
08-06-2010
Juan Diego García
Rebelión
El frío asesinato de varios de los pacifistas que se dirigían a Gaza con ayuda humanitaria alcanza niveles de escándalo por producirse en aguas internacionales (configurando un acto claro de piratería), implicar a personas de muy diferentes nacionalidades (incluyendo estadounidenses y europeos), un premio Nóbel, escritores, autoridades religiosas y ciudadanos de Turquía, un aliado estratégico del gobierno sionista. Ahora Ankara se ve impelida a distanciarse enfáticamente de Israel, aumentando así el aislamiento regional de Tel Aviv.
Pero la sevicia con la que han actuado los asaltantes (además de los muertos hay desaparecidos, probablemente arrojados al mar), el maltrato a los prisioneros, la arrogancia y el cinismo de las autoridades israelíes son prácticas tan habituales que no sorprenden a nadie; tan habituales como las hipócritas manifestaciones de “pesar” de estadounidenses y europeos. Esta vez sin embargo, el asunto ha ido demasiado lejos y ha provocado el repudio universal. Boicotear los productos israelíes como forma de protesta gana ahora mayor pertinencia, en particular de las mercancías provenientes de las colonias judías, aunque en realidad Israel todo es una colonia inmensa asentada sobre territorio ajeno.
Frente a las tropelías de Israel la “comunidad internacional” siempre ha manifestado “consternación” pero nunca ha detenido las ayudas económicas, militares y diplomáticas ni ha propuesto medidas concretas para hacer que los sionistas cumplan las múltiples resoluciones condenatorias de Naciones Unidas. Un respaldo que se explica básicamente por el papel que Israel juega como defensor en la región de los intereses de esa “comunidad internacional”, es decir, el gran capital de Europa y los Estados Unidos. Israel hace de fuerza de choque, de estado mercenario al servicio de las potencias occidentales en la pugna global por el control militar y político de una amplia franja que se extiende a todo lo largo del mundo musulmán. Desde su misma creación sirve de base de operaciones en la pugna por materias primas (sobre todo petróleo), control de rutas, de mercados y de zonas de influencia. Antes, en el marco de la Guerra Fría Israel sirvió de avanzadilla contra a la Unión Soviética y el nacionalismo árabe; ahora lo hace también frente a Rusia y China, los grandes competidores de Occidente (junto con India) en el escenario asiático. Esta mutua necesidad no significa que Israel condicione o decida la política de los Estados Unidos o de los gobiernos europeos. Israel es tan solo un instrumento que en buena medida debe su origen y permanencia a su rol como gendarme regional. En otras condiciones, muy diferente hubiera sido el nacimiento de Israel y sobre todo el proceso de expansión y consolidación de la estrategia sionista. Y por la misma razón, un panorama internacional menos inestable que a mediano plazo consolide un orden mundial multipolar reducirá la necesidad de Israel y habrá condiciones más favorables para un arreglo del conflicto con los palestinos. El sueño sionista de expulsar a toda la población no judía y expandir el territorio sobre los estados vecinos en la perspectiva del “Gran Israel”, es eso: un sueño irrealizable ante la tozuda e inquebrantable resistencia de los palestinos.
En realidad la única solución verdaderamente democrática – a pesar de las evidentes dificultades que presenta en este momento- es anular la resolución de Naciones Unidas que partió en dos el protectorado inglés en Palestina y dar nacimiento en su lugar a un estado único en el cual predomine la condición de ciudadano sobre cualquier otra de religión o etnia. Un estado que necesariamente se fundamente en principios democráticos y no en hipotéticos e inaceptables derechos divinos sobre el territorio, reñidos con cualquier principio de modernidad. En las actuales circunstancias una solución democrática de este tipo suena a utopía. Sin embargo, es mas realista (vista a mediano plazo) que la fórmula de los “dos estados”, una idea agotada, en parte porque solo la desgastada y desprestigiada Autoridad Nacional Palestina estaría dispuesta a aceptar un estado inviable; en parte porque los dirigentes israelíes mismos no lo creen sinceramente y dejan pasar el tiempo convencidos de que juega en su favor por la dinámica de los hechos cumplidos; y en parte – y esto es lo fundamental- porque el pueblo palestino ha aprendido el valor de la resistencia y no parece dispuesto a resignarse con un estado económicamente inviable, sin soberanía real, convertido en una apéndice menor del estado sionista. Sabedores de la imposibilidad actual de vencer militarmente al sionismo y concientes del papel de Israel en la región, los palestinos resisten en espera de un cambio en la correlación mundial de fuerzas; y si de algo han dado muestras claras es precisamente de su infinita capacidad para sobrevivir en las condiciones más adversas.
Israel tampoco las tiene todas consigo por lo que respecta a su propia población. Si bien por el momento, constituyen una minoría los judíos no sionistas, ellos tienen mucho más futuro por su disposición a convivir pacíficamente con los demás que la población fanatizada, imbuida de racismo y obnubilada por la idea religiosa según la cual aquella es la “tierra prometida” y el suyo, “el pueblo escogido por dios”. Hasta los fervorosos islamistas agrupados en Hamas resultan incomparablemente mejores candidatos para la convivencia que los iluminados del sionismo. Aunque no en sus mismos términos, la experiencia de Líbano puede servir de referente. Hezbolá ha demostrado que cristianos y musulmanes pueden compartir la misma patria; y hasta en el Irán de los Ayatolas (con todas las reservas que genere el chiísmo) la comunidad hebrea goza de plena libertad y no es objeto de persecución alguna. Hasta tienen una representación fija en el parlamento.
Argumentar que no es posible la pacífica coexistencia entre árabes y judíos en el fondo solo persigue justificar la división. Por supuesto que hay riesgos de choques y enfrentamientos. Pero los riesgos son aún mayores si se establece algún tipo de segregación, de apartheid, y más aún si ésta va acompañada de la expropiación violenta, la limpieza étnica, la persecución y la constitución de una entidad política formalmente democrática pero profundamente racista. Una entidad presentada como “laica” pero que funciona objetivamente como una teocracia militarizada.
Frente al puerto a donde han sido llevados los activistas de la Flotilla de la Libertad se apostaron algunos cientos de sionistas a vitorear a sus soldados por la “hazaña” realizada. Y se sabe que la mayoría de los israelíes apoyan la agresión. Pero por las calles de algunas ciudades de Israel comunistas y pacifistas también han desfilado rechazando la agresión y en la multitudinaria manifestación de protesta en Paris destacaba la pancarta solidaria con la causa palestina de la asociación francesa de judíos no sionistas. Dos organizaciones judías del Alemania y Reino Unido han decidido fletar nuevas caravanas de solidaridad y según algunas informaciones de prensa en la misma Flotilla de la Libertad viajó una pasajera muy especial, Heidy Epstein de 85 años, judía y sobreviviente del Holocausto quien con su gesto quería manifestar su solidaridad con otros seres humanos -los de Gaza- que como ella antes, sufren ahora la inhumana experiencia del campo de concentración.
El ataque se produce en un contexto muy particular. No cabe imaginarse que ha sido simplemente un error. No, después de las declaraciones de las principales autoridades del país. Es obvio que con el brutal ataque se propicia un golpe contundente a las reiniciadas negociaciones con los palestinos. Si ya estaban lastradas en extremo por el mantenimiento de la política de asentamientos, ahora lo están mucho más. Es igualmente un nuevo desafío al ocupante de la Casa Blanca y cualquiera puede adivinar la larga mano de los sectores más belicosos de los Estados Unidos- verdaderos protagonistas en el asunto y valedores permanentes de Israel- que buscan dinamitar cualquier asomo de soluciones.
Considerando estos factores no resulta descabellado asociar este incidente con otros similares como el hundimiento de un buque de guerra surcoreano (presuntamente por Corea del Norte), un asunto rodeado de tantas incógnitas que Rusia y China descartan los resultados de la supuesta investigación que involucra a Kim Yon-Il. Se busca evidentemente atar aún más al señor Obama al carro de la guerra que Bush impulsó con tanto entusiasmo como torpeza, sobre todo ahora, cuando el nuevo inquilino de la Casa Blanca a bombo y platillo anuncia una nueva política exterior que supuestamente entierra la llamada “guerra contra el terror” y promete acatar la legislación internacional. Al parecer, los “halcones” y el gran capital que los sustenta no se dan por satisfechos con la intensificación de la guerra en Asia y con el incumplimiento de la Casa Blanca de tantas promesas de paz y de respeto a las leyes internacionales. Quieren más; buscan legitimar la agresión militar contra Irán como paso previo a un conflicto de mayores dimensiones.
El sionismo encaja entonces a la perfección en la estrategia de la guerra infinita que reporta tantos beneficios a quienes la propician. La desfachatez, la soberbia, la arrogancia, el desprecio sin límites de las normas internacionales y de los principios humanitarios más elementales por parte de las autoridades israelíes - absolutamente indiferentes ante la condena mundial por sus fechorías – no se produce por torpeza ni resulta de una especie de confusión mental transitoria que disminuya su responsabilidad. Todo está fríamente calculado y obedece a las decisiones de los estrategas del terror desde Washington. Tel Aviv solo ejecuta. Netanyahu no movería un dedo sin la aquiescencia de quienes en realidad mandan en los Estados Unidos de América (y que no residen precisamente en la Casa Blanca).
El futuro inmediato está plagado de sombras a la vista de los acontecimientos. En particular para el pueblo palestino, víctima primera de la estrategia imperialista en la zona. Tampoco será cómodo para los judíos, creyentes o no, que no tienen el alma envenenada con los cantos de guerra del sionismo y antes que judíos se sienten seres humanos, solidarios con sus vecinos palestinos sometidos a las humillaciones cotidianas del ocupante. Desde esta perspectiva, el ataque a la Flotilla de la Libertad adquiere una enorme gravedad porque constituye un paso más en la ruta que conduce a un conflicto generalizado de incalculables consecuencias. Se trata de extender la guerra a Siria, Líbano e Irán, como objetivos inmediatos para afianzar la futura guerra contra Rusia y China, sobre todo contra esta última que se ha convertido en el mayor dolor de cabeza para los estrategas del “siglo americano”.
martes, 8 de junio de 2010
La estrategia del terror
sábado, 29 de mayo de 2010
Colombia: Dos caras de la misma moneda

Juan Diego García
viernes 28 de mayo de 2010
(especial para ARGENPRESS.info)
Todo indica que en las elecciones a celebrarse el próximo domingo en Colombia la presidencia se disputará entre dos candidatos, Santos y Mockus, aunque probablemente ninguno tendrá mayoría absoluta y será necesaria una segunda vuelta.
Todos los candidatos -a excepción del centro-izquierdista Petro- se declaran herederos del legado de Uribe Vélez por lo que hace al manejo de la economía nacional (agudamente neoliberal), la solución militar del conflicto armado y las relaciones exteriores de un alineamiento claro con Washington. Las diferencias efectivas son más bien de matices en torno a cuestiones retóricas de la ética política, en particular por parte de Mockus que se presenta como el adalid de la decencia y la honradez frente a los políticos tradicionales que la opinión pública asocia con la corrupción. El gobierno de los Estados Unidos confía en un entendimiento armonioso con el ganador, sea el anterior ministro de la defensa; sea el dos veces alcalde de la capital.
Si Santos resulta vencedor contaría con una bancada mayoritaria en congreso y senado; Mockus, por el contrario, carece de ese respaldo y se vería obligado a permanentes negociaciones con un poder efectivo que puede fácilmente convertir en nada sus promesas de combatir la corrupción y sanear la política.
Mantener la estrategia del Plan Colombia tampoco está exento de grandes dificultades con independencia de quien resulte ganador. Santos está lastrado por la guerra sucia, de la cual es el principal responsable después del mismo Uribe Vélez. A la orden de captura emitida contra él por un juez ecuatoriano por el bombardeo ilegal a su país se une la acusación al gobierno como violador de derechos humanos por parte de destacadas instituciones nacionales e internacionales, incluida la misma Organización de Naciones Unidas. Su mayor dificultad será intentar revertir esas prácticas desde el mismo estado que las ha promovido. Sobre los grupos paramilitares el control siempre ha sido escaso y los militares ya han hecho saber con toda rotundidad que no están dispuestos a pagar los platos rotos y exigen el llamado fuero militar que en la práctica no es otra cosa que asegurarse total impunidad. La actual estrategia contrainsurgente difícilmente admite correcciones importantes; su éxito depende entra otras de prácticas como el desplazamiento masivo de población (quitar el agua al pez), el terror sistemático y la eliminación física de los apoyos sociales a la insurgencia, es decir, las políticas de tierra arrasada, de “quemarlo todo, destruirlo todo”. Se asume el alto coste político (nacional e internacional) que eso conlleva y los “excesos” se justifican por los exitosos resultados que se esperan.
Tampoco son halagüeñas las perspectivas de ayuda militar estadounidense a juzgar por la propuesta de Obama de terminar con la “guerra contra el terror” que heredó de Bush. En realidad, ni los Estados Unidos ni menos Colombia parecen en condiciones de mantener el actual esfuerzo bélico. Las arcas están agotadas y la estrategia militar, fracasada, tanto aquí como en las guerras en Asia. Aún es pronto sin embargo para saber con exactitud cómo va a afectar esa nueva estrategia de Washington al compromiso con Bogotá, y sobre todo, si el Pentágono y el poderoso complejo militar-industrial no van a dejar en pura retórica esta reforma, al igual que ha ocurrido con las otras promesas del inquilino de la Casa Blanca.
El mantenimiento efectivo de la “guerra contra el terror” afectaría igualmente a Mockus, con el agravante de la manifiesta incompatibilidad de su discurso con las prácticas de las fuerzas armadas. La vieja costumbre de que “se obedece pero no se cumple” convertiría en una farsa un discurso del candidato del Partido Verde que proclama que “la vida es sagrada”. Si la nueva política exterior de Obama realmente representa un cambio Mockus tendría un margen mayor por el respaldo de Washington pero se enfrentaría a la resistencia tenaz de las fuerzas armadas y de policía.
Nada indica entonces que haya iniciativas esperanzadoras en relación a la guerra que vive Colombia desde hace más de medio siglo. Y como no es previsible una derrota de las guerrillas, ni se vislumbra la intención de iniciar un proceso de paz, la perspectiva inmediata no es otra que la continuación del conflicto.
La lucha contra la corrupción es sin duda otro de los grandes escollos para el próximo presidente, en particular si gana Mockus que se presenta como el adalid de la honradez y el modelo del manejo correcto del erario público. Santos no tendrá ciertamente mucho interés en combatir las prácticas del manejo indebido de los dineros públicos que han sido tan comunes en un gobierno del que él ha sido pieza fundamental; Mockus por su parte no ha explicado cómo piensa desmontar ese gigantesco entramado que convierte las instituciones y los partidos en verdaderas cuevas de Alí Babá. Mockus ha explicado muy poco de su programa; en realidad no ha explicado nada, más allá de abundar en un discurso lleno de buenos propósitos morales, muy útil electoralmente en un país hastiado de violencia, corrupción y descomposición social. En el fondo, Mockus sería tan solo el uribismo decente, algo que resulta casi imposible para unas fuerzas armadas acostumbradas a los privilegios y la impunidad, para el entramado burocrático y político sustentado en la corrupción y para las bases sociales del paramilitarismo (ganaderos, comerciantes, multinacionales), incrustados fuertemente en la sociedad y nada dispuestos a renunciar al retorcimiento de la ley o a la abierta violación de la misma.
No deja de sorprender que un candidato proponga con bastante éxito la honradez y el cumplimiento de la ley como su bandera principal. Mucha debe ser la descomposición social, mucha la corrupción y el deterioro de la moral pública en el país para que algo que se debería suponer en cada candidato se convierta en una oferta al electorado.
El manejo del problema paramilitar por parte de los candidatos tampoco llama al optimismo. Santos no mostró mayor interés en combatirlos mientras fue ministro de defensa y apenas se pronuncia sobre el tema. Entre otras razones porque su gobierno ha decretado oficialmente la inexistencia del fenómeno. Como presidente tendría al menos dos alternativas; o seguir utilizando a los paramilitares en la guerra sucia como se ha hecho hasta ahora, o por razones de conveniencia aniquilarlos como ya se hizo con los llamados bandoleros fruto de la violencia liberal-conservadora de los años 50. Primero se los utilizó y luego se los exterminó cuando ya eran un estorbo. Mockus parece asumir la versión oficial según la cual el paramilitarismo habría desaparecido fruto de la ley de “justicia y paz”.
Las autoridades anuncian alborozadas que en esta ocasión es posible que la participación ronde el 50% del censo electoral. Lo entienden como un record (en un país de abstención masiva y permanente desde hace al menos medio siglo) ignorando a propósito la enorme falta de legitimidad que supone para el sistema político. Ante la falta real de alternativas, frente a dos candidatos que en el fondo son las dos caras de la misma moneda, seguramente se mantendrá la abstención de las mayorías y se producirá el crecimiento de los votos en blanco, una opción que esta vez parece ganar muchos adeptos, como una forma de protesta ciudadana y de dar la espalda a un sistema que no muestra la menor señal de querer resolver los problemas del país.
sábado, 17 de octubre de 2009
La batalla de honduras

16 de octubre de 2009
Juan Diego García
Independientemente del mayor o menor compromiso de la Casa Blanca en el golpe de Honduras lo cierto es que de sus ambiguas condenas iniciales se ha pasado al intento de consolidarlo mediante cambios cosméticos que lo armonicen mejor con la estrategia general destinada a detener el movimiento popular y nacionalista en el continente.
Washington hubiese preferido un golpe menos torpe que no les pusiera en evidencia, pero ya producido el estropicio, consideraciones mayores aconsejan buscarle una salida a los golpistas y recuperar Honduras rompiendo por el eslabón más débil la cadena de gobiernos que promueven la integración regional, y de forma prioritaria aquellos que se agrupan en la Alianza Bolivariana para las Américas (ALBA).
La forma como se realiza el golpe (más que el golpe mismo) contraría al gobierno de Obama porque empaña la prometida imagen de una nueva época en las relaciones de los Estados Unidos con Latinoamérica. Sin embargo, dados los intereses en juego, algo semejante sucedería tarde o temprano si bien hubiese sido preferible con un contraste menos alejado del discurso oficial. En última instancia, para la Casa Blanca siempre será preferible un gobierno de orígenes espurios pero leal, que permitir que en Honduras se produjesen cambios similares a los de Venezuela, Ecuador o Bolivia, es decir, el surgimiento de nuevas relaciones institucionales como resultado de una nueva constitución, con un destacado protagonismo de los sectores populares y el retroceso de sus eternos aliados, la burguesía criolla. Con un marco institucional progresista se avanzaría notoriamente en el combate real contra la pobreza y sobre todo se recuperaría el control nacional sobre los recursos naturales, en poder de las voraces compañías transnacionales. Y aunque en Honduras no está en juego ciertamente el control de algún recurso clave, existen motivos de geoestrategia que imponen tal intervención.
Por este motivo Obama no acompaña su retórica de defensa de la democracia en Honduras con medidas efectivas que obliguen a los golpistas a una salida pactada; ni siquiera en los términos muy desventajosos del llamado Consenso de San José, una fórmula tramposa preparada por la secretaria Clinton y el presidente Arias para sacar del golpe todas las ventajas al menor precio posible. Según este acuerdo, se entrega un poder simbólico a Zelaya, se constituye un “gobierno de coalición”, se descarta la reforma de la constitución y se celebran unas elecciones generales manipuladas que asegurarían en la práctica la continuidad del régimen de facto. Como complemento, la derecha más cerril desarrolla una febril campaña de apoyo directo o solapado a Micheletti y su pandilla. Todos a una, legisladores, creadores de opinión y medios de comunicación como The Washington Post y sus afines en todo el continente -propiedad casi todos de la oligarquía criolla o directamente en manos de grandes consorcios internacionales- se afanan por justificar la necesidad del golpe. Hasta el trío siniestro de los legisladores cubano-americanos de Miami se desplaza a Tegucigalpa a dar respaldar al gobierno de facto y Uribe Vélez, que condena a los golpistas en la OEA, los recibe discretamente en Bogotá y les promete pleno apoyo. Todos al unísono, en público o en privado, saludan la vuelta a los “viejos tiempos” de los golpes de estado por lo útiles que resultan a sus intereses como instrumentos frente el populismo amenazador.
Pero hasta hoy han sido vanos los esfuerzos por convencer a los golpistas de la necesidad de buscar una salida que permita alcanzar sus mismos objetivos dando al proceso una imagen de legalidad. El gobierno de facto no da su brazo a torcer. Micheletti insiste en los peligros que supone otorgar espacios, así sean mínimos, al presidente Zelaya y al movimiento popular que lo respalda. Su estrategia consiste en dejar pasar el tiempo y convocar en noviembre unas elecciones que le permitan el “regreso pleno a la normalidad democrática”. Con el tiempo espera que disminuya la oposición internacional mientras una feroz represión permitirá mantener internamente todo bajo control.
Los Estados Unidos aprovechan el golpe para recuperar la iniciativa que los continuados triunfos populares le han arrebatado. La coyuntura le permite además calibrar la fortaleza del movimiento de integración que ha sido una respuesta hasta hoy muy exitosa de los países de la región a los tratados de libre comercio auspiciados por Washington y la Unión Europea (ALCA). Se trata de golpear en primer lugar el ALBA que encabeza Venezuela pero también es un mensaje para Brasil que se destaca como un factor clave en la región y constituye el principal obstáculo a la nueva expansión colonial de los Estados Unidos en el continente. No por azar el gran coloso suramericano condena sin paliativos a los golpistas y exige el retorno inmediato a la legalidad.
Como no podía ser de otra manera, Obama responde en casa ante las exigencias de los grupos de presión que son los que realmente deciden. Ellos lo han elegido y a ellos se debe. La gran banca, el sistema financiero, el complejo militar industrial (entre los más destacables) pueden admitir cambios retóricos en el discurso oficial y hasta ciertos matices nuevos en la política exterior de los Estados Unidos pero jamás van a consentir que se pongan en riesgo los llamados “intereses nacionales”, menos áun cuando se trata de un pequeño y pobre país de Centroamérica que ha sido siempre una base segura para sus políticas contrainsurgentes en el área.
Pero los costes de esta operación ya son muy altos tanto para los Estados Unidos como para la oligarquía criolla pues aunque han conseguido detener momentaneamente el proceso de cambios en Honduras, el método empleado deteriora gravemente la idea de la democracia representativa como el instrumento idóneo para satisfacer los anhelos populares y las reivindicaciones nacionales por medios pacíficos. Seguramente los estrategas de la derecha dan poco valor a la legitimidad y confían más en la fuerza y en la lealtad de los militares. De hecho, siempre consiguieron ahogar en sangre los procesos de reforma mediante regímenes de terror que luego desmantelan cuando ya han cumplido su papel, para permitir entonces el regreso a esa democracia formal y en extremo limitada tan típica del continente. Pero el retorno a la democracia política acompañado del modelo económico neoliberal han supuesto un exagerado aumento de la pobreza y el descontento y una crisis profunda del sistema político. Ese vacío lo han llenado nuevas formas de movilización política y social y organizaciones que moviéndose dentro de la misma legalidad vigente derrotan en las urnas a las clases dominantes tradicionales.
Es así como han llegado al gobierno nuevos colectivos, contrarios a los grupos tradicionales de poder y opuestos al dominio insultante de los Estados Unidos. Y Honduras no es ajena a este proceso; Manuel Zelaya, él mismo hijo de esa elite pero con vocación reformadora, decidió modernizar el país y cumplir las promesas electorales, alcanzando entonces un amplio apoyo popular. Era inevitable la respuesta de las minorías afectadas de dentro y fuera del país. Este es el transfondo real de los acontecimientos y no la supuesta intención de Zelaya de perpetuarse en el poder, como falsamente propalaron los medios de comunicación. Frente a los golpistas y sus aliados el Frente Nacional contra el Golpe - la Resistencia - mantiene sus tres exigencias fundamentales: regreso sin condiciones de Manuel Zelaya al poder, castigo a los responsables del golpe e inicio de un proceso constituyente que someta a la decisión ciudadana una nueva constitución para Honduras.
El gobierno de facto se sostiene básicamente en el apoyo de las fuerzas armadas. Carentes de toda legitimidad tan solo les queda el recurso de la violencia. Si como ocurrió en Venezuela, una parte decisiva de las tropas se pusiera del lado de la legalidad, Micheletti duraría muy poco en el gobierno; nada sugiere sin embargo que esta sea la vía de solución del problema. Al menos que se sepa.
Mucho se juega en esta batalla. Una victoria popular en el pequeño país centroamericano supondría una derrota de gran trascendencia para la estrategia de la derecha del continente, algo que ni la oligarquía criolla ni la Casa Blanca se pueden permitir. La lucha de desarrolla ahora en las calles con la movilización popular y en la mesa de negociaciones. Si la primera se mantiene y la segunda da un vuelco positivo, sería posible un proceso electoral limpio en el cual el movimiento popular recuperaría el gobierno, dando curso nuevamente al proceso de reformas. Pero si el golpe se consolida necesitará una represión feroz para mantenerse y el camino a levantamientos violentos de la población estaría abierto. Los tambores de guerra en la región dejarían de ser meras conjeturas.
