
30 aniversario de los Verdes: Fischer es hoy asesor de BMW, Siemens y consorcios energéticos
24-01-2010
Rafael Poch
La Vanguardia
Una de las primeras imágenes que percibí de Europa al regresar tras veinte años de ausencia, fue la foto del ex líder verde alemán Joschka Fischer con traje de Armani acudiendo al estreno de la última película de James Bond con su última esposa, treinta años más joven. Este mes Alemania ha celebrado el 30 aniversario de la fundación de los verdes, el 13 de enero de 1980 en Karlsruhe, y pocas fotos retratan mejor que esa de Fischer el estado de cosas en el viejo y socialmente dormido continente.
En 1980 los verdes eran la coalición apache de un movimiento de protesta, un "partido antipartido" compuesto por ecologistas y pacifistas, feministas, cristianos, gente del área "K" (comunistas, sector ladrillo), contraculturales y todo lo que había surgido del 68 alemán y contribuyó a democratizar un Estado de tradición gendarme y preocupante pasado. Treinta años después, el partido es un manso instrumento del establishment, que durante su paso por el gobierno federal (1998-2005) se situó a la derecha del SPD de Gerhardt Schröder, abrazó fórmulas neoliberales y el atlantismo.
En 1983 los verdes ingresaron por primera vez en el Bundestag y en 1985 Fischer se convirtió en el primer ministro verde de un estado federal (Hesse), y, a partir de 1998 en vicecanciller y Ministro de Exteriores. Los verdes de Fischer fueron decisivos para regresar a la (anticonstitucional) intervención militar alemana en el mundo; primero contra Serbia, para evitar lo que Fischer definió como "un segundo Holocausto", y luego en Afganistán, en el Índico, y donde haga falta para garantizar el "acceso" de Alemania a suministros energéticos y rutas comerciales, como dice la Canciller Merkel.
Por el camino muchos sustituyeron el colorido jersey de lana gruesa por el Armani y la corbata. Fischer es hoy asesor de BMW, Siemens y consorcios energéticos, el abogado y ex secretario de Estado Rezzo Schlauch es consejero de (EnBW), una de las grandes empresas de centrales nucleares, y su colega el también ex Secretario de Estado Matthias Berninger se dedica a promocionar la imagen en Europa de la multinacional americana de chucherías "Mars Inc.". Sería absurdo reducir el actual Partido Verde a esta serie, pero en su actual estado el partido se parece más a una versión modernista del FDP, el partido liberal, que a lo que fue en sus orígenes.
Nada ilustra mejor su ausencia de principios ideológicos que su debate sobre con quién aliarse, con la derecha o la izquierda. El Partido cabe en las dos. Gobierna con la izquierda en Berlín, pero con la derecha en Hamburgo y el Sarre. Fueron ellos quienes introdujeron la cuota de mujeres en cargos, hoy generalizada, el irreversible rechazo a la energía nuclear -hoy Merkel sólo habla de prolongar la vida de las centrales en servicio sin atreverse a ir más lejos- y algunas otras cosas, pero en su historia, lo más significativo quizá no sea lo que han aportado, sino lo que han confirmado con su transformación. En los años ochenta el sociólogo Oskar Negt explicaba que en la historia de la socialdemocracia alemana no es el partido el que conquista el Estado, sino el Estado el que conquista el partido. Nadie como los verdes confirma hoy esa tradición nacional, de la que el realismo conformista y un "leal" ("Kaisertreu") atlantismo, son la lógica consecuencia.
http://www.lavanguardia.es/internacional/noticias/20100123/53875659769/el-partido-ecopacifista-aleman-ha-sido-devorado-por-el-sistema-fischer-estado-alemania-siemens-arman.html
Hitos de una transformación
1980: Fundación en Karlsruhe y primera entrada en un parlamento regional (5,3% en Baden Württemberg)
1983: Ingreso en el Parlamento federal con un 5,6% de los votos y un programa anti Otan y anti centrales nucleares.
1984: Ingreso en el Parlamento Europeo con un 8,2% de los votos.
1985: Comienza la discusión entre "realistas" y "fundamentalistas" sobre la oportunidad de coaliciones con el SPD. Joschka Fischer, primer Ministro de medio ambiente verde en Hesse.
1989: Inicio del gobierno de coalición SPD-verde en Berlín Occidental.
1990: Los verdes se quedan fuera del primer Bundestag de la Alemania reunificada, tras una torpe campaña cuyo lema era, "Todos hablan de Alemania, nosotros del clima".
1994: Regreso al Bundestag (7,3% de los votos).
1998: Inicio de la coalición con el SPD en el gobierno federal.
1999: Apoyo a la intervención militar contra Serbia.
2001: Apoyo a la "guerra contra el terror" y la intervención en Afganistán.
2003: Apoyo al recorte neoliberal del generoso Estado social alemán.
2008: Primera coalición de gobierno regional con la derecha (Hamburgo)
2009: Segunda coalición de gobierno regional con la derecha (Sarre). 10,7% de los votos en las elecciones generales.
domingo, 24 de enero de 2010
El partido ecopacifista alemán ha sido devorado por el sistema
viernes, 4 de septiembre de 2009
Homenaje a Indochina (I)
Imagen de Ho Chi Minh
Rafael Poch-de-Feliu
Hace 30 años los estadounidenses evacuaban en helicópteros a sus últimos funcionarios y amigos, desde los terrados de la embajada en Saigón. Ex ministros, generales, torturadores, oficiales de escolta, diplomáticos y agentes de la CIA, abandonaban el país, con documentos, maletas llenas de dólares, y algunos malos recuerdos. Tres horas después, un tanque con la bandera del Frente de Liberación Nacional llegaba al centro de la ciudad.
Su oficial, con un mapa en la mano, preguntaba a la gente la dirección del Palacio Presidencial. “No conocemos Saigón, hace bastante que no estábamos por aquí”, explicaba sonriente. En las calles, montones de botas y uniformes militares abandonados por los soldados del sur, que ya se mezclaban con la población. Telón sobre la guerra de destrucción más terrible de la historia y la más larga del siglo XX. Su herencia era espantosa.
La estimación oficial en Vietnam es que la guerra eliminó al 10% de los 50 millones de habitantes del país. Cinco millones de víctimas vietnamitas, de ellas cuatro millones civiles y un millón en combate. Las estimaciones más restrictivas, citadas por Hobsbawm en su “Age of extremes”, hablan de dos millones de muertos. En Laos, que entonces tenía 2,5 millones de habitantes, los muertos fueron unos 350.000, más del 10% de la población. Otro 20% huyó. Al concluir la guerra, el 90% de la gente con estudios había abandonado Laos. En Vietnam, los estadounidenses sufrieron 58.000 soldados muertos y 153.000 heridos. Sus aliados coreanos 5.000 muertos, australianos 500, neozelandeses 38. De filipinos y tailandeses no hay cifras exactas; algunos cientos. 44.000 vietnamitas y 11.000 laosianos han muerto desde el fin de la guerra por la munición no explosionada que hay en su tierra. Los efectos medioambientales de los agentes químicos con los que se roció el país, han dejado una terrible secuela, ecológica, económica y genética. Hay tres millones de personas enfermas por esa causa, según Cruz Roja.
Entre 1964 y 1973 Estados Unidos lanzó sobre Laos más de 2 millones de toneladas de bombas en 580.000 misiones aéreas, es decir; una media de una operación de bombardeo cada 8 minutos, día y noche, y unos 800 kilos de explosivos por habitante, hombre, mujer, niño y anciano. Vietnam recibió 5,3 millones de toneladas, casi tres veces más que los 2 millones lanzados por todos los bandos a lo largo de toda la Segunda Guerra Mundial, pero su cuota per cápita es menor que la de Laos. La mayoría de las víctimas eran campesinos que no entendían por qué se les castigaba.
No ha habido disculpas ni reparaciones de EE.UU. Desde el cambio de siglo, hace cinco años, Estados Unidos ha librado dos nuevas guerras imperiales, en Afganistán e Irak, y está contemplando librar otras dos, en Irán y Corea del Norte.
El aniversario de Indochina plantea, así, dos grandes preguntas. Una sobre los agredidos; quiénes eran, cómo pudieron soportar todo aquello y qué fue de ellos. Otra sobre la potencia agresora; cuál es la lógica que preside tanta violencia, ¿qué mecanismos explican que, treinta años después, las cosas sigan igual allá?
Arroz
El cultivo del arroz irrigado es una labor compleja y laboriosa. Su siembra y cosecha, precisan unos cuidados y una atención superiores a los del maíz o del trigo, bases materiales de las grandes civilizaciones cerealistas de América, Egipto o Mesopotamia. Es importante calcular bien la distancia entre cada plantel, e implantar en el momento adecuado, es decir: rapidez y exactitud. La irrigación es igualmente complicada. Exige penosos trabajos de canalización y conducción de agua, así como, una vez más, un cálculo preciso de los volúmenes que cada campo necesita.
Todavía hoy, el 80% de los vietnamitas son campesinos, la mayoría arroceros. Antes se creía que el arroz había llegado a Vietnam desde la “matriz” civilizatoria china del Río Amarillo, pero la evidencia arqueológica ha complicado esa tesis. Hoy se cree que el cultivo del arroz tiene una historia de 6.000 años en el delta del Río Rojo, en los alrededores de Hanoi, y puede decirse que los vietnamitas fueron uno de los primeros en “inventarlo” en Asia.
Practicado a lo largo de milenios, el cultivo del arroz imprimió carácter a los vietnamitas, a sus actitudes morales e instituciones políticas y sociales, que dan gran importancia a las virtudes de la cooperación, al trabajo duro y al sacrificio de las necesidades individuales a los intereses generales. El arroz explica su general aptitud industrial, su disciplina, flexibilidad y eficacia.
“Al principio, medio en broma, medio en serio, me decía que la aptitud de los pueblos de tradición cultural china hacia la alta tecnología tenía que ver con el uso de palillos para comer, pero con el tiempo me parece que la clave está más bien en el arroz”, dice el orientalista ruso Dega Deopik.
Otro rasgo esencial es el término “Indochina”, que define una posición a caballo entre dos civilizaciones. Vietnam pertenece culturalmente al mundo chino y estaba en contacto con la cultura india. A diferencia de los chinos, los vietnamitas siempre supieron que, además de China, había otros “centros del mundo”, otras mentalidades. Eso les permitió aceptar y tomar de otras tradiciones lo que consideraron útil, sin renunciar a lo suyo.
Durante novecientos años, entre el siglo I antes de Cristo y el siglo IX de nuestra era, los vietnamitas formaron parte del imperio chino, pero no se disolvieron. Casi mil años de iniciado ese dominio, se liberaron de él. Luego llegaron los mongoles, en tres oleadas masivas, con ejércitos de centenares de miles. Diezmaron a la población y asolaron el país, pero fueron rechazados por la brillante estrategia militar de los jefes vietnamitas. Se llega, así, al tercer rasgo fundamental de la nación, su carácter aguerrido, indómito y voluntarioso en la defensa de su independencia. En la época moderna, las generaciones de vietnamitas se sucedieron en una guerra de cuarenta años en la que franceses, japoneses, estadounidenses y chinos, se relevaron en el papel de derrotados. “Hemos sido el único país que ha vencido a tres miembros del Consejo de Seguridad de la ONU”, explica irónico un historiador de Hanoi.
Todo ello sumado, esa constelación milenaria de habilidades con el arroz en el centro, la capacidad de apertura hacia influencias externas, y su voluntad como nación, arroja las claves esenciales del actual espectacular progreso económico vietnamita. Sobre ese entramado secular, ha surgido un país nuevo y muy pujante, cuyo principal rasgo es el optimismo.
Un país nuevo y libre
Según la encuesta de una agencia internacional realizada en 170 países, la población de este “pequeño” país de 85 millones de habitantes (más poblado que el mayor país europeo), es la más optimista del mundo.
Como en China, en términos generales nunca la gente había vivido mejor, pero a diferencia de aquella, que concluyó su guerra civil en 1949, en ese “vivir mejor” vietnamita se incluye el primer periodo sin guerra ni militarización desde 1989, cuando concluyó la retirada militar de Camboya. O sea, que la actual generación es la primera en medio siglo que crece en un país soberano en condiciones normales.
Entrecruzada con el “baby boom” de posguerra, que hace que el 54% de la población vietnamita tenga menos de 30 años, y con una inteligente política económica, esa anomalía de la historia nacional otorga a la sociedad un enorme impulso optimista y crea excelentes condiciones, sicológicas y vitales, para el desarrollo.
En los últimos diez años el PIB per cápita se ha doblado (alcanzando los 550 dólares anuales) y la parte de la población viviendo en pobreza se ha reducido a la mitad, del 60% al 30%. La esperanza media de vida es de 71 años y el nivel de alfabetización del 91%, dos parámetros de país desarrollado en una nación que aun es muy pobre, y que entre 1995 y 2003, pasó del puesto 120 en desarrollo humano (sobre 175 países), al 109. El crecimiento medio de los últimos quince años es del 7%. Antes del cambio (la reforma de mercado, el “Doi Moi” iniciado en 1986) eran importadores de arroz, hoy son el tercer exportador mundial.
Los vietnamitas mostraron una gran habilidad en la comercialización de sus productos agrícolas y pesqueros. Empaquetaron, congelaron y anunciaron sus mariscos y con eso salieron al mercado exterior. La madre naturaleza acudió en su ayuda con toda una serie de hallazgos de recursos naturales que los soviéticos localizaron. En todo el sudeste asiático, no hay país más bendecido desde ese punto de vista. Sus reservas de petróleo se estiman entre 150 y 225 veces su actual producción anual, que el año pasado rentó 5.700 millones de dólares en exportaciones (22% del total de las exportaciones).
Le Van Hao, profesor del Instituto de psicología de Hanoi, recuerda con cariño sus años de estudiante en Rostov del Don, en la URSS de principios de los ochenta. Los soviéticos, habían sido el principal apoyo de Vietnam durante la guerra y formaban, con gran generosidad, a miles de estudiantes y obreros en sus fábricas y universidades. “Todo era gratis, nos pagaban una bolsa de estudios suficiente, mi mujer y yo teníamos una habitación digna, y en verano nos pagaban vacaciones en el Mar Negro”, recuerda Hao. Viendo cómo se vivía entonces en la URSS, el joven vietnamita soñaba con que, “algún día también nosotros podríamos vivir con holgura y comprarnos un “zhigulí”, la versión local del SEAT 124, que disfrutaban algunos profesores en Rostov. Lo que no podían imaginarse es que las cosas fueran tan rápidas; en la URSS para abajo, en Vietnam para arriba. Diez años después, Hao y sus compañeros decidieron invitar a Vietnam al profesor Leontiev, uno de aquellos entregados maestros soviéticos de la Universidad de Rostov. Reunieron el dinero para el billete entre todos y fletaron un coche para que el ruso recorriera el Vietnam que resurgía de sus cenizas.
Eran los peores años del yeltsinismo en Rusia, la URSS ya no existía y las universidades y la ciencia habían sido abandonadas por completo por la banda de incompetentes y ladrones que gobernaba el país. En términos reales, ya se vivía mejor en Hanoi que en Moscú. Al despedirse de sus agradecidos discípulos para regresar a Rusia, estos vieron que el profesor se llevaba en la maleta una barra de pan y un gran trozo de pescado seco. “Es por si acaso...”, les dijo Leontiev sonriendo. Seis años después, el semanario moscovita “Nóvaya Gazeta”, publicaba un reportaje que causó cierto estupor en Moscú. “Tarea prioritaria de las autoridades rusas; Alcanzar y superar a Vietnam” (“Dognat i peregnat Vietnam”), se titulaba. El antetítulo explicaba el contenido: “Cómo y porqué los vietnamitas ya viven mejor que nosotros”.
Como “estado totalitario”, Vietnam no ha sido un monstruo mayor. La represión apareció con la colectivización agraria y la división del país en dos. Hubo fusilamientos, de los que no gusta hablar hoy, pero ya antes de la desestalinización en la URSS, en 1954-1955, la colectivización quedó en nada. A partir de entonces a los oponentes se les aisló, pero no se les fusiló.
En los sesenta el escritor Nguyen Toan no gustaba al régimen, porque no se mordía la lengua. Había convivido con Ho Chi Minh como revolucionario y su biografía le protegía. No podían meterse con él, pero estaba mal visto y vivía relegado, medio marginado, en el campo. En los diarios y radios de Saigón se comenzó a decir que el mordaz escritor estaba encarcelado, allá en el norte, así que un día lo fueron a buscar y le llevaron a la radio de Hanoi para que lo desmintiera. El escritor tomó el micrófono y se dirigió al país entero: “Parece que los plumíferos de Saigón, lacayos del imperialismo, con su habitual espíritu rastrero y mentiroso, dicen que estoy en la cárcel. No es cierto, camaradas, la verdad es que... aun no me han detenido!”. Y no fue detenido. Nadie como el propio Ho Chi Minh ilustra ese talante vietnamita.
Ho Chi Minh (1890-1969) quiere decir “el que ilumina”. Hasta 1945 se le conocía como Nguyen Ai Quoc, “Nguyen, el patriota”, aunque su nombre real fuera Nguyen Tat Thanh. Es el padre de la moderna nación vietnamita, aunque sus compatriotas no le tratan de padre, sino de tío; el “tío Ho”. A la vez familiar y respetuoso.
Fundador del partido, padre de la independencia y presidente del país, principal estratega y símbolo nacional..., lo extraordinario de su figura es que no hay en ella el más mínimo rasgo de emperador. Su autoridad en el partido fue moral y nunca indiscutible. Sus compañeros de la dirección le dejaron en minoría muchas veces, e ironizaron sobre sus puntos de vista. Ho Chi Minh no se parece a Stalin, Zar y verdugo de una revolución, ni a Mao, que fue, ciertamente el emperador de la revolución china. La personalidad de Ho Chi Minh incorpora aspectos de Lenin (revolucionario, fundador de un nuevo estado), pero también de la conciliadora y ascética bondad de Gandhi. Entre los revolucionarios comunistas victoriosos de Eurasia, su figura y talante, simplemente, no tienen análogos.
Hijo de un maestro nacionalista, Ho fue miembro fundador del Partido Comunista francés en 1920, creador de la organización más eficaz en la lucha contra los franceses, luego transformada en el Partido Comunista de Indochina. Estuvo dos años encarcelado por los británicos en Hong Kong, al salir de la cárcel se fue a la URSS, donde estuvo hasta 1938. Aquel año marchó a China, donde pasó una temporada en el cuartel general comunista de Mao en Yennan.
Como para la mayoría de los dirigentes del mundo en desarrollo de principios del siglo XX, el comunismo era visto por Ho Chi Minh como la ideología más moderna para realizar objetivos de modernización, independencia y desarrollo. En 1945, en conversación con un funcionario de los servicios secretos estadounidenses, lo explicó así:
“Lograr la independencia de una potencia como Francia es una tarea formidable, imposible de realizar sin ayuda externa. Para vencer es necesario organización, propaganda, disciplina y formación. También son necesarias toda una serie de creencias, una doctrina, un análisis práctico, una Biblia, podríamos decir. El marxismo-leninismo me dio todo eso”.
En 1945, aprovechando la derrota japonesa y el vacío de poder francés en la región, proclamó la República Democrática de Vietnam y lideró la lucha armada de ocho años con los franceses, hasta que la Conferencia de Ginebra de 1954, tras el descalabro francés de Dien Bien Phu, aquella misma primavera, estableció la paz sobre la separación de dos estados vietnamitas. La división del país fue aceptada por los comunistas por razones tácticas.
Ho Chi Minh logró mantener la independencia del Partido Comunista vietnamita en el pleito chino-soviético, algo muy complicado teniendo en cuenta que el país dependía vitalmente de ambas potencias y que no podía permitirse el lujo de pelearse con ellas. En los sesenta, hizo todo lo que pudo para evitar el cisma, y siempre pregonó la unidad del “movimiento comunista internacional”. También logró evitar las luchas irreconciliables entre facciones dentro del partido.
En diciembre de 1963, en vísperas de la intervención estadounidense, durante el noveno pleno del tercer congreso del Partido Comunista de Vietnam, su autoridad personal atravesaba horas bajas. Consciente de la importancia del favor de la URSS, Ho se quedó en minoría ante el fervor prochino en el partido. Mao apoyaba entonces la voluntad de los comunistas del norte de atacar al sur y reunificar rápidamente el país. La URSS se oponía a un ataque, por temor a provocar la intervención estadounidense. Los debates, cada vez más antisoviéticos del pleno, eran un claro error político, si se quería vencer en cualquier guerra contra Estados Unidos, porque la URSS era la única potencia capaz de suministrar las armas y el apoyo necesarios para sostener el embate militar que se le venía encima a Vietnam. Ho no intervino, aunque todos conocían su opinión. En el momento más airado del debate, se levantó, junto con el General Giap, y salió de la sala tranquilamente a fumar un cigarrillo. Antes, en noviembre de 1960, durante el XXII Congreso del PCUS en Moscú, la delegación vietnamita mantuvo el equilibrio de forma sutil. Zhu Enlai había abandonado la sesión, airado por las críticas de Jrushov, y regresó a Pekín dando un portazo. Los vietnamitas afirmaron su independencia abandonando también Moscú... para realizar una visita de cortesía a las regiones occidentales de la URSS.
Ho Chi Minh vivió de forma sencilla y murió en 1969, en plena guerra, a los 79 años de edad. En su testamento, cuya primera redacción data de cinco años antes de su muerte, dejó instrucciones para ser incinerado y enterrado en una montaña. Consciente de que su tumba atraería multitudes, estableció que sería bueno que cada visitante plantara un árbol, de tal forma, que, “con el tiempo se formará un bosque que embellecerá el paisaje y beneficiará a la agricultura”.
“Cuando muera, hay que evitar que se organicen grandes funerales para no despilfarrar el dinero y el tiempo de la gente”, dijo, pero no se le hizo mucho caso. Como ocurrió con Lenin, sus sucesores prefirieron embalsamarlo y hoy su cuerpo continua exhibido en Hanoi.
El testamento de Ho comienza con una irónica justificación de su gesto testamentario, apoyado en una cita de Du Fu, el más confucionista de los grandes poetas chinos de la dinastía Tang, que en el siglo VIII constataba que “desde siempre son raras las personas que alcanzan los setenta años”. “Este año” –dice Ho- “voy a cumplir los 75, así que ya formo parte de los raros”. Su mensaje central avisaba de las dificultades por venir y transmitía su voluntad por un futuro mejor ineludible.
“La resistencia a la agresión americana aun durará varios años y costará muchos sacrificios en vidas y bienes, pero, sea como sea, debemos estar resueltos a combatir hasta la victoria total; nuestros ríos, nuestras montañas y nuestros hombres permanecerán, con el yankee vencido, construiremos un país diez veces más bello!” (...), “nuestro país tendrá el gran honor de ser una pequeña nación que venció a dos grandes imperialismos en un combate heroico, y aportó una digna contribución al movimiento de liberación nacional”.
En el aula “Cervantes” de la Universidad de Hanoi, pregunto a los estudiantes de español cuál es la principal diferencia entre su generación y la de sus padres. “La libertad”, responde una chica, entre el asentimiento de sus compañeros.
Vietnam es un país de gran libertad. Contemplando las calles de Hanoi, con su tremendo tráfico rodado de motocicletas, se diría que esta sociedad funciona sola. A los policías no se les hace el menor caso. Sus señales para que un conductor se detenga son ignoradas olímpicamente. Si la libertad es ausencia de normas y reglamentos, Vietnam es de los países más libres del mundo. La sociedad funciona sola porque tiene una enorme reserva de salud moral. Su gente es responsable. La “seguridad ciudadana” apenas existe como problema.
Los derechos de expresión e información a la occidental están restringidos, pero en clara expansión. Desde 1992 el concepto “derechos humanos” está incluido en la Constitución. Como constata un corresponsal europeo en Hanoi, “esas cosas no son problemas reales, puesto que la población común no percibe su carencia o defecto”. La Asamblea Nacional está adquiriendo mayores competencias. Desde 1999, los jefes de poblado se eligen de forma directa. Como en China, la pena de muerte -aparentemente aplicada, sobre todo, en casos de narcotráfico-, está sometida a debate.
Las cárceles están muy poco pobladas, casi vacías, y en la lista de presos de conciencia manejada por la Unión Europea sólo hay 22 nombres –de los que siete cumplen penas leves-, casi todos relacionados a determinadas actividades religiosas o de minorías étnicas (13,7% de la población total), algunas de las cuales están vinculadas a instituciones estadounidenses frontalmente opuestas al régimen, como la “Montagnard Foundation”. Como suele ocurrir, la publicística occidental dedica una atención preferente a la represión religiosa y los abusos contra las minorías étnicas, problemas reales y a la vez sobredimensionados. Un informe de los jefes de misión de la Unión Europea sobre tortura divulgado en el 2003 citaba algunos casos aislados, pero, concluía, ni está extendida ni es sistemática en Vietnam.
Otro aspecto remarcable es que, siendo, como China, fábrica global, gracias a su barata mano de obra, a la formalidad de sus trabajadores, y al clima general de estabilidad política, en Vietnam, la huelga y la creación de sindicatos son derechos reconocidos. Los trabajadores están menos explotados que en China y hay bastantes huelgas. La mayoría son técnicamente ilegales, pero eso no impide que la Confederación General del Trabajo de Vietnam tienda a apoyarlas. La prensa informa de esas huelgas y el estado tiene una “inclinación laborista”, lo que explica la afirmación de un experto occidental de que, “la actitud ante los derechos laborales viene respaldada por un sistema de arbitraje y un poder judicial comprensivos hacia las demandas de los trabajadores”. El gobierno vietnamita contempla el papel de los cuadros del Partido Comunista en los sindicatos como defensores de los trabajadores ante los excesos de su propia política de mercado. Los empresarios taiwaneses, particularmente explotadores en la región, donde dominan, entre otras, la industria del calzado, declaran abiertamente que para ellos es mucho más fácil trabajar en China que en Vietnam.
La máxima dirección política vietnamita está representada por un triunvirato formado por el secretario general del partido, Nong Duc Manh, de quien se rumorea que es hijo natural de Ho Chi Minh (se sabe que su madre fue asistenta del líder nacional), el primer ministro y el Presidente del estado. Sus prioridades son: el desarrollo, la seguridad y la unidad nacional. La mentalidad dominante es que los derechos e intereses generales, definidos y salvaguardados por el partido único, tienen siempre prioridad sobre los derechos individuales. ¿Qué derecho tiene el partido a gobernar? Pues su legitimidad es bastante sólida; reposa sobre el hecho de que desde 1945 ha sido el artífice de la independencia y el conductor en la victoria en tres guerras, una de ellas de carácter exterminador. Cuando esa legitimidad se agote, es probable que los vietnamitas se inventen algo diferente, tomando de aquí y de allá, y pensando con su propia cabeza, como siempre han hecho.
¿Cuánto durará esa reserva de salud moral de la que la sociedad vietnamita es excedentaria? Las cosas están cambiando muy rápido en el país. La combinación de más desarrollo, menos control social e ideología, y más individualismo, arroja la pregunta de a dónde se dirige el país y en nombre de qué valores debe sostenerse todo.
El patriarcalismo, la obediencia debida a los padres y autoridades, sufre significativos cambios. La transformación de la familia y la educación, con sucesivas y polémicas reformas educacionales, intenta seguir el ritmo del cambio generacional. El respeto a los padres, no significa obediencia.
“Mi hijo de dieciséis años es mucho más diferente que lo que yo fui respecto a mis padres”, dice un profesor nacido en la segunda mitad de los cincuenta. Al mismo tiempo, hay una continuidad de valores; “antes los padres arreglaban los matrimonios, hoy los hijos consideran que es bueno, no obligatorio, tener el consentimiento de los padres para el matrimonio”. “Queremos niños respetuosos, pero también críticos y autónomos”, dice.
Como en China, el pago de las tasas escolares supone grandes esfuerzos para los pobres, pero las familias lo sacrifican todo a la educación y formación de sus hijos. Todo puede ser sacrificado, el futuro tiene prioridad. La situación con la enseñanza no es satisfactoria, pero hay escuelas en cada pueblo. “Los vietnamitas no debemos tener complejos a ese respecto”, dice el profesor, que ha visitado India, Bangla Desh y Nepal.
La corrupción es más de pequeña escala que de altos vuelos, asegura un empresario extranjero, afincado en Hanoi desde hace 15 años. Y hay lucha contra ella. Hace unos años todo el comité de autoridades de Phu Qoc fue purgado al completo. En 2003 dos miembros del comité central fueron purgados por corrupción, y en 2004 fueron destituidos el ministro de agricultura y el viceministro de comercio por el mismo motivo. Pregunto al empresario por qué se estableció en Vietnam. “Aquí la gente es buena”, responde. Y suena convincente.
Homenaje a Indochina (II)

Rafael Poch-de-Feliu
La Vanguardia.
Laos
Si Vietnam es un país de pujanza y optimismo, un país de esperanza y voluntad, su vecino Laos es como una relajada y amable siesta. En esta época del año, al finalizar la temporada seca, el Mekong fluye apacible a su paso por la plácida capital de la nación. Para alcanzar el agua hay que caminar un buen trecho por la arena, lo que los locales llaman "la playa", un espacio inmenso repleto de chavales jugando al fútbol y de adolescentes paseando.
Admirando la puesta de sol sobre el río, entre la luz difuminada del atardecer desde una terraza con olor a pinchitos de pescado y carne, se puede hacer la lista de lo que no hay en Vientian.
No hay vuelos directos desde Pekín. Tampoco trenes, en Laos no hay ferrocarril. En la prensa de Bangkok, Vientian no figura en la columna de las temperaturas y los pronósticos metereológicos para Asia. Una frase repetidamente escuchada a varios expatriados aquí residentes reza así; "en Vientian... no hay nada que ver". Y otra cosa que no hay es prisa, ese ingrediente necesario de la estupidez humana. Quien llega aquí con planes y adrenalina en el cuerpo se frustra, a menos que se deje llevar por el magnífico ambiente provinciano y el clima ideal.
Vientian es un pueblo grande, capital de un país remoto y montañoso, el único sin salida al mar de Asia sudoriental, con pocas carreteras y habitantes. En esta ciudad, todo el mundo se conoce. En los turbulentos sesenta, cuando la CIA ponía las bases de una guerra genocida, las principales corrientes políticas locales; comunistas, neutralistas, monárquicos y reaccionarios, estaban lideradas por príncipes que eran primos hermanos. Hoy, se genera cierta familiaridad entre los mochileros que hacen escala aquí, después de que sus caminos de lectores gregarios de la misma guía "Lonely Planet" se crucen cuatro o cinco veces en una mañana, por las rutas del nada que ver local, salpicadas de agradables restaurantes. La vida es, sin embargo, imprevisible. ¿Quién habría dicho que, hace unos años, uno podía haberse topado en estas calles hasta con un ex director general de la española guardia civil, sin tricornio, fugado de Madrid por corrupción?
Los periodistas que trabajan en Asia vienen poco a Laos -"noticias", es otra cosa que no hay-. Siendo un régimen de partido único, tampoco hay gran cosa que "denunciar". Los teléfonos no están pinchados, ni se vigila a los extranjeros. Es verdad que a los periodistas se les pone un "acompañante", pero aquí no se palpa gran vocación policial. Hay algún informe de Amnistía Internacional, pero no parecen cosas de mucho calibre para un país en desarrollo. A falta de noticias, está el menú anglosajón vía Internet: aquello que dicen que ocurre en Laos quienes dominan el mercado de la realidad. Desde hace varios años, los dos principales platos de ese menú son la fantasmagórica actividad de los rebeldes Hmong, la etnia montañesa que la CIA utilizó como carne de cañón anticomunista para luego abandonarla, y los proyectos, ecológicamente desastrosos, que los perversos chinos planean, o están realizando, para cargarse el Mekong.
¿Existe una guerrilla Hmong? Oficialmente, no. Sólo algunos "bandidos". Hace cuatro años, hubo una explosión en un bar de Vientian con 13 heridos y en abril del 2003 un ataque contra un autobús en el norte con diez muertos. De vez en cuando se oye alguna explosión en Vientian. La explicación estándar es que son petardos, alguna fiesta. "Debió ser una juerga impresionante, porque la explosión se escuchó a milla y media de distancia", dice un local, recordando la última... Por lo demás, no es que en Laos no pasen cosas, lo que ocurre es que no se entera nadie. Un expatriado con nueve años de residencia, casado con una local y padre de familia numerosa, reconoce que no se entera de nada de lo que se cuece en el país. Le pregunto si entiende su enigmático entorno asiático. "Así", dice señalando una pizca con los dedos.
Como en otros lugares de la región, los chinos están incrementando su presencia, de acuerdo con su creciente peso especifico. El edificio más grande y suntuoso recientemente construido en Vientian, el feo Centro Cultural inaugurado en el 2000, fue sufragado por ellos con 7 millones de dólares. La pujanza china, que según algunos, amenaza el mercado agrario de Laos con precios más bajos que los locales, "nos va a permitir diversificar una dependencia comercial que antes teníamos hacia Tailandia casi en exclusiva", dice un funcionario. En cualquier caso, China está abriendo su puerta sur para desarrollar su provincia de Yunnan, con varios grandes proyectos de navegación en el Mekong y trazados de nuevas carreteras hacia Birmania y Laos. Esos nuevos ejes van a tener un gran impacto en la transformación de Laos, que hoy exporta fundamentalmente, electricidad, madera y oro, y conoce un crecimiento que ronda el 6%.
Desde que Estados Unidos arrasara Laos con sus bombas, hace 30 años, la mortalidad infantil se ha dividido por tres y los menores de 15 años representan hoy el 45% del censo nacional, por lo que hay niños por doquier, casi siempre con el uniforme colegial azul y blanco. Es un mundo pobre pero aparentemente feliz, en el que salvo catástrofe natural no falta para comer, y en el que la gente sonríe.
La herencia de las bombas
Nahin Long es un remoto pueblo de 500 habitantes del sur de Laos, en la provincia de Saraván, que queda a 800 kilómetros al sur de Vientian. La provincia solo tiene 317.000 habitantes, divididos en 14 etnias y de sus 724 pueblos, 130 están aún por debajo del nivel de pobreza. Es frecuente encontrar lenguas distintas entre pueblos vecinos, y muchas veces los funcionarios de la capital provincial necesitan intérprete. La televisión llegó a Laos en diciembre de 1983, pero en Nahin Long, lo que llegó, el año pasado, fue la electricidad. Los vecinos del pueblo, cuyo nombre significa "Piedra funeraria", disponen de un televisor comunal con el que ven la tele tailandesa, la más popular en Laos. La aldea está compuesta por una sucesión de casas de bambú y madera montadas sobre palafitos, y un templo budista. En la estación seca, la mayor parte del tiempo libre de los campesinos transcurre a la sombra, entre los pilares que sostienen sus casas. El 60% de los campesinos de Laos viven fuera de la economía monetaria. Los pueblos, e incluso las provincias, practican la autosuficiencia.
La agricultura (café y arroz) representa el 70% del ingreso de la provincia de Saraván, que es un microcosmos autosuficiente, excepto en obras públicas, pagadas a medias con el gobierno central. Una sola pequeña central eléctrica en el río Xeset, basta y sobra para el abastecimiento de toda la provincia. Los distritos montañosos del este sólo son accesibles en la estación seca. Dentro de ellos, "a veces los caminos son transitables todo el año", explica el vicegobernador de la provincia, Bounthiam Phommasathit. Es una clara mejora: en los ochenta, toda la provincia, que resultó literalmente arrasada durante la guerra, era una isla mal comunicada.
La mayoría de los mochileros occidentales y australianos que pasan por Laos ignoran que, entre 1964 y 1973, Estados Unidos lanzó sobre el país unos 800 kilos de explosivos por cada uno de los 2,5 millones de habitantes, hombres, mujeres, niños y ancianos, que contaba entonces su población. El motivo de su ignorancia es el mismo por el que sus padres ignoraron en su día la "guerra secreta" del Pentágono contra Laos; no fue declarada, y los medios de comunicación no la mencionaban.
"Querían destruirlo todo", dice Bounpone Sayasenh, 52 años, cinco de ellos destinado en la Ucrania soviética, Director de la agencia nacional UXO-LAO, responsable de la limpieza del territorio nacional de bombas no explosionadas.
"No quedará nada vivo o en pie, que los comunistas puedan heredar", observaba en 1970 el periodista australiano, John Everigham. Se equivocaba; quedaron las bombas.
Cada avión B-52 arrojaba 32.000 kilos de bombas de hasta 1.500 kilos, además de napalm, fósforo o defoliantes. Las bombas de fragmentación, todavía en uso en Irak y Afganistán, estaban especialmente diseñadas para multiplicar las víctimas indiscriminadas. Cada una de ellas se descomponía en 670 pequeñas bombas del tamaño de una pelota de tenis ("bombitas") y cada "bombita" contenía 370 proyectiles.
En Laos se lanzaron unos 80 millones de esas "bombitas", pero entre el 10% y el 30% de ellas no estallaron, por lo que en tierra quedaron entre 8 y 25 millones de unidades. Dos terceras partes del territorio de Laos están actualmente "contaminadas" por esos y otros artefactos. Su presencia determina la vida del 25% de las aldeas del país, el más pobre de Asia sudoriental.
"Antes de construir una escuela, o un puente, o de trazar una carretera, o de cultivar una zona, hay que limpiarla palmo a palmo", explica Bounpone. "En 1996 hicimos un estudio de impacto según el cual supimos que 15 de las 18 provincias del país están contaminadas. Hasta el 2013 queremos limpiar las zonas agrícolas más productivas para incrementar la producción de arroz, pero el problema persistirá durante 50 o 100 años", dice.
En el restaurante del Señor Soulideth, en los alrededores de Saraván, las chuletas se asan sobre la carcasa de una bomba de fragmentación estadounidense de más de dos metros de largo. La barbacoa no es el único uso que los campesinos de Laos han aprendido a hacer de la munición que la guerra les dejó en herencia. El herrero de Nonsavad, otro pueblo de los alrededores, usa como yunque un proyectil de artillería de 155 milímetros. En otros lugares, se confeccionan lámparas de petróleo con minas, o se usan los proyectiles de mortero como lastre en los tejados vegetales, o las carcasas de las grandes bombas de hasta 1.200 kilos dispuestas verticalmente sostienen como pilares las casas de madera y bambú.
Las provincias de Saraván y Xiang Juang recibieron el grueso de aquella lluvia de bombas de nueve años. De la capital de Saraván, que lleva el mismo nombre y hoy cuenta con 80.000 habitantes, "solo quedó en pie una casa". En Xiang Juang, "no quedó nada que el hombre hubiera construido", explica Liam Mesxavy, coordinador provincial de UXO-LAO.
Desde 1997 la organización, ayudada por la ONG MAG (Mines Advisory Group), ha destruido 77.432 artefactos, entre ellos: 30.000 mortíferas "bombitas", 783 minas y 200 grandes bombas de aviación de entre 100 y 1.250 kilos de peso. El Señor Vilisack, 39 años, padre de tres hijos, un técnico de UXO-LAO de Saraván, es, probablemente, la persona que más bombas grandes ha desactivado y detonado del mundo. Ha participado en la desactivación de 235 bombas y detonado 57.
"Por destruir un petardo del IRA, en Inglaterra te convocan al palacio de Buckingham y te condecoran, pero este hombre lo hace cada semana desde hace siete años con artefactos tremendos", observa Paul Standford, un ex sargento artificiero del ejército británico que trabaja para MAG en Laos. En 1997, MAG recibió el premio Nobel de la paz, y ha venido formando los equipos de UXO-LAO en las dos provincias mártires de Laos. El trabajo de estos experimentados equipos ha conseguido reducir la mortandad ocasionada por la munición no explosionada. Hasta 1997, cuando comenzaron su trabajo, en Saraván se registraban entre 50 y 70 víctimas por año, actualmente son alrededor de una docena, pero es una labor tan meritoria como desesperante. Desde 1997 han limpiado 416 hectáreas en Saraván, pero la provincia tiene un millón de hectáreas, y la mayor parte de ella está contaminada por la munición. Es tanta la cantidad de bombas y artefactos explosivos no detonados que hay en el suelo, que, treinta años después del fin de la guerra, los campesinos siguen cultivándola entre bombas, mientras sus hijos van al colegio y juegan, entre munición no explotada.
Senderos de guerra
El puente de bambú está ahí, atravesando el río de rápidas aguas, pasada la impetuosa cascada, en medio de la jungla. ¡Qué elegante es!, con su base vegetal trenzada y su pasamanos de caña. ¡Y qué frágil parece! Tiene unos 150 metros, y, cuando se inicia el cruce, se diría demasiado largo para ser estable, pues basta el peso de una persona para que se balancee. Pero, enseguida, uno suelta la barandilla, que al principio agarra con prevención, al constatar que, pese a su flexibilidad y balanceo, es una construcción sólida, que no va a ceder.
Un entramado similar permitió a éste pueblo soportar tanto sufrimiento, entrelazando su férrea voluntad y su gran capacidad de resistencia. La naturaleza campesina y la general predisposición a sacrificar sus vidas, hacían invencibles a aquellos soldados y guerrilleros de Indochina en su lucha contra la última tecnología de destrucción. Suena poético, pero el precio pagado fue terrible.
En las carreteras de los distritos de Ta Oi y Samouai de Saraván, al sur de la "Carretera número 9" se revela un paisaje devastado; los bosques no crecen, o son raquíticos, por la acción de los defoliantes y los cráteres de las bombas aun recrean un panorama lunar. Apartarse de la carretera es peligroso por la cantidad de proyectiles y bombas sin explotar que hay. Los dos distritos son la zona más pobre de la provincia precisamente porque hace treinta años la "Ruta Ho Chi Minh" pasaba por aquí.
La ruta fue un laberíntico corredor de caminos y senderos de miles de kilómetros que iba del norte al sur de Vietnam, a través del territorio de Laos, protegido por los bosques, selvas y alturas de la Cordillera Annamita. Por esa red circulaba el tráfico de tropas, combustible, armas y suministros, para los combatientes del sur, por lo que fue uno de los principales objetivos de los bombardeos en Indochina. Para la población local, frecuentemente empleada en su mantenimiento, la vida bajo las bombas se hizo rutina.
Vilisack, que entonces era un niño de seis años, recuerda que los bombardeos aéreos destruyeron su pueblo. Todos tenían que huir hacia las montañas, vivir en agujeros y recoger el arroz de noche, entre las incursiones de los B-52. Su hermano mayor de diez años, sufrió quemaduras de una bengala de aviación, y ocho de los quince muertos registrados en el pueblo eran familiares suyos.
"Nuestros padres nos decían que habíamos nacido en una época maldita", recuerda Vilisack, un hombre de mirada risueña y bondadosa, que se formó como soldador tres años en Halle, una ciudad de la antigua Alemania Oriental.
En la ruta se desarrolló toda una artesanía de astucias para eludir, despistar y confundir a los aviones, sus sofisticados sensores, radares, ordenadores y visores. La "cocina sin humo, Hoang Cam", que llevaba el nombre de su inventor, enterrada y con toda una serie de chimeneas subterráneas que diluían el humo para no ser advertida desde el aire. Los simuladores de ruido, que burlaban a los bombarderos, recreando el sonido de los motores de los camiones, o de voces humanas, junto a las "orejas electrónicas", los sensores que los estadounidenses lanzaban en paracaídas para escuchar los ruidos de la jungla y orientar a sus aviones.
Recursos para el descanso descubiertos por los combatientes, como las flores y raíces de "rosa canina", la marijuana de la selva. Mezcladas con tabaco, colocaban a los soldados, diluyendo en los vapores de la imaginación los horrores y sufrimientos de la jornada. La sopa de larvas de termita y gusanos de tierra, un remedio contra la malaria que el ejército popular aprendió de los indígenas de Laos.
Hazañas legendarias, como la del soldado de comunicaciones, Tran Van Tang, una especie de correo de la ruta. En diez años caminó 20.000 kilómetros por la cordillera Annamita, sobreviviendo a todo tipo de peligros, entre ellos dos ataques... de tigre. En el primero se encaramó a un árbol, mientras el animal rondaba abajo rugiendo hasta que se cansó; en el segundo se lanzó directamente al río desde su hamaca, cuando la fiera se abalanzó sobre él mientras dormitaba.
Todo un cuerpo de ejército, el 559, se dedicaba a mantener el transporte a lo largo de la ruta, a mantener sus senderos, carreteras y puentes, frecuentemente construidos como calzadas de piedra sumergidas bajo el lecho de los ríos para no ser vistos desde el aire.
Del millar de misiones de B-52 realizadas mensualmente -más de treinta misiones diarias-, la mayoría tenían como objetivo la "Ruta Ho Chi Minh". Lo que se destruía durante el día se reparaba por la noche o bajo la protección de la niebla. Si no había niebla, se creaba. Quemando bosque, rastrojos o utilizando un líquido llamado C-4, se levantaban grandes cortinas de humo contra la aviación, capaces de cubrir artificialmente el cielo durante cuarenta minutos para facilitar el paso de convoyes por zonas visualmente desprotegidas.
Centenares de miles de toneladas transportadas a pie, en bici, en camión o a lomos de elefante, con más de dos millones de hombres y mujeres trabajando para mantener abiertas las comunicaciones. La ruta, su continuidad operativa pese a los miles de toneladas de bombas lanzadas, su trazado, múltiple y repleto de falsas pistas para despistar a los aviones, era un misterio para el enemigo. Se enviaron decenas de comandos para revelarlo, pero muy pocos de ellos regresaban y los testimonios de quienes lo hacían, apenas aclaraban el asunto.
Ngo Ban, hoy un anciano, sirvió 31 años en el ejército, desde 1950 hasta 1981, casi siempre en tiempo de guerra. Durante la "guerra de América", que es como aquí se llama a la "guerra de Vietnam", para distinguirla de la de los franceses, los chinos y los jmers, fue comisario político. Formaba soldados y guerrilleros en el norte y los acompañaba al frente para entregarlos a sus camaradas del Viet Cong. Para llegar a Vietnam del Sur, iban por la Ruta Ho Chi Minh. Primero en tren hasta 300 kilómetros al sur de Hanoi, luego montaban en los camiones "Zil", conducidos por una compañía femenina que los llevaba hasta cerca del Paralelo 17, la frontera con Vietnam del Sur. Allí comenzaba un viaje a pie de tres meses, una verdadera odisea.
La marcha se iniciaba a las siete de la mañana, con un guía al frente de la columna que habría el paso. El que cerraba la columna se encargaba de volver a colocar las ramas y el follaje en su posición natural, para borrar trazos del sendero. Avanzaban 20 kilómetros al día, hasta alcanzar el siguiente punto de etapa, donde cambiaban de guía y se comía.
"Lo primero que se hacía al llegar, era cavar, cavar y cavar. Cuanto más profundo más seguro. A veces aprovechábamos las trincheras y refugios del contingente precedente, pero frecuentemente estaban destruidas por el anterior bombardeo y había que rehacerlas". Solo después de cavar, se podía comer y descansar.
Cada soldado cargaba entre 35 y 40 kilos; arroz, una mosquitera, la hamaca, un impermeable, el arma y las municiones, y un botiquín que contenía: venda, desinfectante, repelente contra los mosquitos y un antitérmico para la malaria. Los oficiales cargaban menos.
"A siete días de nuestro destino tuvimos que parar porque cada 15 minutos había una oleada de B-52. En los minutos entre bombardeo y bombardeo cavábamos más profundo. Así desde las ocho de la tarde, hasta las cuatro de la mañana. Los que morían era porque no se enterraban bien, porque abandonaban su refugio para cambiar de posición en pleno bombardeo, o por impacto directo".
Los nichos de cada soldado se cavaban en círculo. En el centro del círculo en el que se encontraba Ngo Ban y otros diez soldados enterrados, cayó una bomba de 500 kilos, pero no explotó. "Quedó clavada en el suelo, de lo contrario, habríamos muerto todos. A la mañana siguiente, vi que entre los 600 hombres del batallón sólo habíamos tenido ocho muertos y once heridos". De esos 600, solo llegaron a destino 450, no por los bombardeos, sino por la malaria.
"La malaria era mucho más peligrosa que las bombas, los hombres caían como moscas, algunos se restablecían y podían continuar. Otros quedaban postrados en las etapas en sus hamacas. Por la mañana, los oficiales pasaban la mano por el fondo de las hamacas para ver si estaba caliente y húmedo, del sudor, las heces y orines, señal de que los usuarios estaban vivos. Muchos morían allá. En otro transporte, de los 600 solo llegaron a destino 28, todos enfermos, incluidos los oficiales. Cuando llegamos hasta la zona B-2, no muy lejos de Saigón, recibimos la noticia de que Ho Chi Minh había fallecido, era el 2 de septiembre de 1969".
Retengo una frase del relato de Ngo Ban. "La vida en la ruta era muy alegre", dice, "unos bajaban (al frente) y otros regresaban, hombres y mujeres, todos jóvenes, en las etapas se intercambiaba información, se hacían amistades y amores, pero la política era evitar el contacto entre los que iban a entrar en combate y los que salían..." ¿Por qué "evitar el contacto"?
Lo aclara el escritor ex combatiente, Bao Ninh. Los que "salían" del frente, eran hombres rotos, casi siempre supervivientes de unidades diezmadas, que habían perdido, diariamente, compañeros, presenciado escenas horribles de cuerpos destrozados, quemados vivos por el napalm. Hombres que llevaban las súplicas de camaradas queridos pidiendo que los remataran para dejar de sufrir, metidas en los sesos. Soldados heridos que arrastraban a otros heridos, hambrientos, agotados, enfermos, con las ropas hechas jirones... con el mal de guerra en el cuerpo y en la mente. Su contacto con los "nuevos" se evitaba para evitar el contagio de esa terrible enfermedad llamada "mal de guerra", la enfermedad de las almas rotas y la desmoralización.
Bao Ninh fue uno de los diez raros supervivientes de los 500 jóvenes que componían su brigada, la gloriosa 27 Brigada del ejército regular del norte. Su novela "El mal de guerra" ("The Sorrow of War", no traducida al español), es fundamental para entender la historia. Leyéndola se comprende que, si a uno le importa la historia, hay que empezar por remitirse a las fuentes locales y olvidarse de la anecdótica producción cinematográfica estadounidense. Supuestas "joyas" como "Apocalypse Now", de Francis Ford Coppola, son bien poca cosa. ¡Cuánto dinero y talento artístico para eludir la realidad esencial! ¿Cómo es posible perder el tiempo con los éxtasis de aquel coronel loco, con las escenas de cama de una francesa y un oficial estadounidense, o con el estúpido surf en la playa? Los vietnamitas, las verdaderas víctimas y los verdaderos héroes, son paisaje. Pura calderilla. La experiencia de un simple estudiante adolescente de Hanoi movilizado, supera con creces todos aquellos sofisticados infiernos.
El relato de Bao Ninh no precisa la menor imaginación ni fantasía, porque el autor descarga, página tras página, su propia experiencia. Su trama presenta el caótico desorden propio de una mente atormentada. En esa novela, "cualquier página podría ser la primera o la última", porque el texto fluye solo. La juventud no vivida, sus fantasías sexuales, el hombre roto... El autor no la ha escrito para ganar dinero u obtener éxitos, reconocimiento, un premio, sino animado por el más genuino impulso creador; para liberarse de sus propios demonios y porque debe cumplir, con ella, "su última aventura como soldado", una misión sagrada, encargada por los mismos espíritus y fuerzas que le eligieron a él como absurdo superviviente de "batallas en las que, aparentemente, era imposible salir con vida". Bao Ninh ha presenciado más cadáveres, cuerpos destrozados y carnicerías, ha perdido más compañeros, que cualquier otro escritor -como Víktor Nekrasov en su "En las trincheras de Stalingrado", otra obra maestra- y descarga, frase a frase, todo el daño que la guerra le ha dejado en el alma. De ahí su enorme fuerza dramática, su gran calado humano, multiplicado por la sencillez. Una de las mejores novelas de guerra jamás escritas.
Relevo imperial
Song Thap, el pueblo del hoy anciano de manos temblorosas y fresca memoria, Teniente Coronel retirado, Ngo Ban, está situado a unos 40 kilómetros de Hanoi. Sus mil habitantes generan un tremendo trajín de pequeños talleres metalúrgicos, en los que trabajan la tercera parte de ellos, pese a que el censo nacional los contabiliza como "campesinos". Al anochecer, bajo la lluvia, las calles del pueblo son iluminadas por los resplandores de los soldadores, en medio de un tráfico, motorizado y animal, que acarrea planchas y barras de acero. Toda la escoria que sobra de las fundiciones, la compran los chinos, me explican, y a buen precio.
La casa de Ngo Ban es un viejo y gracioso edificio de piedra y madera, perteneciente a la familia desde el siglo XVII. Durante toda su larga vida militar de 31 años, Ngo Ban siempre sintió nostalgia y ansiedad por esta noble casa. Hoy vive en ella, rodeado de sus hijos y nietos, y contempla desde ella su vida como un amplio paisaje que se observa desde las alturas.
La casa sobrevivió a los bombardeos con bombas de fragmentación que el pueblo sufrió en 1968. "Todas las familias del pueblo tuvieron bajas, más de cincuenta heridos entre los seiscientos habitantes con que contaba entonces, pero solo tres muertos", explica. El objetivo no era el pueblo, sino una estación ferroviaria situada a tres kilómetros. "Fue un error", dice.
La guerra de Ngo Ban comenzó en 1950 contra los franceses. En aquella época, todas las casas del pueblo tenían un escondite/refugio y una salida secreta trasera que daba al callejón contiguo, por si había que huir precipitadamente.
El colonialismo francés, tuvo episodios muy crueles en Vietnam. Incluso después de vivir la experiencia de la ocupación alemana de su propio territorio nacional, la democracia francesa empleó en su desmoronado imperio, métodos que no desmerecían a los nazis. En noviembre de 1946, para escarmentar a los vietnamitas tras un incidente aduanero, tres barcos de la armada bombardearon Haiphong, sólo los barrios chino y vietnamita, matando a 6.000 personas, según la estimación francesa (En, Yves Benot, Massacres coloniaux, 1944-1950: La IV République et la mise au pas des colonies françaises. París, 2001)
En 1954 Ngo Ban asistió a los combates de la debacle francesa en Dien Bien Phu, al noreste de Hanoi, donde 15.000 franceses murieron o cayeron prisioneros. Los franceses estaban convencidos de que la artillería vietnamita era "insignificante" y se instalaron en un amplio valle rodeado de alturas. Los vietnamitas llevaron sus cañones a esas alturas a fuerza de brazos, "más de cien hombres arrastraban cada pieza por el bosque montaña arriba". Cuando se dieron cuenta, los cañones disparaban desde arriba convirtiendo el valle en una ratonera. Las piezas de artillería se guardaban en túneles y cuevas para preservarlos de la aviación. También se simularon posiciones de artillería, con cañones de cartón y disparos simulados que atraían el fuego francés. Fue una victoria, una victoria dura con 25.000 soldados vietnamitas caídos -entre ellos la mitad de los 2.500 hombres del regimiento de Ngo Ban- que abrió paso a los acuerdos de Ginebra, la división en dos del país sobre la línea del paralelo 17 y al paulatino relevo del francés por el estadounidense.
En 1954, Graham Greene, había descrito aquel relevo en su novela "El americano tranquilo", que evoca el atentado con coches bomba organizado por la CIA frente al hotel "Continental" de Saigón, en 1952, en el que murieron 8 personas y otras 32 resultaron heridas. En vísperas del 11-S, la versión cinematográfica de "El americano impasible" estaba lista para su distribución en Estados Unidos, pero después del ataque contra las torres gemelas y el Pentágono, en Nueva York y Washington, el presidente de los estudios "Miramax", Harvey Weinstein, decidió archivarla por considerarla "antipatriótica", y los medios de comunicación anglosajones presentaban su estreno como "polémico". El director de la película, el australiano Phillip Noyce, explicó en Hanoi -donde la obra fue estrenada y celebrada como una película occidental rara, por su veracidad y temática- que la mera evocación de un acto terrorista de los que no se suele hablar, entre los muchos perpetrados por la CIA o auspiciados por la Casa Blanca en diversos países del mundo en el último medio siglo, había tenido una hostil recepción durante el pase en Estados Unidos y que los periodistas locales habían estado sondeándole para desenmascarar sus ocultos "sentimientos antiamericanos".
Después de Dien Bien Phu, Ngo Ban, estudió en la academia militar e ingresó, en 1959, en una brigada especializada en la radiación nuclear y la guerra química, creada en previsión de la próxima guerra con los estadounidenses. Los trajes y máscaras especiales utilizados en la brigada, que eran de fabricación soviética, no estaban hechos para el verano local. "En solo una hora, los hombres se deshidrataban", recuerda Ngo Ban. En 1959, los vietnamitas ya se preparaban para lo peor.
Dos años antes, Henry Kissinger, luego Secretario de Estado de Nixon, había escrito un libro en el que se declaraba a favor de la "guerra nuclear limitada" como instrumento de la política exterior de EEUU (en, "Nuclear Weapons and Foreign Policy", 1957). Nixon, que entonces era vicepresidente, había leído y elogiado el libro. El uso del arma nuclear en Asia formaba parte del debate corriente entre militares y políticos en Estados Unidos, especialmente en la hipótesis de una entrada de China en la guerra, lo que explica la prevención vietnamita.
Los documentos que salieron a la luz años más tarde permiten comprobar la presencia del "debate nuclear" sobre el uso de la bomba atómica a lo largo de la guerra, en conversaciones muy útiles para dibujar el perfil moral de sus autores.
El 25 de abril de 1972, siete meses antes de que arrojaran 20.000 toneladas de bombas sobre Hanoi (equivalente a la potencia lanzada sobre Nagasaki), Kissinger y Nixon hablan en el despacho oval:
Nixon: "Tenemos que dejar de pensar en términos de golpes de tres días (contra la zona Hanoi-Haiphong), para pensar en términos de bombardeos de gran escala mantenidos hasta que... bombardeos sin límite, estoy pensando en cosas que van mucho más allá..., en los diques, en los ferrocarriles, por supuesto en los muelles...
Kissinger: ...estoy de acuerdo.
Nixon: ...debemos emplear una fuerza masiva... (...) ¿cuántos matamos en Laos?
Kissinger: En el asunto laosiano matamos unos diez mil, quince mil....
Nixon: Mira, el ataque contra el norte que tenemos en mente.... centrales eléctricas, todo lo que quede, instalaciones de petróleo, los muelles... y sigo pensando que debemos eliminar los diques ya, ¿cuánta gente se ahogará?
Kissinger: Alrededor de doscientas mil personas.
Nixon: No, no, no... antes usaría la bomba atómica, ¿cómo lo ves Henry?
Kissinger: Me parece que eso sería demasiado.
Nixon: ¿Te preocupa la bomba atómica....? Sólo quiero que pienses a lo grande, Henry, por lo clavos de Cristo."
Días después, cuando Nixon ya había aprobado al detalle la estrategia de bombardeos masivos y bloqueo del norte, con la intención de, en sus palabras, "hacer papilla a ese pequeño país de mierda", el Presidente aborda de nuevo a Kissinger:
Nixon: El único punto en el que no estamos de acuerdo es en lo de los bombardeos. Estás condenadamente preocupado por los civiles y a mí, maldita sea lo que me importan, me traen sin cuidado.
Kissinger: Estoy preocupado por los civiles porque no quiero que el mundo se movilice contra ti como carnicero..."
(En, "Secrets", A memoir of Vietnam and the Pentagon Papers, de Daniel Ellsberg, Nueva York, 2002 - Hay edición vietnamita).
Al final, las bombas atómicas no se emplearon en Vietnam y la "Brigada especial" de Ngo Ban no tuvo que emplearse, pero lo que sí sufrió Vietnam fue la guerra química.
