ser lanzada antes de abril, ha sido aún más postergada esperando la suerte de la operación en Waziristán del Norte, prometida originalmente por el ejército de Pakistán para el año pasado.

Mientras tanto, la Operación Fateh (Operación Victoria) de los talibanes tiene lugar tal como fue prevista, habiendo comenzado el mes pasado con el ataque contra un convoy de la OTAN en Kabul en el que murieron varios altos funcionarios, seguido por un ataque contra la masiva base aérea Bagram en las afueras de Kabul y otro contra el aeropuerto de Kandahar.

También ha habido batallas campales en la base aérea Logar y mortíferos asaltos en Helmand, Farah y Kuduz. Los talibanes capturaron el único distrito pro gubernamental en

Barge Matal en la provincia Nuristán, incluyendo todos los gobiernos gubernamentales. El martes, fuerzas de la OTAN recapturaron la sede del distrito, pero los talibanes siguen controlando las montañas y las aldeas cercanas.

Se espera que el nivel de la insurgencia aumente durante los meses del verano. En breve, es vital para la OTAN desmembrar las estructuras de comando central de los talibanes –la rama que controla la insurgencia en Afganistán suroriental, basada en Waziristán del Norte, y la rama suroccidental basada en la provincia Kandahar.

Ahora, con el sentimiento contra Israel y contra EE.UU. al nivel más alto en cinco años, el logro de apoyo político para una operación pro estadounidense en Waziristán del Norte y una ofensiva en Kandahar, a la que ya se oponen enérgicamente las tribus locales, parece imposible. Cualquiera demora favorece a la Operación Fateh de los talibanes –que tiene en sus miras a localidades fronterizas estratégicas en Khost, Paktia, Paktika, Kunar y Nangarhar.

Si las ofensivas llegan a concretarse, ciertamente provocarán pasiones ya inflamadas y radicalizarán aún más a la juventud en Pakistán y Afganistán –y no hay ninguna garantía de éxito.

………….

Syed Saleem Shahzad es jefe de la Sección Pakistán de Asia Times Online. Para contactos escriba a saleem_shahzad2002@yahoo.com

(Copyright 2010 Asia Times Online (Holdings) Ltd.

Fuente: http://www.atimes.com/atimes/South_Asia/LF03Df02.html

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miércoles, 12 de mayo de 2010

EEUU se muestra “muy agradecido” por el envío de más tropas españolas a Afganistán


Los bancos y multinacionales de EEUU, todavía más contentos

Lunes 10 de mayo de 2010
LibreRed.net/Agencias

Durante una visita oficial a España, el vicepresidente de Estados Unidos, Joe Biden, se ha mostrado “muy agradecido” al presidente José Luis Rodríguez Zapatero por el apoyo militar que el ejército español está dando a la ocupación extranjera en Afganistán, encabezada por Washington y ejecutada actualmente por una misión de la OTAN en el país.

Este sábado, ambos dirigentes se han reunido en el Palacio de la Moncloa poco antes de visitar, junto con la ministra de Defensa, Carme Chacón, la base de la Brigada Paracaidista en Paracuellos del Jarama, en Madrid. En la reunión, Zapatero y Biden también han intercambiado opiniones sobre las medidas a emprender en EEUU y en Europa para una mejor regulación del sistema financiero que en el futuro impida que los ciudadanos acaben pagando las crisis de las grandes entidades bancarias.

Biden, que llegó ayer a Madrid procedente de Bruselas, ha destacado el apoyo de las tropas españolas en Afganistán y ha agradecido al presidente español el envío de más soldados al país asiático. Según Biden, este hecho contribuye a que “en breve los afganos sean capaces de asumir en breve sus propias responsabilidades”.

La revuelta social de Grecia

Biden también ha transmitido a Zapatero que Estados Unidos apoya las medidas económicas que tanto la Unión Europea (UE) como el Fondo Monetario Internacional (FMI) quieren aplicar en Grecia. La UE y el FMI quieren darun préstamo millonario al país a cambio de que el gobierno griego lleve a cabo importantes recortes en materia social. Estas medidas neoliberales han llevado a los principales sindficatos del país a una huelga general que ha desencadenado en revuelta social.

“Colaboración, apoyo mutuo y confianza”

Según el presidente español, una de las tareas pendientes del próximo G-20 es la regulación del sistema y conseguir el compromiso de las grandes entidades financieras para que en un futuro sus crisis no las paguen los ciudadanos, sino que ellas mismas sean las que se aprovisionen y dispongan de recursos ante posibles crisis financieras.

Esta, según Zapatero, es una de las grandes lecciones de esta crisis. El presidente español también ha reiterado en Biden el compromiso del Estado con la ocupación extranjera en Afganistán, lo que Zapatero ha catalogado como”proceso de paz”. Los dos mandatarios también han hablado de la situación en Israel, y Zapatero ha puesto de manifiesto de nuevo su apoyo a la Administración Obama en Oriente Próximo. Por otro lado, el presidente español se ha posicionado a favor de las amenazas lanzadas por EEUU contra Irán por su programa energético: “Hay un pleno acuerdo e Irán tiene que saber que de espaldas a la comunidad internacional no tiene nada a hacer”, sentenció Zapatero. Con estas declaraciones, el ejecutivo español ha despejado cualquier duda y se ha mostrado totalmente alineado en las tesis de Washington.

Fuente: http://www.librered.net/wordpress/?...

Tomado de Rebelión

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domingo, 18 de abril de 2010

Richard Colvin mantiene su testimonio sobre la tortura en Afganistán


La Comisión canadiense encargada de examinar las quejas contra la policía militar (CEPPM) dedicó finalmente 6 horas a escuchar el testimonio de Richard Colvin, el 13 de abril de 2010.
Apoyándose en la obligación de reserva impuesta a Colvin en su condición de diplomático, el Partido Conservador había tratado de impedir a toda costa que el diplomático declarara ante la comisión.

Richard Colvin, quien trabajó en Kandahar durante 18 meses, de 2006 a 2007, confirmó así el testimonio que ya había presentado el 5 de octubre de 2009 a la Comisión parlamentaria sobre la misión en Afganistán. Según Richard Colvin, todos los prisioneros que las fuerzas canadienses entregaron a las autoridades afganas fueron torturados por estas últimas. La entrega de prisioneros a terceros a sabiendas de que pueden ser torturados constituye un crimen de guerra tipificado en la Convención de Ginebra.

Durante su trabajo en Afganistán, Richard Colvin envió a sus superiores en Ottawa 17 detallados informes y no vaciló en distribuir hasta 75 copias de dichos informes a diferentes responsables del ministerio de Relaciones Exteriores y del ministerio de Defensa de Canadá.

Durante su anterior misión en Ramallah, después del deceso del presidente Yaser Arafat, Richard Colvin había alertado a sus superiores sobre las circunstancias del envenenamiento del líder palestino y la evolución interna de Al Fatah. Colvin es actualmente primer secretario de la embajada de Canadá en Washington y oficial de enlace de inteligencia.

La Comisión tuvo también conocimiento de los informes de otro diplomático canadiense, Chris Alexander, asignado a la ONU. Según este alto responsable, el ex gobernador de Kandahar, Asadullah Khalil, ordenó el asesinato de 5 empleados de la ONU y tenía una cárcel secreta debajo de su residencia privada.

Chris Alexander reveló también que la mayoría de los atentados perpetrados contra extranjeros no son obra de los insurgentes sino de los traficantes de drogas vinculados al gobierno afgano, interesados en mantener un ambiente de inseguridad.

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Dioses y monstruos: Las vistas desde el Monte Olimpo


Las guerras estadounidenses se combaten desde lo alto
Dioses y monstruos: Las vistas desde el Monte Olimpo

Tom Engelhardt
TomDispatch.com
Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández
8-04-2010

Los griegos tenían razón. Cuando se vive en el Monte Olimpo, la visión de la humanidad que uno tiene es cualitativamente diferente. Después de todo, los dioses griegos mentían, robaban, deseaban y castigaban sin piedad a la humanidad mientras se paseaban por el planeta de una forma que nosotros, los mortales, consideraríamos amoral, cuando no inmoral. Y se sentían tan a gusto. Se creían –nos cuenta la mitología griega- increíblemente libres para intervenir en los asuntos de cualquier mortal que atrajera su atención desde las alturas y, de paso, hacer lo que les viniera en gana sin pensar mucho acerca de la naturaleza de las vidas humanas.

Si alguna vez sentían algo de compasión por los mortales cuyas vidas lanzaban repetidamente al caos, eran incapaces de experimentar una empatía verdadera. Tal es la naturaleza del mundo cuando tu visión es la olímpica y lo que ves desde las alturas no es más que un montón de mamíferos apenas distinguibles correteando por abajo. Los detalles de sus insignificantes vidas se difuminan de forma natural y carecen de importancia.

La pasada semana vimos –contemplamos, realmente- un ejemplo moderno de lo que significa en nuestros días actuar desde las alturas, y leímos acerca de otro asombroso ejemplo de cómo se actúa desde las cumbres. El portal de Internet WikiLeaks sacó a la luz un video desencriptado de 2006 de dos helicópteros Apache estadounidenses atacando a un grupo de iraquíes en una calle de Bagdad. Al menos doce iraquíes, entre ellos dos empleados de la agencia de noticias Reuters, un fotógrafo y su conductor, resultaron asesinados en el suceso, y dos niños del vehículo de un buen samaritano que se paró a recoger a las víctimas y que de paso murió, resultaron también heridos.

Sin lugar a dudas, ese vídeo es una notable demostración de cómo se puede en 17 minutos matar salvajemente a unos seres diminutos que pululan por abajo. No había forma de que las tripulaciones de los helicópteros estadounidenses supieran quiénes eran: sunníes o chiíes, insurgentes o comerciantes, bagdadíes con malas intenciones hacia los estadounidenses o bagdadíes que no prestaban atención a dos de los helicópteros que entonces zumbaban regularmente sobre la ciudad. ¿Eran asesinos, guardias, empleados de banca, desempleados, miembros del Partido Baaz, fanáticos religiosos o dueños de un café? ¿Quién podría asegurar nada desde las alturas? Pero los detalles importaban bien poco.

En la primera escena, vemos cómo el cámara de Reuters se agacha por detrás de un edificio mirando alrededor de una esquina, y se puede oír a un estadounidense lanzando un grito en el Apache: “¡Tiene un RPG!”, confundiendo su cámara con un objetivo de largo alcance con un lanzagranadas propulsado por cohete. El piloto ignora, por supuesto, que allí hay un fotógrafo de Reuters. Sólo lo sabemos nosotros. (Y cuando se supo su muerte, el ejército enterró cuidadosamente el video).

Junto con ese video nos llega una banda sonora en la cual puede oírse cómo los estadounidenses verifican las normas de actuación, piden permiso para disparar y bromean sobre los resultados. (“Ja, ja, ja, les dí”; “Oh, yeah, mira, hemos matado a todos esos bastardos…”; y sobre los dos niños heridos: “Bien, es su culpa por traerse a los chicos a la batalla”). Los artículos aparecidos aquí en los medios justifican esa charla cruel por la necesidad que tienen, quienes se dedican al trabajo de matar, a poner “distancia psicológica”, aunque ésa es real e indudablemente la forma en que hablas cuando tú, y solo tú, tienes acceso, como los dioses, a los cielos y puedes planear sobre el resto de la humanidad haciendo preparativos para acabar con los seres inferiores.

De forma parecida, el 12 de febrero, en Paktia, Afganistán oriental, en la oscuridad de las horas previas al amanecer, un equipo de las Operaciones Especiales estadounidense se lanzó sobre un pueblo cerca de Gardez. Allí, en un mundo que no podía estar más alejado de sus vidas, posiblemente haciendo uso de la información de un chivatazo equivocado, francotiradores estadounidenses que se situaron en lo alto de los tejados mataron a un oficial de la policía afgana (“el jefe de inteligencia de uno de los distritos más volátiles de Paktia”), a su hermano y a tres mujeres: una madre de diez hijos embarazada, una madre de seis hijos también embarazada y una adolescente. Después, sacaron las balas de los cuerpos de las mujeres, ataron y amordazaron sus cuerpos y cumplimentaron un informe en el que afirmaron que los hombres muertos eran militantes talibanes que habían asesinado a las mujeres en “asesinatos por honor” antes de que ellos llegaran allí. (Esto fue lo que la prensa estadounidense, que habitualmente recoge las explicaciones del ejército, publicó inicialmente sobre el suceso).

Recientemente, ante un buen reportaje sobre el terreno de un periodista británico no empotrado, esta historia tapadera se desintegró vergonzosamente mientras el portavoz del ejército estadounidense se retractaba paso por paso en una serie de admisiones parciales del error, hasta llegar a la presentación de disculpas personales, incluido el sacrificio de una oveja y 30.000 dólares de indemnización.

Eviscerando ceremonias

Ambos incidentes provocaron conmoción e indignación en los críticos de las políticas bélicas estadounidenses. Ambos incidentes son espeluznantes. Sin embargo, posiblemente, el aspecto más impactante es precisamente su carácter rutinario actual, aunque la publicación del video de esos hechos no lo sea. Empezando con un detalle de los asesinatos en Afganistán del que se informó en la mayoría de los relatos, pero que casi nadie subrayó: que los estadounidenses se lanzaron sobre lo que era una ceremonia familiar tradicional. Que se había reunido a más de veinticinco invitados para dar nombre a un recién nacido.

En realidad, en estos últimos de nueve años, ceremonias afganas (e iraquíes) de todo tipo acabaron acribilladas con regularidad. Haciendo un recuento parcial de las fiestas de boda arrasadas por el potencial aéreo estadounidense en TomDispatch.com, he contado cinco de esos “incidentes” entre diciembre de 2001 y julio de 2008. (Me llamó la atención un sexto suceso en julio de 2002, en el que posiblemente murieron 40 invitados a una boda y muchos más resultaron heridos, y un séptimo en agosto de 2008). Tampoco resultaron inmunes ante los ataques otro tipo de rituales donde había reunidos un número grande de afganos, incluidos funerales, y por último, hasta ceremonias para dar nombre a un bebé. Y no se olviden que ésos son sólo los incidentes de los que se ha informado en un país con inmensas zonas de territorio rural donde indudablemente mucho de lo que ocurre no se denuncia.

De forma similar, el General Stanley McChrystal, el comandante de las fuerzas estadounidenses en Afganistán, manifestó recientemente sorpresa ante el recuento de víctimas desde el pasado verano, con al menos 30 afganos muertos y 80 heridos en los controles cuando los soldados estadounidenses abrieron fuego contra coches. Declaró: “Hemos disparado contra una sorprendente cantidad de gente, y por lo que sé, ninguno era realmente una amenaza”. O consideren el caso de Mohammed Yonus, de 36 años, un popular imán de una mezquita de las afueras de Kabul, a quien asesinaron en su coche en enero pasado por adelantar a un convoy de la OTAN que consideró que el vehículo del imán representaba una “amenaza”. Su hijo de siete años iba en el asiento de atrás.

O cuando a propósito del suceso de los empleados de Reuters, el reportero Mazen Tomeizi recordaba a un productor palestino de la cadena por satélite Al-Arabiya de Dubai, asesinado por un helicóptero de combate estadounidense en septiembre de 2004 en la calle Haifa, en el centro de Bagdad. Era camarógrafo en aquel momento y su sangre salpicó la lente. Seif Fouad, un cámara de Reuters, resultó herido en el mismo incidente, muriendo varios transeúntes, entre ellos una niña. O recuerden a los 17 civiles iraquíes vilmente asesinados cuando los empleados de Blackwaters de un convoy empezaron a disparar en la Plaza Nissur de Bagdad el 16 de septiembre de 2007. O los misiles lanzados desde helicópteros y aviones no tripulados estadounidenses contra la mísera barriada chií de Ciudad Sadr en 2007-2008. O los iraquíes asesinados regularmente en los puestos de control desde la invasión de 2003. O, si vamos al caso, los primeros momentos de esa invasión el 20 de marzo de 2003, cuando, según Human Rights Watch, “docenas” de civiles iraquíes fueron asesinados en los cincuenta “ataques de decapitación” aéreos que la administración Bush lanzó contra Saddam Hussein y el resto de los dirigentes iraquíes, todos ellos errados.

Esa es la indiscriminada condición de la matanza, no importa cuan “preciso” y “quirúrgico” sea el armamento cuando la guerra la hacen aquéllos que mandan en los cielos y descienden, como si vinieran de Marte, hacia otros mundos, convencidos de que tienen el poder para aislar lo bueno de lo malo, aunque no puedan distinguir a un campesino de un insurgente. En esas circunstancias, la muerte llega con múltiples disfraces: desde una gran distancia, vía misiles de crucero o aviones no tripulados, o de cerca, en un control donde soldados estadounidenses blindados, con el dedo en el gatillo, no aciertan a distinguir un suicida-bomba de un vecino confundido o atemorizado con un par de niños en el asiento trasero. Llega repetidamente cuando las fuerzas de Operaciones Especiales de EEUU se lanzan desde los helicópteros una vez que oscurece buscando sospechosos terroristas basándose en chivatazos de informantes poco fiables que pueden estar tratando de ajustar cuentas con alguien de la localidad, de todo lo cual los estadounidenses son tristemente ignorantes. Llega repetidamente cuando se confunde a las tropas del ejército o de la policía afganas con el enemigo.

Y la muerte no sólo le sobreviene a un oficial de policía y a su hermano y familia en la provincia de Paktia, sino también a un “acomodado hombre de negocios con contratos de construcción y seguridad con la cercana base estadounidense en el aeropuerto de Shindand”, quien, junto con hasta 76 miembros de su extensa familia, fue masacrado en un ataque contra el pueblo de Azizabad, en la provincia de Herat, en agosto de 2008. Le pasó a la familia de Awal Khan, un comandante de artillería del ejército afgano (lejos, en otra provincia), cuya “esposa, maestra, su hija de 17 años, de nombre Nadia, un hijo de 15 años, Aimal, y su hermano, empleado en un departamento del gobierno”, fueron asesinados en abril de 2009 en un ataque dirigido por EEUU en la provincia de Khost, al Este de Afganistán (otra hija resultó herida y a la mujer del sobrino de Khan, embarazada de cinco meses, le dispararon cinco tiros en el abdomen). Les llegó a doce afganos al borde de una carretera cerca de la ciudad de Jalalabad en abril de 2007, cuando los marines de las fuerzas de Operaciones Especiales, atacados por un suicida-bomba, se desataron por un tramo de carretera de unas diez millas. Entre las víctimas había una niña de cuatro años, un niño de uno y tres campesinos ancianos. Según un informe de Carlotta Gall, del New York Times, “acabaron con la vida de una muchacha de 16 años recién casada que iba caminando con un haz de hierba hacia la granja de su familia… Un anciano de 75 años que iba hacia su tienda recibió tantos impactos de bala que su hijo no pudo reconocer el cadáver cuando llegó al escenario del crimen”.

En noviembre de 2009, fueron dos familiares de Majidullah Qarar, el portavoz del Ministro de Agricultura, a quienes dispararon a sangre fría en la ciudad de Ghazni en otra redada nocturna de los elementos de las Operaciones Especiales. Pasó en febrero de 2010 en la provincia de Uruzgan, cuando los soldados de las Fuerzas Especiales de EEUU atacaron un convoy de minibuses, asesinando hasta a 27 civiles, incluidos mujeres y niños.

Y ocurrió este 5 de abril en un ataque aéreo en la provincia de Helmand, al sur de Afganistán, en el cual se atacó una vivienda, y cuatro civiles –dos mujeres, un anciano y un niño- murieron asesinados junto con otros cuatro hombres, inmediatamente identificados en un comunicado de prensa de la OTAN como “sospechosos de pertenecer a la insurgencia”: “Los insurgentes estaban utilizando el recinto como posición de tiro cuando las fuerzas combinadas, ignorantes de la posible presencia de civiles, dirigieron ataques aéreos contra la posición”. Después se puso en marcha la usual investigación conjunta con los afganos y, poco después, los cuatro hombres se metamorfosearon en “civiles”, con las consiguientes disculpas a continuación: Desde luego, es que los “sospechosos insurgentes”, pueden tener, también, esposas, niños, y padres o parientes ancianos, o sencillamente apoderarse de los recintos donde están esas personas. Y sucedió en la mañana del lunes pasado en las afueras de la ciudad de Kandahar, cuando las tropas estadounidenses abrieron fuego contra un autobús, matando a cinco civiles (incluida una mujer), hiriendo a muchos más y provocando airadas protestas.

Depredadores planetarios

Ya sea desde los cielos o patrullando sobre el terreno, los estadounidenses no saben prácticamente nada de los mundos por los que planean o atraviesan. Esto es, desde luego, aún más verdad en el caso de los “pilotos” que echan a volar nuestras últimas y asombrosas armas, los Predator, los Reaper y otros aparatos no tripulados sobre las zonas de batalla de EEUU, mientras están sentados ante las consolas en algún lugar de los EEUU y enzarzados, literalmente, en guerras de videojuegos, mientras se sienten en gran medida como los dioses. Un cartel en la Base de las Fuerzas Aéreas Creech advierte a un piloto de aparatos no tripulados que “conduzca cuidadosamente” al salir de la base después de un turno de trabajo “en” Afganistán o en Iraq. Ésta es, dice, “la parte más peligrosa de tu día”.

Un instructor de pilotos de aviones no tripulados describió de forma vívida esta forma de hacer la guerra: “Echar a volar un Predator es como un juego de ajedrez… Debido a que tienes una perspectiva divina, necesitas prever unos cuantos movimientos”. Sin embargo, por mucho que puedas “hacer previsiones”, las diminutas y apenas distinguibles criaturas que estás decidiendo borrar del mapa no habitan realmente en el mismo universo que tú, ni tienen tus perentorias necesidades, problemas y preocupaciones.

Ahí está el quid de la cuestión: en las ciudades y pueblos de las tierras lejanas donde a los estadounidenses les gusta emprender sus guerras, los civiles mueren regular y repetidamente a manos nuestras. Cada muerte suele llevar implícitos detalles de auténtica pesadilla, pero en general la historia es notablemente repetitiva. Esos “incidentes” son totalmente predecibles. Incluso el General McChrystal, determinado a “proteger a la población” en Afganistán como parte de su guerra de contrainsurgencia, se ha mostrado notablemente incapaz de cambiar la naturaleza de nuestro estilo de hacer la guerra. Reducir los ataques aéreos, reducir los ataques nocturnos de los tipos de las Operaciones Especiales, nada de todo eso importa a largo plazo. En pocas palabras: Si te lanzas desde el cielo, ellos van a morir.

Al contemplar la muerte del fotógrafo de Reuters de 22 años Namir Nur-Eldin en ese video de julio de 2007, su padre dijo: “Por fin hemos sabido la verdad y me siento satisfecho de que Dios la haya revelado… Si ese incidente se hubiera producido en EEUU, incluso si hubieran matado a un animal de esa forma, ¿qué habrían hecho?”.

Dejando a un lado la controversia durante la campaña presidencial de 2008 sobre la caza de los lobos en Alaska desde helicópteros, es posible que Nur-Eldin no hubiera llegado muy lejos. Un artículo reciente que apareció en primera página en el New York Times captaba esa perspectiva, aunque de forma involuntaria cuando, al hablar de la guerra aérea de la CIA sobre las zonas tribales fronterizas de Pakistán, describía a los aviones no tripulados de la Agencia como “observando y rastreando los objetivos, para después desatar los misiles contra sus presas”.

El término “presa” tiene una definición muy sencilla: “animal cazado”. En efecto, los dirigentes de Al-Qaida, los militantes talibanes y los civiles locales de la región son todos ellos “presas”, lo cual, por supuesto, nos convierte a nosotros en depredadores. Que la mayoría de los aviones no tripulados que vuelan por aquellos cielos lanzando repetidamente sus misiles Hellfire se llamen “Predator” no constituye, por tanto, sorpresa alguna.

Los estadounidenses no están acostumbrados a ser la presa en las guerras y por eso son esencialmente incapaces de imaginar lo que eso significa en estos momentos, día tras día, año tras año. Preferimos pensar sobre sus muertes como algo que es consecuencia de accidentes o errores –daños colaterales- cuando no son sino la norma, no la excepción, no lo que es colateral en tales guerras. Preferimos imaginarnos a nosotros mismos llevando lo mejor (en cuanto a valores e intenciones) a un mundo atrasado e ignorante y eso invariablemente nos hace creernos mucho más bondadosos de lo que somos. Como los dioses del Olimpo, tenemos tendencia a halagarnos a nosotros mismos, aunque continuamente estemos rehaciendo las “normas de actuación” para adaptarlas a nuestros cambiantes gustos y necesidades. Mientras, creamos un lenguaje bélico conveniente para nuestras tiernas sensibilidades respecto a nosotros mismos.

De esa forma, por ejemplo, el asesinato con aviones no tripulados se ha convertido, más que nunca, en la parte más fundamental de la política bélica y exterior de la administración de Obama, y la palabra “asesinato” –con todas sus implicaciones negativas, legales y de otra clase- se ha visto desplazada por la mucho más anodina y burocrática expresión de “asesinato selectivo”. De hecho, en cierto modo, lo que en la administración Bush eran las “técnicas de interrogatorio reforzadas” (es decir, tortura), en la administración Obama son los “asesinatos selectivos”.

Para los dioses no hay nada imposible. En el lenguaje de la guerra olímpica, por ejemplo, incluso sentado ante una consola a miles de kilómetros de esos no-tan-humanos, te estás preparando para que destruir pueda convertirse en un acto merecedor de alabanza homérica. Como informó Greg Jaffe del Washington Post, el Coronel Eric Mathewson, el oficial de la Fuerza Aérea con mayor experiencia en la aviación no tripulada, tiene un nuevo concepto de “valor”, una palabra “que forma parte de casi todas las citas en todos los actos de condecoración de combate”. “El valor para mí no es poner en peligro tu vida”, dice. “Valor es hacer lo que es justo. Valor tiene que ver con tus motivos y los objetivos que tú buscas. Es hacer lo que es justo por razones justas”. Lo que los dioses hacen es, por definición, glorioso.

Descendiendo desde lo alto

Y no es sólo la forma estadounidense de hacer la guerra, sino la forma estadounidense de hacer política la que llega como si viniera desde los cielos, dispuesta a imponer sus propias definiciones de lo que es bueno y necesario para el mundo. Los funcionarios estadounidenses, civiles y militares, vuelan constantemente hacia las asediadas regiones (seamos francos: musulmanas) del planeta para imponer exigencias, ordenar, reprender, sonsacar, engatusar, intimidar, amenazar, retorcer brazos y bravuconear para conseguir que nuestros “aliados” hagan todo lo que queramos.

Nuestros plenipotenciarios especiales, como Richard Holbrooke, hacen eso regularmente; nuestra Secretaria de Estado le sigue. Nuestro Jefe de la Junta del Alto Estado Mayor, el comandante del CENTCOM y el Secretario de Defensa descienden frecuentemente desde las nubes en Islamabad, Kabul o Bagdad. Nuestro Vicepresidente se desplaza con toda rapidez a los distritos electorales de Iraq para ayudar a mediar en las disputas, e incluso nuestro Presidente, la “artillería política más pesada” (como le denominó un analista), se dejó caer recientemente en una visita de seis horas a “Afganistán” (actualmente el hangar de una gran base aérea estadounidense con un palacio presidencial en Kabul). Allí –como los periódicos estadounidenses informaron muy orgullosamente- reprendió y “presionó” al Presidente afgano Hamid Karzai, ofreció una “crítica mordaz” sobre la corrupción y entregó un “duro mensaje”. Después se volvió a EEUU, sólo para encontrarse, para sorpresa y frustración de sus altos funcionarios, que Karzai –acusado casi inmediatamente de ser inestable, posiblemente a causa de las drogas, y propenso a las rabietas, como los niños- había respondido arremetiendo contra sus guardaespaldas estadounidenses.

Por supuesto, nosotros somos los racionales, los maduros y el equipo de la buena gobernanza, la incorruptible tripulación que lleva ilustración y democracia al mundo, aunque, como dioses prácticos que somos, en apoyo de nuestra guerra afgana, estemos perfectamente dispuestos a apuntalar a un autócrata corrupto en cualquier lugar del mundo que esté dispuesto a prestarnos una base aérea [Manas] (por un alquiler de 60 millones de dólares al año) de apoyo para transporte de tropas y suministros hasta que le derroquen.

Es lo que tiene, cosas que pasan, también a los olímpicos de Estados Unidos. Todo parece normal, incluso, benigno, excepto en los raros momentos en que empiezan a circular videos sobre carnicerías. Sin embargo, considerados desde la tierra, parecemos sin duda tan petulantes como los dioses o demiurgos de alguna religión maligna, o como los alienígenas o depredadores de algún film de ciencia ficción: fríos y sin corazón, insensibles y asesinos. Como dijo Safa Chmagh, el hermano de unos de los empleados de Reuters que murió en el ataque de los Apaches de 2007: “El piloto no es humano, es un monstruo. ¿Qué es lo que hizo mi hermano? ¿Qué es lo que hicieron sus niños? ¿Aceptaría el piloto que sus hijos se convirtieran en huérfanos?”.

Al igual que en los cuentos de los humanos sobre los dioses, aquí hay una moraleja: Si quieres que las cosas sean de otra manera, no desciendas sobre una tierra extraña armado hasta los dientes, preparado para ocupar y listo para matar.

Con mi agradecimiento para el colaborador habitual de TomDispatch William Astore, que ayudó a inspirar este escrito.

Tom Engelhardt, es co-fundador del American Empire Project, dirige el Nation Institute’s TomDispatch.com. Es autor de “The End of Victory Cultura”, una historia sobre la Guerra Fría y más cosas, así como una novela: “The Last Days of Publishing”. En mayo se publicará su último libro: “The American Way of War” (Haymarket Books).

Fuente: http://www.tomdispatch.com/post/175232/tomgram:_engelhardt,_the_view_from_mount_olympus__/

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lunes, 1 de marzo de 2010

"Dejadnos en paz"


Reportaje desde Helmand, Afganistán. La gente de Marjah denuncia que hay doscientos civiles muertos y explica por qué prefieren a los talibanes

Enrico Piovesana
Peace Reporter
rebelion.org
Traducido para Rebelión por Gorka Larrabeiti

En una guerra siempre es difícil contar la verdad, lograr separar la realidad de los hechos en la propaganda de una y otra parte. El único modo para tratar de entender lo que está pasando verdaderamente estos días aquí en Helmand, en el sur de Afganistán, escenario de la mayor ofensiva militar desde que empezara esta guerra, es hablar con la población civil, con la gente de Marjah que consigue llegar hasta aquí, hasta Lashkargah para ponerse a salvo o traer a familiares heridos en los combates.

Muchos de ellos están ingresados en el hospital de Emergency, única estructura sanitaria de alta calidad (y gratuita) en esta polvorienta ciudad rural y en toda la provincia de Helmand, que se ha convertido en el epicentro del conflicto entre las fuerzas de ocupación extranjeras y la resistencia talibán.

Hoy es día de visitas. Los pasillos están repletos de familiares de los heridos ingresados; en el pórtico de entrada y los jardines hay decenas de hombres con turbantes que están sentados al tibio sol charlando a media voz. De vez en cuando un estallido a lo lejos interrumpe su tertulia y se vuelven hacia el horizonte; más allá los cazas aliados, que pasan zumbando por el cielo sin cesar, siguen bombardeando sus aldeas.

Sad Maluk, de 60 años, turbante blanco y barba gris acaba de llegar desde Marjah para visitar a su nieto, ingresado con una herida grave de bala. "No sé quién le disparó, pero me importa poco. Esta nueva operación está causando muchas víctimas inocentes, demasiadas. Dicen que han matado por error a unos pocos civiles solamente, pero la verdad es que han matado a pocos talibanes. Vivo cerca del zoco de Marjah, y os puedo asegurar que durante los primeros días las bombas lanzadas desde los aviones y los misiles de los helicópteros destruyeron muchas viviendas. Hemos sacado de los escombros hasta ahora unos doscientos cadáveres de civiles, y todavía quedan unos cien desaparecidos sepultados bajo las ruinas de las casas bombardeadas. Ayer recuperamos otros cinco. Nadie cuenta estas cosas, pero os juro que es así porque lo he visto con mis propios ojos. Lo hemos visto todos". Los hombres a su alrededor asienten silenciosos con sus turbantes.

"Llevamos un par de días en Marjah sin disparos -continúa Sad Maluk-, lo que no significa que los talibanes se hayan ido o hayan sido derrotados: tan sólo han dejado de combatir por el momento. Los talibanes están todavía en Marjah porque son gente del lugar. No son extranjeros que han venido de fuera, como se suele decir: hay muchos de nosotros que están con los talibanes. ¿Sabéis por qué? Porque estos últimos años con ellos no hemos tenido problemas: hasta que en Marjah gobernaban ellos, todo iba bien, todo tranquilo. Nosotros no queremos más, no queremos intrusiones de extranjeros ni del gobierno. Sólo queremos que nos dejen en paz, así, tal cual somos".

Un murmullo de aprobación se levanta entre el público de curiosos que se ha formado en torno a nosotros. Uno de ellos, un joven de Marjah que se llama Zia Ulaq, interviene para explicar lo dicho por el "baba", tratamiento que se da a los ancianos en señal de respeto afectuoso. "Ahora en Marjah vuelve a mandar la policía afgana, igual que antes de que llegaran los talibanes. Nosotros, más que de los estadounidenses, tenemos miedo de los policías afganos, de estos criminales que van por ahí con sus todoterrenos verdes comportándose como si fueran los dueños de todo: roban nuestras casas, nos sacan dinero, y quienes se rebelan son detenidos y denunciados como talibanes. Hacen cosas incluso peores, como secuestrar niños para después abusar de ellos".

"Desde que hace más de dos años Marjah pasó a estar bajo control de los talibanes -prosigue Zia Ulaq- estas cosas no habían vuelto a suceder. Ellos nos respetaban, respetaban nuestras propiedades y nuestras costumbres. Garantizaban la seguridad, administraban justicia con los "qadi" (los jueces de los tribunales islámicos, N.d.R.) y hacían respetar nuestras leyes islámicas. Nosotros estábamos bien porque nos sentíamos seguros: no sufríamos más los robos ni los abusos de esos criminales con uniforme. Si los nuevos gobernantes de Marjah hacen lo mismo, si respetan a nuestra gente y nuestra religión y nos dejan vivir y trabajar en paz, por nosotros, fenomenal. Pero ahora que han vuelto los hombres de los todoterrenos verdes tenemos mucho miedo".

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sábado, 27 de febrero de 2010

El 69% de los alemanes pide la retirada de las tropas. Dimiten altos cargos por la masacre de Kunduz



26 de febrero de 2010

La responsabilidad alemana en la matanza de decenas de civiles afganos en septiembre de 2009 alimenta la oposición a la guerra de Afganistán.

Mariano Pastrana Sepúlveda, Berlín (Alemania)


“Aunque su Gobierno lo niegue, la verdad es más que evidente: la República Federal se encuentra en una guerra contraria al Derecho Internacional en Afganistán”. De esta manera comenzaba una carta abierta del Colegio de Médicos y Fisioterapeutas, que expresa en gran medida el sentir creciente de la opinión pública alemana sobre la presencia de tropas germanas en territorio afgano.

El nuevo Gobierno de coalición conservador-liberal de Angela Merkel y Guido Westerwelle justifica su participación defendiendo que aporta parte de la estabilidad necesaria para la reconstrucción del país y su democratización, bajo la tutela de la ONU. Sin embargo, cada vez más voces señalan que en Afganistán se está desarrollando una guerra y no una “misión humanitaria”, como insisten desde el Gobierno. Una encuesta llevada a cabo por la cadena alemana ARD a finales de julio de 2009 arroja datos reveladores: un 69% de los encuestados exigían una retirada inmediata de las tropas y consideraban que ésta era la mejor manera de ayudar a la población afgana.

El Partido de La Izquierda (Die Linke), la principal organización parlamentaria opuesta a la intervención, recuerda que la ayuda humanitaria y la reconstrucción civil nunca fueron prioritarias en los planes para Afganistán. Desde 2002, la comunidad internacional ha invertido 58.000 millones de euros en planes militares y apenas 5.200 millones para la reconstrucción. En Alemania la proporción muestra también la evidencia: 530 millones de euros de presupuesto militar frente a 100 millones dedicados a la reconstrucción civil. Por si fuera poco, señalan desde el partido de Oskar Lafontaine, “gran parte del dinero destinado para ayuda en Afganistán termina en bolsillos de empresas occidentales”.

Masacre alemana en Kunduz

El 4 de septiembre, la naturaleza de la intervención alemana en Afganistán quedó al descubierto cuando aviones de EE UU respondieron a una llamada del mando alemán y bombardearon dos camiones de combustible varados en el lecho de un río en la región de Kunduz, provocando la muerte de 142 personas, entre ellos más de 40 civiles que se estaban aprovisionando de gasolina. El ataque no sólo costó el puesto al entonces ministro de Defensa Franz Josef Jung, sino también al jefe del Estado Mayor, Wolfgang Schneiderhan, acusado de no facilitar toda la información sobre el ataque aéreo, y el secretario de Estado de Defensa, Peter Wichert. El escándalo produjo una escalada en las críticas a la misión alemana en Afganistán.

Los periódicos Bild Zeitung y Süddeutsche Zeitung revelaron la existencia de informes internos del ejército en los que se informaba de las víctimas civiles del ataque, algo que el entonces ministro de Defensa, Franz Josef Jung, negó en un primer momento. Por ello, diputados de la oposición exigieron y lograron la dimisión de este ministro demócrata cristiano, así como la formación de una comisión parlamentaria de investigación. A principios de febrero, el coronel Georg Klein admitía en esta comisión ser responsable de haber ordenado el ataque, aunque defendía que se trataba de una “decisión objetivamente legal”. Diputados del Gobierno, por su parte, defendieron la actuación del comandante: “El único motivo que tuvo para ordenar el bombardeo fue realmente el de proteger a los soldados”, sostuvo el cristiano demócrata Ernst-Reinhard Beck, en referencia a la cercanía de un importante cuartel militar alemán.

Sin embargo, se extienden las demandas, difundidas entre otros por el semanario alemán Der Spiegel, sobre la posibilidad de que el bombardeo de Hindu Kush sea considerado crimen de guerra y, como tal, sus responsables puedan ser juzgados. El principal punto de conflicto es que hasta ahora el Gobierno alemán se ha negado a reconocer que sus soldados estén tomando parte en una guerra, por lo que las convenciones internacionales sobre derechos humanos no tendrían vigencia.

Después de la peor matanza de civiles desde la II Guerra Mundial en la que se ve envuelto el ejército alemán, la situación de las tropas de este país en suelo afgano se torna insostenible. Con una opinión pública cada vez más contraria a la presencia militar, la falta de entendimiento de los altos mandos castrenses y el ministerio de Defensa y el convencimiento, cada vez mayor, de que no se trata de una “misión humanitaria en zona de conflicto”, hacen del tema uno de los principales problemas del nuevo Gobierno.

fuente:http://www.nodo50.org/tortuga/El-69-de-los-alemanes-pide-la

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martes, 23 de febrero de 2010

Ataque aéreo de la OTAN en Afganistán mata a 27 civiles


Agencias | Kabul
22/02/2010

Al menos 27 civiles, entre ellos mujeres y niños, han muerto en un ataque aéreo de la OTAN contra tres vehículos en el sur de Afganistán, informó el gobernador de la provincia de Dai Kundi, Sultan Ali Urusgani. Según el Ministerio del Interior, el número de fallecidos sería 21.

Este no es primer ataque de la OTAN que acaba por error con la vida de civiles. Desde que comenzara la gran ofensiva de las fuerzas internacionales en la provincia de Helmand (al sur del país) los ataque 'erróneos' han sido una constante.
La semana pasada siete policías murieron en una de estas ofensivas sumándose a otros 12 civiles muertos en Helmand por las mismas circunstancias. La ISAF (Fuerza Internacional de Asistencia a la Seguridad) también ha dado parte de bajas civiles, con cinco fallecidos en la provincia de Kandahar.
La ONU ya ha pedido a las partes en conflicto que eviten las bajas civiles y respeten al personal humanitario que se ha desplegado en la zona para atender a los desplazados a causa de la ofensiva.
El enorme operativo en el sur de Afganistán, con 15.000 efectivos desplegados, pretende proteger en mayor medida a la población civil, y se ha impuesto el control por tierra y puerta a puerta frente a los ataques aéreos, menos selectivos.
En la memoria colectiva permanece el triste recuerdo del ataque a Faluya, en Irak, en noviembre del 2004, en el que perecieron cientos de civiles en un ataque masivo, que provocó más de 200.000 desplazados.
Se calcula que entre los 80.000 habitantes de la zona, que lleva cinco años bajo control talibán, habría alrededor de 1.000 insurgentes camuflados.

fuente:elmundo.es

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viernes, 19 de febrero de 2010

Afganistán, la cruzada por la libertad y la civilización


19-02-2010
José A. Naz Valverde
Rebelión

Hace algunos días veíamos afligidos las imágenes de un soldado español, uno más, muerto por los “insurgentes” afganos, que en uno de tantos atentados habían herido también a otros españoles. La prensa en general, además de lamentar los hechos, parecía no poder explicarse cómo los desagradecidos afganos atacaban a sus benefactores, contingentes de la OTAN que, por razones humanitarias y de solidaridad, han ido a liberarlos de la dictadura talibán y a devolverles sus derechos olvidados durante años y ayudarles a construir la anhelada democracia.

Ya nadie parece acordarse del origen de esa presencia extranjera en Afganistán ni de los argumentos que se esgrimieron para el envío de las tropas. Y apenas tenemos noticias de los continuados acontecimientos bélicos que se vienen produciendo en ese país durante nueve años, si no es los “atentados terroristas”, “atentados suicidas” o “ataques insurgentes”; todos ellos producidos por los “talibanes” que se oponen a la libertad y la democracia que nuestros ejércitos occidentales intentan establecer de manera altruista, aunque para ello haya que bombardear durante años el territorio, arrasando el segundo país más pobre del mundo y matando decenas de miles de personas, en su mayoría civiles y entre ellas un gran número de mujeres y niños.

Pero recordemos que la razón “lógica” que nos empujó a una invasión dirigida por EEUU y seguida nada menos que por 36 países, con un enorme despliegue armamentístico, diplomático y económico contra ese pobrísimo país, fue el atentado del 11 de Septiembre de 2001 contra las torres gemelas.

Y nadie pareció extrañarse de semejante respuesta a un atentado cometido por 19 hombres de los que ninguno era afgano (por cierto 15 eran de Arabia Saudita), pero que supuestamente tenían como cerebro a un tal “Bin Laden”, que estaba refugiado al parecer en Afganistán. A pesar de que los talibanes hubieran aceptado entregarle al saudí y sus lugartenientes.

Tampoco extrañó a nadie la coincidencia de esa invasión con los declarados planes energéticos de EEUU y las multinacionales petroleras (como Unocal), que venían demandando la intervención en Irak (ya consumada), en Irán (casi en preparación) y en Afganistán por razones geopolíticas y económicas, como la construcción del oleoducto Turkmenistán-Afganistán-Pakistán; o el control de una zona estratégica, debilitando la influencia de Rusia y limitando la de China o Irán.

Ni vimos ninguna relación de esta guerra con los inmensos beneficios económicos de las empresas armamentísticas de EEUU (la Lockheed Martin multiplicó por 15 sus acciones en Bolsa), lo que permitió a Bush un buen respiro en la crisis económica. Y nos pareció “normal” que se dejara de hablar del objetivo, Bin Laden, y se continuara la invasión, la destrucción y la ocupación, ahora para establecer “la democracia”.

En realidad, hoy se está terminando la estrategia que EEUU y la OTAN empezaron en 1978, en plena Guerra Fría, cuando llegaron al poder en Afganistán los militares progresistas del Partido democrático del Pueblo. Este gobierno empezó a desarrollar un gran número de políticas sociales: educación y sanidad gratuita, reparto de tierras, reconocimiento de las minorías, avance en los derechos de la mujer (la mitad de los profesores y médicos eran mujeres en 1987). Para acabar con ese mal ejemplo en la zona, desde el primer momento EEUU, Arabia Saudí, Pakistán, empezaron a financiar un grupo de “luchadores por la libertad”, autodenominados “muyahidines”, para combatir el “imperialismo ateo”, entre cuyos dirigentes se encontraba Bin Laden. Recibían miles de millones anuales de esos países, armamento e instrucción del propio asesor de Carter e información de los servicios secretos de la OTAN, Israel, Arabia Saudita y Pakistán. El gobierno de entonces solicitó ayuda a Rusia, que intervino con su ejército desde 1979 a 1989, para frenar la avalancha talibán. Pero no pudieron evitar las oleadas de terribles atentados, que llegaron a contabilizar ataques a 2000 colegios (en un liceo de Kabul asesinaron a todas las alumnas), docenas de empresas, decenas de centros de salud, saqueo de casi 1000 cooperativas campesinas, destrucción de centrales eléctricas y hasta 40.000 kms. de líneas de comunicación. Hasta que, después de que el ejército ruso se retirara, consiguieron derrocar el gobierno progresista y laico en 1992, asesinando al presidente y su familia e implantando un régimen de terror e integrismo religioso, que eliminaba físicamente a cualquier opositor o disidente y aplicaba inmisericorde las leyes religiosas. Y convirtieron al país en un narcoestado, mayor productor de opio del mundo, y la droga como fuente de enriquecimiento de los señores de la guerra.

Pero todo el mundo hizo la vista gorda durante años ante las barbaridades de “los amigos”. Hasta 1999, en que EEUU empieza utilizar los medios de información para escandalizarnos con los crímenes de los “talibanes”, sus cachorros, que pasan a ser, ahora, enemigos de la humanidad. ¿No tuvo nada que ver la falta de acuerdo para la construcción del famoso gaseoducto entre el gobierno talibán y Unocol a finales de 1997?

Y cuando están preparando a la opinión pública para la necesaria intervención, el atentado de las torres gemelas les proporciona el argumento máximo, que nadie se atreve a cuestionar. Aunque según escribe el general Wesley Clark, en las reuniones del mismo 11 S de los asesores con Bush para ver cómo vengarse, Rumsfeld decía que había que bombardear Irak, y cuando se le contestaba que Al-Qaeda estaba en Afganistán, el respondía: “no hay buenos objetivos en Afganistán, y hay muchos objetivos buenos en Irak”. Pero prevaleció primero el valor geoestratégico del espacio afgano; luego se inventaría aquello de las “armas de destrucción masiva” para invadir también Irak.

Desde el 1 de Mayo de 2003, en que el propio Rumsfeld declara “han terminado los principales combates en Afganistán”, se trata, según explica el profesor e investigador Marc Herold (“Afganistán como espacio vacío…” Ed. Foca, 2007), de controlar ese espacio mediante una “democracia vigilada” y vender al mundo la restitución de la “normalidad y el progreso”. Para ello hay un plan de control total de la información, para que la opinión pública conozca:

- Que la guerra terminó, y lo que hay son acciones “terroristas” esporádicas. (La realidad es que los talibanes controlan la mayor parte del país, con el apoyo de la población, y el ejército responde a los atentados con bombardeos y ataques de venganza en las poblaciones rebeldes. Se están utilizando armamentos nuevos y todo tipo de bombas).

- Que se ha restablecido una “democracia moderna”. (El elegante presidente Karzai, un señor de la guerra, salido de unas elecciones controladas por el ejército y denunciadas como fraudulentas por los propios técnicos de la ONU, con escasa y controlada participación, gobierna apenas en la capital rodeado de un gran dispositivo de seguridad “privada”. En el gobierno participan varios clanes, entre los que prevalecen los integristas, y se está pensando en pactar con los talibanes e integrarlos).

- Se ve el progreso económico con este moderno gobierno. Sobre todo en las “narcomansiones” y “las corruptomansiones” (fruto de la droga, de las ayudas que no llegan a destino y de las mordidas de los proyectos de reconstrucción) de los miembros del gobierno y sus amigos, en los hoteles y los grandes almacenes de superlujo de la capital; o en los jefes de las empresas de reconstrucción y sus subcontratas (junto a las compañías de seguridad privada), entre los que se pierde el 70% de lo presupuestado, y en los funcionarios de las ONGs. Mientras se mantienen los últimos puestos a nivel mundial en pobreza y en desarrollo humano.

- Que todo esto es posible por la ayuda humanitaria y el interés por la población de los países que envían soldados y apoyo. En realidad, la administración Bush en el 2007 dedicaba 400 millones de dólares a la reconstrucción, con empresas de EEUU y sus amigos del gobierno de Karzai, y 8000 millones al ejército.

A la vista del comportamiento de la opinión pública ante todos estos bárbaros acontecimientos, hay que concluir que el dinero invertido por el Pentágono en el plan de control de la información y de los medios (se estima en 1300 millones de dólares entre 2003 y 2006) ha dado buen resultado.

José A. Naz Valverde. Colectivo Prometeo de Córdoba

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Un informe determina que la matanza de civiles de la OTAN en Afganistán no fue debida a un error técnico


19-02-2010
Oriol Sabata
LibreRed

La Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) admitió este miércoles que el cohete que mató a una docena de civiles en Helmand (Afganistán) no falló.

El pasado sábado, Estados Unidos, Reino Unido y el ejército afgano, lanzaron una fuerte ofensiva en Afganistán contra uno de los segmentos de la resistencia afgana.

Durante la acción militar conjunta, según la versión del portavoz de la OTAN, Anders Fogh Rasmussen, “dos proyectiles se desviaron de su objetivo” e impactaron en una vivienda, matando a doce civiles.

Este suceso fue catalogado por Rasmussen como “un error desafortunado”. Los países que participan en la invasión del país de Medio Oriente se mostraron satisfechos por la ofensiva.

Pese a esta primera versión de los hechos, y tras una investigación, la OTAN se ha visto obligada a reconocer ante la opinión pública que los misiles que mataron a 12 civiles no erraron su objetivo, es decir, que fueron lanzados de forma premeditada y contra un blanco concreto.

Así, según un informe de la Fuerza Internacional de Asistencia a la Seguridad (ISAF), los primeros resultados de la investigación determinan que el sistema usado para operar con dichos cohetes funcionó de forma correcta. Esta información desmiente la versión ofrecida por el portavoz de la coalición armada, que en un primer momento responsabilizó las muertes a un fallo técnico, argumentando que los cohetes se desviaron 300 metros del objetivo.

Pese a este comunicado de la ISAF, que debería suponer un primer paso para localizar y penalizar a los militares que secundaron la acción mortal, la OTAN decidió asumir la matanza de civiles como “bajas colaterales” de la ofensiva contra la insurgencia.

La organización justifica de esta manera los hechos y añade que “los talibanes estaban abriendo un fuego preciso y directo” en la zona.

El Ministerio del Interior afgano no se ha pronunciado aún sobre el tema. El pasado domingo, tras los polémicos sucesos, tramitó una nota de prensa en que se informaba a los medios de la muerte de nueve civiles y tres insurgentes en un ataque.

El mismo ejército afgano apoya abiertamente esta ofensiva iniciada el pasado día 13. En ella, la OTAN se ha fijado como objetivo penetrar y debilitar los bastiones talibanes de las localidades de Marjah y Nad Alí. En esta macro-operación también intervienen militares de Dinamarca, Estonia, Canadá, Francia, Reino Unido y EEUU.

Fuente: http://www.librered.net/wordpress/?p=15210

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miércoles, 17 de febrero de 2010

Las minas dificultan la ofensiva antitalibán en el sur de Afganistán


16 de febrero de 2010,
MARJAH, Afganistán (AFP) -

La ofensiva lanzada hace cuatro días por las fuerzas afganas e internacionales, lideradas por Estados Unidos, en la zona de Marjah (sur), topaba el martes con focos de resistencia en ese bastión talibán sembrado de bombas de fabricación casera, admitieron fuentes militares.

"Hemos descubierto centenares de minas", dijo a la prensa el general Besmilá Jan, jefe de Estado Mayor del ejército afgano. "Avanzamos lentamente, pues la zona está plagada de minas", agregó.

Jefes militares afganos habían asegurado el lunes que la coalición se había hecho ya con el control de casi toda la zona de Marjah y de la región aledaña, plaza fuerte islamista con extensos campos de amapola, materia prima del opio y la heroína, que procura buena parte de sus recursos a los talibanes.

Pero un portavoz de los Marines estadounidenses, que constituyen la columna vertebral de la ofensiva aliada, en la que participan unos 15.000 efectivos, se declaró este martes sorprendido por la cantidad de explosivos dispersados en el terreno por el enemigo.

"Hay muchos más (explosivos) de lo que pensábamos", declaró el teniente de Marines Josh Diddams.

Las bombas de fabricación casera provocan frecuentes bajas en las tropas regulares afganas y en las fuerzas internacionales que invadieron Afganistán a fines de 2001 para derrocar al régimen talibán.

Según la Cruz Roja, esos artefactos, ocultos junto a las carreteras, dificultan el traslado de heridos al hospital de Lashkar Gah, a 20 kilómetros de Marjah.

El avance de la coalición también se ve entorpecido por francotiradores emboscados en casas y mezquitas, según los militares.

La operación, bautizada Mushtarak ("Juntos"), es considerada como la de mayor envergadura desde 2001, y hasta ahora provocó la muerte de dos soldados de la OTAN (Organización del tratado del Atlántico Norte).

La OTAN asumió además la responsabilidad de la muerte de doce civiles afganos en un bombardeo sobre un blanco erróneo cerca de Marjah, aunque el gobierno afgano redujo el balance a nueve muertos.

Otros tres civiles murieron en incidentes separados en la provincia de Helmand, al ser confundidos con insurgentes por una patrulla de las tropas internacionales, indicó la ISAF (Fuerza Internacional de Asistencia a la Seguridad), que opera bajo la dirección de la OTAN.

Otro bombardeo aéreo de la OTAN, que según la coalición internacional no tuvo relación directa con la operación Mushtarak, provocó la muerte de cinco civiles afganos.

La ofensiva se propone erradicar a los talibanes de la región de Marjah, en la provincia de Helmand, y restablecer allí la autoridad del gobierno de Kabul.

Para ello, busca ganar el apoyo de la población y limitar al máximo las bajas civiles en una zona donde se estima que hay unos mil combatientes talibanes.

De los 15.000 militares movilizados en la operación, 4.400 son afganos y casi todos los demás estadounidenses y británicos.

Los talibanes jamás han opuesto resistencia frontal a las precedentes ofensivas en el sur o en otras partes del país, optando por una táctica de acoso, antes de replegarse hacia las montañas o mezclarse con la población.

Varios expertos y responsables de los servicios de inteligencia occidentales opinan que Marjah es solamente un feudo talibán entre muchos otros en el sur del país.

La insurrección de los talibanes ganó intensidad en los dos últimos años y se extendió a la casi totalidad del país, con ataques audaces, incluso en el corazón mismo de Kabul.

Medios de Estados Unidos, entre ellos The New York Times, afirmaron el martes que el mulá Abdul Ghani Baradar, jefe militar de los talibanes afganos, había sido capturado en Pakistán por agentes de inteligencia estadounidenses y paquistaníes.

Esa información fue desmentida por un portavoz de los rebeldes.

Baradar "se encuentra actualmente en Afganistán, donde dirige todas las actividades de la yihad", aseguró el portavoz, Yusuf Ahmadi, en un contacto telefónico con la AFP desde un lugar desconocido.

Ahmadi acusó a los medios de prensa estadounidenses de prestarse a una maniobra para distraer la atención de la opinión de los problemas con que tropieza la ofensiva en el sur del país.

"El único objetivo de esos reportes sin ningún fundamento y de esa propaganda es disfrazar el fracaso (de la ofensiva en la región) de Marjah. Hay una resistencia muy fuerte en Marjah", declaró.

En lo que va de año, 75 soldados extranjeros murieron en Afganistán, según el sitio especializado icasualities.org.

Las fuerzas internacionales perdieron 520 hombres en 2009, el año en que mayores bajas registraron desde su entrada en Afganistán.

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lunes, 15 de febrero de 2010

Los marines impiden a la Cruz Roja la evacuación de civiles heridos en Marjah


Ofensiva de la OTAN en Afganistán

Enrico Piovesana
Peace Reporter
15-02-2010
Traducido para Rebelión por Gorka Larrabeiti

Las tropas de EEUU que rodean Marjah impiden la evacuación de civiles heridos, lo que provoca su muerte debido a la falta de atención médica adecuada. La denuncia procede del hospital Emergency en Lashkargah, que se encuentra sólo a 40 kilómetros del epicentro de la ofensiva aliada en marcha desde el viernes por la noche y desde donde se oye a lo lejos el fragor de la batalla: estallidos sordos de explosiones, ecos continuos de ráfagas de metralleta, ruidos de helicópteros y cazas que sobrevuelan sin cesar el lugar.

"El sábado por la mañana la Cruz Roja Internacional nos llamó -cuentan desde el centro quirúrgico de la ONG italiana- para decirnos que en su ambulatorio de urgencias de Marjah había 28 civiles gravemente heridos en las primeras fases del ataque, pero que no podían traerlos a nuestro hospital porque los marines no les concedían permiso para pasar los controles fuera de la ciudad. Así, 6 de los 28 murieron por falta de atención adecuada".

"Ya es domingo por la tarde y los militares de EEUU siguen impidiendo la salida de medios de la Cruz Roja Internacional, que ahora está tratando de enviar a Marjah un convoy que ha salido de Kandahar, con la esperanza de romper el bloqueo impuesto por las tropas de EEUU. En caso de que se logre llevar a cabo la evacuación, se llevará a los heridos al hospital de Emergency, el más cercano al área de combate: son sólo 40 kilómetros; sin embargo, para recorrerlos ahora se puede tardar unas 5 o 6 horas de viaje a causa de las decenas de controles militares a lo largo de la carretera".

Algunos civiles heridos en la operación aliada "Moshtarak" han llegado de todos modos al hospital de Emergency en Lashkargah. "Hemos recibido hasta ahora cinco heridos de la zona de Marjah: entre ellos había un niño de siete años con una bala en pleno pecho", explican desde el centro quirúrgico.

Durísima la reacción de Emergency: su fundador, Gino Strada, que, en un comunicado titulado "El Nobel por la paz y los criminales de guerra" denuncia "los gravísimos crímenes de guerra perpetrados por las fuerzas de la coalición internacional guiada por los Estados Unidos" y solicita la inmediata apertura de un corredor humanitario que consienta la evaciación de los civiles heridos en Marjah.

Fuente: http://it.peacereporter.net/articolo/20241/Afghanistan%2C+truppe+Usa+impediscono+alla+Croce+Rossa+l%27evacuazione+dei+civili+feriti+a+Marjah

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sábado, 13 de febrero de 2010

Los Talibanes Prometen una Guerra de Guerrillas contra las Tropas de la OTAN


Al-Manar
11/02/2010

Los talibanes prometieron el jueves continuar luchando en una campaña de guerrillas contra las fuerzas occidentales y afganas, que están preparándose para atacar uno de sus reductos en el sur de Afganistán.

Miles de marines norteamericanos, soldados de la OTAN y militares afganos han reunido una fuerza alrededor de la ciudad de Maryah preparados para lanzar una de las mayores operaciones contra los talibanes desde la invasión de 2001, que estuvo liderada por EEUU.

El asalto, denominado Operación Mushtarak (Compartida), comenzará dentro de varios días, dijeron instituciones del gobierno afgano, respaldado por Occidente.

En una declaración colocada en su sitio web, los talibanes prometieron defender la ciudad que se halla en la región de cultivo de la adormidera, en el valle del Río Helmand, que ellos han controlado durante años.

“Por lo que vemos sobre el terreno, esta operación no es diferente a las actividades diarias de las fuerzas invasoras,” dijo Yusuf Ahmadi, un portavoz talibán.

“El enemigo está haciendo un gran ruido con esta operación. Ellos están tratando de venderla a los medios como una gran ofensiva, a pesar del hecho de que Maryah es un lugar pequeño. La operación no es tan grande como afirman,” dijo la declaración.

Él prometió además que los talibanes harían frente a la ofensiva utilizando sus tácticas de “atacar y huir” y sus bombas situadas junto a las carreteras, que se han convertido en un instrumento básico de su arsenal.

“Yo puedo decir en este punto que utilizaremos las mismas tácticas que empleamos en las operaciones de Nawa y Janishin,” dijo en referencia a dos ofensivas que tuvieron lugar el pasado año en la provincia de Helmand por parte de fuerzas norteamericanas y británicas.

Hasta ahora, más de 60 soldados extranjeros han muerto en Afganistán desde el inicio del año, en su mayor parte por explosiones de artefactos explosivos improvisados.

El portavoz talibán, Ahmadi, dijo a principios de esta semana que el grupo militante había desarrollado una nueva bomba que era indetectable por parte de los sistemas de búsqueda.

Las bombas serán utilizadas una vez comience la operación, señaló.

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miércoles, 3 de febrero de 2010

Nuestros soldados "abaten”, ellos “asesinan”


Cigala News
Miércoles.3 de febrero de 2010

Tras la primera entrega sobre juegos de palabras y lenguaje de diseño en los medios de comunicación ¿Por qué en Irán hay “régimen” y en Afganistán “gobierno”?, aprovechamos la enésima muerte de un soldado español en Afganistán para mostrar otro interesante truco que el poder emplea para manipular.

Según el lenguaje de los medios de masas, los militares españoles son siempre eso; militares, soldados, en algunas ocasiones funcionarios del estado, trabajadores como otros cualesquiera con el plus de una mayor abnegación al servicio “de todos”. A pesar de que todos y cada uno de ellos trabajan en una organización armada cobrando un sueldecito medio qué, que se convierte en las misiones bélicas en el extranjero en una cantidad que ya desearía para sí cualquier otro funcionario público, y de que un porcentaje nada desdeñable de los efectivos está conformado por personas extranjeras procedentes de países pobres, nunca oirán el término “mercenarios” que podría corresponderles en justicia semántica y otros tipos de justicia.

En cambio las tropas que se le oponen en guerras asimétricas como la de Afganistán nunca están conformadas por militares o soldados, ni siquiera de guerrillas. En el mejor de los casos son “insurgentes”, aunque lo más corriente sea llamarles directamente “talibanes” (que traducido a lo que entiende el común de los mortales que ha visto ya muchos telediarios y leído mucho El País y el ABC significa algo así como “fanáticos e incivilizados islamistas con barba y turbante que se dedican a ponerle burka a las mujeres”). En ocasiones como la que acabamos de contemplar se les llega a llamar directamente "terroristas". Como si no fueran ellos los invadidos y sus civiles los que mueren a paladas “por error” en los bombardeos brutales de nuestra aviación aliada. Encima de cuernos penitencia…

El mercenario colombiano al servicio del estado español que perdió su vida anteayer en Afganistán en una operación militar en la que también perdieron su vida al menos tres militares insurgentes afganos (según nuevas informaciones de hoy mismo no son tres sino ocho los afganos muertos) fue, según el criterio casi unánime empleado en la prensa española, “asesinado”. En cambio los afganos fallecidos fueron “abatidos”, “muertos” o “dados de baja” –según el medio- por nuestras tropas, las cuales lo hicieron, según nos comenta por ejemplo el diario La Razón en “venganza” por la muerte del colombiano. Hay que entender que este diario aprueba y se enorgullece de dicha actitud vindicativa tan lejos del espíritu de las "misiones de paz" que nos propone la propaganda del gobierno. No pensamos que a nuestros y nuestras lectoras se les escapen las diferentes connotaciones de los términos empleados, unos de los cuales transmiten conceptos de legalidad y legitimidad, mientras que el otro -“asesinado”- pretende afirmar con crudeza la miseria moral en la que vive “el enemigo”.

Y no es que nos resulte inapropiada la palabra “asesinar” aplicada al hecho de que a una persona se le arrebate su vida por medios violentos en el transcurso de una operación bélica. Lo que nos ofende es el doble rasero. En tal caso empleémosla siempre. Tan asesinado fue el mercenario colombiano como los tres (u ocho) militares insurgentes afganos. Y no digamos nada del civil afgano que fue acribillado hasta la muerte hace pocos días por soldados del ejército español solo porque tenía prisa y trataba de adelantar con su motocicleta a un convoy de vehículos militares. Para este hombre (también hirieron a otro que iba de paquete en la moto) que ni siquiera participaba en la guerra y que fue -podemos decir sin duda- asesinado por nuestras tropas, no habrá ministras que vayan a averiguar qué pasó ni a trasladar su cadáver, no habrá emotivos funerales de estado, no habrá telediarios que loen su figura hasta aburrir, no será primera página de ningún periódico durante varios días y nadie enjuiciará al culpable o culpables de su muerte.

Porque igual que pasa con las palabras, hay asesinados de más categoría que otros…

Artículo de La Razón, con interesantes datos sobre el incidente:

Las tropas vengan al soldado asesinado y matan a tres talibán

El militar fallecido tenía 21 años, era colombiano y viajaba en un BMR que está a la espera de ser sustituido por los RG-31.

A la una de la tarde de ayer, hora española, un convoy compuesto por BMR y Linces españoles cubría un tramo de la ruta Lithium, que une el oeste y el norte del país, entre las localidades de Qala-i-Now y Bala Murgab. Según el Ministerio de Defensa, el primero de los vehículos pisó una mina de gran potencia, lo que provocó la muerte del soldado John Felipe Romero Meneses, de 21 años, y heridas de diversa consideración a otros seis miembros de la sección. De hecho, el jefe de la misma, el teniente Jordi Francesc Rubio Canceller, resultó herido grave. Según fuentes militares consultadas por este periódico, el soldado Romero era el tirador del vehículo.

Tras la explosión de la mina, un grupo de talibanes inició un hostigamiento al convoy español, que respondió causando la muerte de, al menos, tres insurgentes. A la columna de vehículos españoles, entre los que no había ningún RG-31, el nuevo y más seguro blindado adquirido por Defensa precisamente para las misiones en el exterior, acudió en auxilio una pareja de helicópteros de ataque Mangusta italianos que abrieron fuego sobre posiciones enemigas, sin que se sepa con seguridad el número de bajas causadas.

El lugar del ataque vuelve a ser el norte de la localidad de Sangh Atesh, escenario de otros combates contra la insurgencia, que hasta hace unos meses controlaba completamente esta zona. La extensión de la presencia española a una zona antes «abandonada» ha provocado que ambos bandos protagonicen una encarnizada lucha por el control de la ruta Lithium, una vía fundamental para nuir el oeste y el norte afgano y evitar el fácil tránsito de la insurgencia por la provincia «española». De hecho, desde mayo, en ese tramo se han producido, al menos, seis ataques o enfrentamientos con la insurgencia.

Los seis heridos fueron evacuados en helicóptero al hospital de la base de Herat y, según su estado, serán repatriados a España en el mismo avión en el que viajarán los restos del soldado fallecido y la ministra de Defensa, Carme Chacón. Todos ellos pertenecen al Regimiento de Cazadores de Montaña «Arapiles 62».

El convoy realizaba tareas de protección en la citada ruta. El control de esta carretera supone en gran medida cortarle las alas a los insurgentes, entendiendo por estos tanto a los talibanes como a los señores de la guerra e incluso a la delincuencia organizada. Amén de que supone un buen negocio para los talibanes controlar esta ruta, ya que de ella obtienen dinero en concepto de «peajes», sacarlos de allí implica para las tropas limitar la capacidad de movimiento del enemigo en el oeste y extender más fácilmente la presencia de efectivos internacionales a puntos hasta ahora «no conquistados».

El refuerzo de 511 militares que se desplegará en los próximos meses tendrá como una de sus misiones, precisamente, asegurar esta ruta y controlar Bala Murgab, el área más conflictiva. Liberar la zona permitirá que ésta localidad no quede aislada del resto.

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domingo, 31 de enero de 2010

Las prisiones secretas de Obama

Asaltos nocturnos, centros de detención ocultos, la “Cárcel Negra” y los perros de la guerra en Afganistán

01-02-2010
Anand Gopal
TomDispatch.com
Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández

[El Fondo para el Periodismo de Investigación ha subvencionado la investigación de esta historia]

Una tranquila noche de invierno del pasado año en la ciudad afgana de Khost, un joven empleado del gobierno de nombre Ismatullah se esfumó, sencillamente. Se le había visto en el bazar de la ciudad con un grupo de amigos. Sus familiares estuvieron registrando durante días las polvorientas calles de Khost. Los patriarcas de la ciudad contactaron con los comandantes talibanes en la zona que solían secuestrar a trabajadores del gobierno, pero nunca habían oído hablar del joven. Hasta el gobernador se implicó en la búsqueda, ordenando a su policía que investigara entre las peligrosas bandas criminales que en ocasiones acosaban y cazaban a jóvenes asiduos al bazar para pedir luego un rescate.

Pero la búsqueda no dio fruto alguno. La primavera y el verano llegaron y se fueron y no hubo señal alguna de Ismatullah. Un día, mucho después de que la policía y los patriarcas de la aldea hubieran abandonado su búsqueda, un correo entregó una pulcra nota escrita a mano en el puesto de la Cruz Roja que estaba cerca de la vivienda de su familia. En ella, Ismatullah informaba de que se encontraba en Bagram, una prisión estadounidense situada a más de 320 kilómetros de distancia. Las fuerzas estadounidenses le habían capturado cuando iba desde el bazar camino de su casa, afirmaba la tersa carta y no sabía cuando le liberarían.

En algún momento de los últimos años, los aldeanos pastunes de la escarpada zona central de Afganistán empezaron a perder la fe en el proyecto de EEUU. Y muchos de ellos pueden señalar el momento preciso de esa transformación, que normalmente se produjo a altas horas de la noche, cuando la mayor parte del país se encontraba dormido. En el hermético proceso de detenciones implementado por EEUU, habitualmente se arresta a los sospechosos en la oscuridad, enviándoles después a una de las áreas de detención establecidas en las bases militares, a menudo por la más ligera sospecha y sin conocimiento de sus familias.

Este proceso ha conseguido crear incluso más miedo y odio en Afganistán que los ataques aéreos de la coalición. Los asaltos y detenciones nocturnos, poco conocidos fuera de esas aldeas pastunes, han ido poniendo poco a poco a los afganos contra las mismas fuerzas que saludaron como liberadoras hace tan sólo unos años.

Una oscura noche de noviembre

Era el 19 de noviembre de 2009, a las 03,15 horas de la madrugada. Una fuerte explosión despertó a los aldeanos de una arbolada zona de las afueras de la ciudad de Ghazni, una ciudad de antiguos orígenes del sur del país. Un equipo de soldados estadounidenses dinamitó la puerta principal de la casa de Majidullah Qarar, el portavoz del ministro de agricultura. Qarar se encontraba en Kabul en aquellos momentos, pero sus parientes estaban en casa, cuatro de ellos dormían en la habitación para invitados de la familia. Uno de ellos, Hamidullah, que vende zanahorias en el bazar local, corrió hacia la puerta de la zona de invitados. Inmediatamente le dispararon, pero se las arregló para arrastrarse hacia adentro, dejando un reguero de sangre tras él. Después, Azim, panadero, se lanzó corriendo hacia su primo herido. También le dispararon y se dobló contra el suelo. Los dos hombres atacados le gritaron a los dos familiares que quedaban en la habitación que se quedaran allí, pero ellos –niños ambos- no se atrevieron ni a moverse y se quedaron paralizados y callados en sus camas muertos de miedo.

Los soldados extranjeros, la mayoría de ellos con barba y tatuajes, se dirigieron a la zona principal. Tiraron las ropas por el suelo, haciendo añicos la vajilla y forzando los armarios. Finalmente, encontraron al hombre que buscaban: Habib-ur-Rahman, programador de ordenadores y empleado del gobierno. Rahman era el responsable de convertir Microsoft Windows en inglés al lenguaje pastún local para que las oficinas del gobierno pudieran utilizar el software. Había pasado un tiempo en Kuwait, y el traductor afgano que acompañaba a los soldados declaró que habían actuado a partir del chivatazo de que Rahman era miembro de al-Qaida.

Se llevaron descalzo a Rahman y a un primo suyo a un helicóptero que esperaba a una cierta distancia y les transportaron hasta una pequeña base estadounidense situada en una provincia vecina para interrogarles. Después de dos días, las fuerzas estadounidenses liberaron al primo de Rahman. Pero, desde entonces, a Rahman ni se le ha visto ni se sabe nada de él.

“Hemos llamado a su móvil pero no responde”, dice su primo Qarar, el portavoz del ministro de agricultura. Utilizando sus poderosos contactos, Qarar consiguió la ayuda de la policía local, de los parlamentarios, del gobernador e incluso del mismo ministro de agricultura en la búsqueda de su primo, pero no lograron que les dijeran nada. Los funcionarios del gobierno que investigaron de forma independiente el escenario tras el asalto y que corroboraron las afirmaciones de la familia, presionaron también exigiendo una respuesta de por qué se había asesinado a dos miembros de la familia Qarar. Las fuerzas estadounidenses emitieron un comunicado diciendo que los muertos eran “combatientes enemigos que habían mostrado una intención hostil”.

Semanas después del asalto, la familia siente una gran amargura. “Todo el mundo en la zona sabía que éramos una familia que trabaja para el gobierno”, dice Qarar. “Rahman ni siquiera podía salir de la ciudad porque si los talibanes le pillaban en el campo le hubieran matado”.

Sin embargo, más allá de la pregunta de si Rahman era inocente o culpable, la forma en que fue capturado ha dejado un residuo de odio y rabia en su familia. “¿Por qué tenían que matar a mis primos? ¿Por qué tenían que destruir nuestra casa?”, pregunta Qarar. “Sabían donde trabajaba Rahman. ¿Es que no podían venir con una orden judicial durante el día? Habríamos obligado a Rahman a cumplirla”.

“Yo solía aparecer en televisión diciendo que la gente debía apoyar a este gobierno y a los extranjeros”, añade. “Pero estaba equivocado. ¿Por qué van a apoyarles? No me importa que me disparen por decir esto, porque sólo estoy diciendo la verdad”.

Los perros de la guerra

Los asaltos nocturnos son sólo el primer paso en el proceso de detención que EEUU lleva a cabo en Afganistán. Normalmente se envía a los sospechosos a una de entre las series de prisiones habilitadas en las bases militares estadounidenses por todo el país. Oficialmente hay nueve cárceles de ese tipo, denominadas en la jerga militar Campos de Detención. Son zonas pequeñas, a menudo tan sólo un puñado de celdas divididas por paneles de contrachapado, y se utilizan fundamentalmente para interrogar a los prisioneros.

En los primeros años de la guerra, esas áreas no eran sino lugares de paso para quienes enviaban a la prisión de Bagram, una instalación con una reputación infame de malos tratos y torturas. Como en los últimos años, el foco de la atención internacional cayó sobre Bagram, los guardianes empezaron a comportarse mejor y el maltrato de prisioneros empezó a perpetrarse en los menos conocidos Campos de Detención.

De los 24 ex prisioneros entrevistados para esta historia, 17 afirman haber sido torturados en esos lugares o en el camino hacia los mismos. Doctores, funcionarios del gobierno y la Comisión Independiente Afgana por los Derechos Humanos, una institución encargada de investigar las denuncias por abusos, corroboran doce de esas afirmaciones.

Uno de esos ex detenidos es Nur Agha Sher Khan, que era oficial de policía en Gardez, una ciudad de casas de adobe situada en la parte oriental del país. Según Sher Khan, fuerzas estadounidenses le detuvieron en un asalto nocturno en 2003 y le llevaron a un Campo de Detención en una base cercana de EEUU. “Me interrogaron toda la noche”, recuerda, “pero no tenía nada que decirles”. Sher Khan trabajó para un comandante de policía al que las fuerzas estadounidenses habían detenido por sospechar que tenía vínculos con la insurgencia. De forma ocasional, había sido conductor de ese comandante, lo cual le convirtió en sospechoso a los ojos de los estadounidenses.

Los interrogadores le taparon los ojos, le taparon la boca y le encadenaron al techo, acusa. Ocasionalmente soltaban a un perro, que le mordía una y otra vez. En un determinado momento, le quitaron la venda de los ojos y le obligaron a arrodillarse sobre una larga barra de madera. Me ataron las manos a una polea por encima de mí y me empujaban adelante y atrás mientras la barra rodaba a través de mis espinillas. Yo no paraba de dar alaridos”. Entonces le empujaban al suelo y le obligaban a tragar doce botellas de agua. “Dos tipos me abrían la boca y derramaban el agua por mi garganta hasta que el estómago se me llenaba y perdía el conocimiento. Era como si alguien me inflara”, dice. Cuando volvía en si tras el desmayo, no paraba de vomitar agua.

Esto continuó así toda una serie de días, algunas veces le colgaban boca abajo del techo, y otras veces le vendaban los ojos durante amplios períodos. Finalmente, le enviaron a Bagram, donde cesaron las torturas. Cuatro meses después, fue liberado silenciosamente con una carta de disculpa de las autoridades estadounidenses por haber encarcelado por error.

Una investigación del caso de Sher Khan por la Comisión Afgana Independiente por los Derechos Humanos y un doctor independiente hallaron que tenía heridas que se correspondían con el maltrato y torturas que afirma haber padecido. Las fuerzas estadounidenses han declinado comentar nada de su caso, pero un portavoz dijo que algunos de los soldados implicados en las detenciones en esa parte del país habían recibido “castigos administrativos” no especificados. Añadió que “todos los detenidos son tratados humanamente”, excepto casos aislados.

Los desaparecidos

Algunos de los que llevan a los Campos de Detención nunca llegan a Bagram, sino que son sencillamente liberados después de que las autoridades consideran que son inofensivos. Aún así, algunos afirman haber sido torturados. Como fue el caso de Hajji Ehsanullah, secuestrado en una noche de invierno de 2008 de su hogar en la provincia sureña de Kabul. Fue conducido a un sitio de detención en la provincia de Khost, a unos 320 kilómetros de distancia. Volvió a su hogar trece días después, con la piel llena de cicatrices de las mordeduras de los perros y con dificultades de memoria que, según su doctor, eran consecuencia de un golpe en la cabeza. Las fuerzas estadounidenses le arrojaron en una gasolinera de Khost después de tres días de interrogatorio. Le llevó más de diez días encontrar la forma de volver a su casa.

Otros de los que llegan a esos sitios no acaban en Bagram por razones muy diferentes. En los escarpados pueblos del sur pastún, donde los rumores crecen con mayor abundancia que la más abundante de las cosechas, las gentes del lugar susurran historias de personas que fueron capturadas y ejecutadas. Muchas veces no hay pruebas. Pero de vez en cuando, aparece algún cuerpo. Tal fue el caso en el campo de detención de una base del ejército estadounidense en la provincia de Helmand, donde en 2003 un coronel del ejército estadounidense escribió en el informe de la autopsia de un detenido que murió bajo custodia estadounidense (del que más tarde se pudo disponer a través del Acta de Libertad de Información): “La muerte sobrevino por múltiples heridas causadas por un objeto contundente en el torso inferior y en las piernas, complicadas con rabdomiliósis (La rabdomiólisis es una destrucción de las fibras musculares estriadas con liberación de sustancias a la circulación, entre ellas la mioglobina. La mioglobina es la responsable del daño renal por obstrucción de estructuras renales o liberación de sustancias tóxicas. La rabdomiólisis se produce en casos de accidente por aplastamiento, convulsiones o necrosis musculares, entre otros). Forma de morir: homicidio”.

En la polvorienta provincia de Khost, un día del pasado mes de diciembre, las fuerzas estadounidenses lanzaron un asalto nocturno contra el pueblo de Motai, matando a seis personas y capturando a nueve, según casi una docena de autoridades del gobierno local y de testigos oculares. Dos días después, los cuerpos de dos de los detenidos –con esposas de plástico en las manos- fueron hallados a más de un kilómetro de distancia de la mayor base de EEUU en la zona. Un portavoz del ejército de EEUU rechaza cualquier implicación en las muertes y se niega a comentar los detalles del asalto. Sin embargo, los oficiales afganos y los patriarcas locales, mantienen con toda firmeza que los dos fueron asesinados cuando estaban bajo vigilancia estadounidense. Las autoridades estadounidenses liberaron a cuatro de los otros aldeanos en los días siguientes. Se desconoce el destino de los tres restantes cautivos.

El asunto podría aclararse si el ejército estadounidense fuera menos hermético acerca de su proceso de detención. Pero el secretismo ha estado al orden del día. Los nueve Campos de Detención están envueltos en secretismo oficial, pero al menos la Cruz Roja y otras organizaciones humanitarias saben que existen. Sin embargo, puede haber otros de cuya existencia, en las decenas de bases militares que salpican todo el país, no se sabe nada. Un ejemplo, según antiguos detenidos, es la instalación de detención en Rish Khor, una base del ejército afgano que se alza en lo alto de una montaña con vistas a la capital, Kabul.

Una noche del pasado año, las fuerzas estadounidenses asaltaron Zaiwalat, una diminuta aldea encajada entre las montañas de la provincia de Wardak, a unas cuantas docenas de millas al oeste de Kabul, y capturaron a nueve vecinos. Llevaron a los cautivos a Rish Khor y les interrogaron durante tres días. “Nos tuvieron en un contenedor”, recuerda Rehmatullah Muhammad, uno de los nueve. “Estaba hecho de acero. Nos tuvieron esposados los tres días. Apenas dormimos esos días”. Los interrogadores, vestidos de paisano, acusaron a Rehmatullah y a los otros de proporcionar refugio y comida a los talibanes. Los sospechosos fueron después enviados a Bagram y liberados después de cuatro meses. (Un número de ex detenidos dijeron que fueron interrogados por funcionarios de paisano pero no sabían si esos funcionarios pertenecían al ejército, a la CIA, o eran contratistas privados).

Los activistas afganos por los derechos humanos están preocupados de que las fuerzas estadounidenses puedan estar utilizando sitios secretos de detención como Rish Khor para llevar a cabo interrogatorios fuera de cualquier control. Sin embargo, el ejército estadounidense niega incluso tener conocimiento de la instalación.

La Cárcel Negra

Mucho menos secreta es la parada final para la mayoría de los cautivos: las Instalaciones de Internamiento de Bagram. Aunque se la denomina con el inquietante nombre del “Guantánamo de Obama”, sin embargo, Bagram ofrece, ahora, las mejores condiciones de todo el proceso de detención para los cautivos.

Su vida moderna como prisión empezó en 2001, cuando pequeños cifras de detenidos de toda Asia eran encarcelados allí en la primera parte de una odisea que les arrojaría finalmente en las instalaciones estadounidenses de detención de la Bahía de Guantánamo, en Cuba. Sin embargo, se ha convertido en el principal destino para los capturados dentro de Afganistán como parte de la creciente guerra que el país padece. En 2009, la población de presos había aumentado hasta más de 700. Construida en un viejo hangar sin ventanas de la época soviética, la prisión consiste en dos filas de atestadas celdas que parecen jaulas bañadas de forma continua con luz blanca. Los guardias caminan a lo largo de una plataforma que va pasando a través de la parte superior de las alambradas, una posición fácil desde la que vigilar a los prisioneros abajo.

Infames y habituales torturas, al estilo de la prisión de Abu Ghraib en Iraq, marcaron los primeros años de Bagram. Por ejemplo, Abdullah Mujahed, fue capturado en el pueblo de Kar Marchi en la provincia oriental de Paktia en 2003. Mujahed era un comandante de la milicia tayica que había dirigido un levantamiento armado contra los talibanes en sus días de decadencia, pero las fuerzas estadounidenses le acusaron de tener conexiones con la insurgencia. “En Bagram, estuvimos esposados, con los ojos vendados y con los pies encadenados durante días”, recuerda. “No nos permitieron dormir ni un momento durante trece días y trece noches”. Un guardia le golpeaba las piernas cada vez que se quedaba dormido. A diario podía oír los alaridos de los presos torturados y el inconfundible sonido de los grilletes arrastrándose por el suelo.

Después, llegó un día en que un grupo de soldados le arrastró hasta un avión, negándose a decirle adónde le llevaban. Finalmente, aterrizó en otra prisión, donde pudo sentir que el aire era denso y húmedo. Cuando caminaba a través de la fila de jaulas, los presos empezaron a gritar: “¡Esto es Guantánamo! ¡Estás en Guantánamo!”. Allí se enteró que le acusaban de dirigir el grupo islamista pakistaní Lashkar-e-Taiba (que en realidad dirigía otra persona que tenía el mismo nombre y que había muerto en 2006). Finalmente, EEUU le liberó y le devolvió a Afganistán.

Los ex detenidos de Bagram afirman que eran golpeados con regularidad, sometidos a música estridente durante 24 horas al día, que se les impedía dormir, que se les desnudaba y que se les forzaba a adoptar lo que los interrogadores denominaban “posiciones de estrés”. El peor momento llegó a finales de 2002, cuando los interrogadores golpearon a dos presos hasta matarles.

Las Fuerzas Especiales de EEUU también dirigían una segunda y secreta prisión en la Base Aérea de Bagram, a la que la Cruz Roja no tiene aún acceso. Utilizada sobre todo para interrogatorios, es tan temida por los prisioneros que la han denominado la “Cárcel Negra”.

Un día de hace dos años, las fuerzas estadounidenses fueron a por Noor Muhammad, en las afueras de la ciudad de Kajaki, en la provincia sureña de Helmand. Muhammad, que es médico, dirigía una clínica que atendía a todo el que llegaba hasta ella en búsqueda de cuidados, incluidos los talibanes. Los soldados asaltaron su clínica y su casa, matando a cinco personas (incluidos dos pacientes) y deteniendo tanto a su padre como a él. Al día siguiente, los vecinos encontraron el cadáver esposado del padre de Muhammad, muerto, al parecer, de un disparo.

Los soldados se llevaron a Muhammad a la Cárcel Negra. “Había un pasillo muy estrecho con montones de celdas a ambos lados y una gran puerta de acero y luces brillantes. No sabíamos cuándo era de noche y cuándo de día”. Le mantuvieron en una habitación de hormigón sin ventanas, totalmente confinado en solitario. Los soldados le arrastraban siempre por el cuello y le negaban el alimento y el agua. Le acusaron de proporcionar cuidados médicos a los insurgentes, a lo cual él les contestaba: “Soy médico. Mi deber es proporcionar cuidados a cualquier ser humano que llegue a mi clínica, ya sea talibán o del gobierno”.

Finalmente, Muhammad fue liberado, pero cerró su clínica y dejó su ciudad natal. “Me aterran tanto los estadounidenses como los talibanes”, dice. “Me alegro de que mi padre haya muerto, de que no tenga que vivir en este infierno”.

Miedo a la oscuridad

A diferencia de la Cárcel Negra, los oficiales estadounidenses, en los últimos dos años, han tratado de reformar la principal prisión en Bagram. Las torturas se han acabado allí, y ahora los oficiales de la prisión alardean de que los presos suelen engordar unos siete kilos mientras están detenidos. En algún momento de los primeros meses de este año, los oficiales planean abrir una deslumbrante nueva prisión –que finalmente sustituirá a la de Bagram- con celdas grandes y ventiladas, el último equipamiento médico y salas para formación vocacional. La prisión de Bagram se traspasará el año que viene a los afganos aunque el resto del proceso de detención permanecerá en manos estadounidenses.

Pero los defensores de los derechos humanos dicen que continúan estando preocupados por el proceso de detención. El Tribunal Supremo de EEUU dictaminó en 2008 que no se les puede negar a los presos de Guantánamo su derecho al habeas corpus, pero no decidió la misma resolución en relación a los detenidos en Bagram. (Los oficiales estadounidenses dicen que Bagram está en medio de una zona de guerra y por tanto no se aplica allí la legislación relativa a los derechos civiles que se establece dentro de EEUU). A diferencia de Guantánamo, los presos no tienen derecho allí a acceder a un abogado. La mayoría dice que no tiene ni idea de por qué están detenidos. Los presos aparecen ahora ante un panel de revisión cada seis meses, que intenta volver a considerar su detención, pero su capacidad para plantear preguntas sobre su situación es limitada. “Sólo se me permitió decir sí o no y no pude explicar nada durante mi vista”, dice Rehmatullah Muhammad.

Sin embargo, la mejoría en las condiciones de Bagram plantea la pregunta de si EEUU es capaz de combatir una guerra más limpia. Eso es lo que el comandante de guerra en Afganistán, el General Stanley McChrystal prometió este verano: menos bajas civiles, menos temidos asaltos de las casas y un proceso de detención más transparente.

Las tropas estadounidenses que operan bajo el mando de la OTAN han empezado a cumplir normas de comportamiento más estrictas: ahora sólo pueden mantener oficialmente a los detenidos 96 horas antes de transferirles a las autoridades afganas o liberarles, y las fuerzas afganas deben tomar el mando en el registro de las casas. Cuando se les pregunta a los soldados estadounidenses, se indignan por esas restricciones, y tienen diversos métodos para sortearlas. “Algunas veces detenemos a gente y después cuando pasan las 96 horas, les transferimos a los afganos”, dice un marine estadounidense, que habla bajo anonimato. “Ellos les dan unas cuantas palizas por nosotros y nos los devuelven para otras 96 horas. Esto puede prolongarse hasta que obtengamos lo que queremos”.

Una forma más sencilla de pasarse por alto las normas es llamar a las Fuerzas de Operaciones Especiales de EEUU –los Focas de la Marina, los Boinas Verdes y otros- que no están bajo el mando de la OTAN y por tanto no están obligados por las normas más estrictas de comportamiento. Esas tropas de elite son las que están detrás de la mayoría de los asaltos nocturnos y de las detenciones en la búsqueda de “sospechosos de alto valor”. Los oficiales del ejército estadounidense dicen en las entrevistas que las nuevas restricciones no han afectado en absoluto al número de asaltos y detenciones. No obstante, el actual cambio es más sutil: el proceso de detención se ha trasladado casi enteramente a las zonas y actores que mejor pueden evitar el escrutinio público: las Fuerzas de Operaciones Especiales y las pequeñas prisiones de campo.

El cambio señala hacia una realidad profunda de la guerra, los soldados estadounidenses dicen: no puedes combatir a las guerrillas sin asaltos y detenciones invasivos, sería como combatir sin balas. A los ojos de un soldado estadounidense, Afganistán es un lugar tenebroso. Los hombres llevan barba y turbante. Rezan incesantemente. En la mayor parte del país, a las mujeres se les prohíbe salir de casa. Muchos afganos poseen un Kalashnikov. “No puedes confiar en nadie”, dice Rodrigo Arias, un marine que se encuentra en una base en la provincia nororiental de Kunar. “Estuvieron a punto de matarme en varias emboscadas, pero los aldeanos no nos dicen nada. Aunque normalmente saben algo”.

Un oficial que ha trabajado en los Campos de Detención dice que son necesarios docenas de asaltos para que aparezca un sospechoso útil. “Algunas veces tienes que reventar las puertas. Algunas veces tienes que retorcer brazos. Tienes que utilizar toda una amplia red, pero cuando atrapas a la persona correcta, eso es lo que marca la diferencia”.

Para Arias, es una cuestión de supervivencia. “Quiero volver a casa de una pieza. Si eso significa que tengo que acorralar a la gente, la acorralaré”. Cuestionar esto, dice, es cuestionar si merece la pena luchar la guerra misma. “Ese no es mi trabajo. La gente de Washington es la que tiene que encargarse de eso”.

Si los asaltos nocturnos y las detenciones son una parte inevitable de la guerra moderna de contrainsurgencia, entonces, lo mismo sucede con el resentimiento que engendran. “Nos alegramos cuando llegaron los estadounidenses. Pensábamos que traerían paz y estabilidad”, dice el ex detenido Rehmatullah. “Pero ahora casi todo el mundo en mi pueblo quiere que se larguen. Un año después de que soltaran a Rehmatullah, capturaron a su sobrino. Dos meses después, se llevaron también a otros vecinos.

Se ha convertido en una pauta de conducta predecible: Las fuerzas talibanes lanzan emboscadas sobre los convoyes estadounidenses cuando pasan por el pueblo, y después se retiran a los densos huertos de frutales que cubren la zona. Después, los estadounidenses vuelven por la noche para llevarse sospechosos. Según los aldeanos, en los dos últimos años, se han llevado a dieciséis personas y han asesinado a otras diez en este pequeño pueblo de unos 300 habitantes. En el mismo período, dicen, los insurgentes mataron a un vecino y no se llevaron a ningún rehén.

Por lo tanto, las gentes de ese pueblo temen más los asaltos nocturnos que a los talibanes. Ahora las noches en que los niños de Rehmatullah oyen el lejano zumbido de un helicóptero, corren a su dormitorio. Él les consuela, pero admite que también necesita que le tranquilicen. “Sé que ya soy demasiado mayor para eso”, dice, “pero esta guerra me ha hecho tener miedo de la oscuridad”.

Anand Gopal ha informado desde Afganistán para el Christian Science Monitor y el Wall Street Journal. Pueden leerse sus trabajos en: analdgopal.com. Actualmente está trabajando en un libro sobre la guerra afgana. Este artículo se ha publicado en el último número de la revista Nation. Para escucharle en una entrevista de audio con Timothy McBain, de TomDispatch, hablando de cómo consiguió este reportaje, pínchese aquí.

Fuente:

http://www.tomdispatch.com/post/175197/tomgram%3A_anand_gopal%2C_afraid_of_the_dark_in_afghanistan/#more

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