martes, 8 de junio de 2010

Las perspectivas de la economía y la banca islámicas


8 de junio de 2010
Vlad Grinkévich (RIA NOVOSTI)

En los últimos tiempos la comunidad empresarial está siguiendo con interés el nuevo y sorprendente fenómeno de la economía islámica.

Los círculos empresariales y, en primer lugar, las entidades financieras de los países islámicos experimentan un crecimiento no sólo en los mercados orientales, sino también en el europeo y el estadounidense. Los partidarios de la economía islámica explican estos avances por la flexibilidad y el carácter innovador de la banca islámica, sin olvidar el hecho de que sus bancos se hayan demostrado ser totalmente inmunes a la crisis económica global.

Las perspectivas de desarrollo del sistema financiero islámico en Rusia y en el mundo se abordaron en el foro internacional "Las finanzas y las inversiones islámicas", celebrado en Moscú entre el 26 y el 27 de mayo.

En la actualidad, en el mundo operan cerca de 600 estructuras comerciales que siguen los principios de la economía islámica, explicó durante la inauguración del foro Mushtak Parker, editor de la revista londinense Islamic Banker. Este sistema financiero mueve entre 750.000 millones y 12 billones de dólares, controlando hasta el 5% de la economía mundial, según diferentes estimaciones.

Los mercados más grandes para las finanzas islámicas son Arabia Saudita y Malasia. Muchos bancos europeos y estadounidenses optan por abrir sucursales "islámicas" no sólo en los países árabes, sino también en Europa y Estados Unidos.

Para entender las razones de semejante éxito no estaría demás aclarar los conceptos de "economía islámica" y de "finanzas islámicas". Se denomina "islámica" a aquella economía que sigue las normas de la sharía. Según precisó el Presidente del Comité Islámico de Rusia, Gueydar Dzhemal, "el principio fundamental es la prohibición de jugar con el tiempo". Lo cual parece responder a la lógica de evitar cualquier previsión hacia el futuro, ya que entraría en contradicción con el postulado de que "todo se somete a la voluntad de Alá". Se renuncia así, por ejemplo, a los contratos de futuros.

Otra característica importante que está directamente relacionada con las finanzas, es la prohibición de cobrar intereses. Es por ello por lo que los bancos, que se posicionan como islámicos, conceden préstamos sin intereses.

Merece la pena señalar que el problema de la usura ha ocupado a muchos pensadores desde la Antigüedad; y no sólo en Oriente. En la tradición clásica (en definitiva, la europea), con toda su orientación hacia el mercado y la propiedad privada, la obtención de intereses bancarios era considerada como uno de los problemas de la economía de mercado, ya que se veía en ella la expresión de una contradicción entre la economía real y la especulación financiera.

En su libro sobre la naturaleza, Aristóteles manifiesta sin tapujos su desprecio por los usureros -el más indigno de entre todos los oficios- por estimar que usan del dinero para un fin que no es el natural, es decir, para el intercambio de bienes, sino que hacen surgir el dinero del mismo dinero.

En Oriente no se llevó a cabo una racionalización semejante a la de Occidente, limitándose allí a considerar como tabú aquellos fenómenos vistos como perniciosos para la vida social. En Oriente Próximo, además, donde la economía dependía fuertemente del comercio, la usura era un problema muy importante. Los intereses de los banqueros eran tan elevados que el prestatario necesitaba a veces toda su vida para devolver el préstamo.

Pero, como ocurre frecuentemente, el tabú suele crear fórmulas y escapatorias al mismo. En la Edad Media, por ejemplo, en los países islámicos era habitual la siguiente práctica: el usurero concedía al prestatario un crédito sin intereses, pero éste se comprometía "voluntariamente" a "agradecer" al banquero en el momento de devolver el principal del crédito al vencimiento de éste (esta fórmula de "agradecimiento" podía ser objeto de un contrato separado).

En otras palabras, se comprometía a pagarle una determinada suma de dinero, aparte de la que había recibido como préstamo. De este modo ¡se eliminaba el problema de los intereses! Los arabistas de nuestro país confirman que este esquema se practicaba todavía en los años 80 del siglo pasado.

Pero el progreso avanza, y los instrumentos a disposición del banquero islámico se han hecho más perfectos y variados, y, en general, pueden considerarse como intentos de islamizar los términos y productos de la economía occidental. Son fundamentales, así, fórmulas como la mudaraba (que se podría definir como financiación fiduciaria), en la cual el banco invierte dinero en un determinado proyecto, asumiendo todos los riesgos el dueño del capital.

Todavía más extendida está la llamada musharaka (semejante a una comunidad de bienes). En este caso, dos o más empresas realizan aportaciones a un proyecto común y crean una nueva compañía cuya propiedad se divide en cuotas participativas. Los beneficios se reparten de acuerdo con lo dispuesto en el acuerdo fundacional, mientras que las pérdidas se reparten de acuerdo con el capital invertido.

Los bancos islámicos ofrecen también créditos al consumo, por supuesto, también sin intereses. Estos créditos se conocen como murabaha y funcionan del siguiente modo: supongamos que un cliente necesita comprar un frigorífico por mil rublos y acude a un banco, porque no dispone de dinero en efectivo. Los bancos habituales le prestarán la suma solicitada y le cobrarán, por ejemplo, el 10% en concepto de intereses. Al vencimiento, por ejemplo, al cabo de un año, deberá devolver al banco 1.100 rublos.

El banco islámico, sin embargo, no da dinero para comprar el frigorífico, sino que lo compra por sí mismo, revendiéndolo acto seguido al cliente, pero permitiéndole aplazar el pago un año. No le cobrará intereses, pues, pero al cabo del año el cliente deberá devolver no mil rublos sino 1.100.

Es posible que las instituciones crediticias islámicas sean capaces de funcionar efectivamente de un modo muy flexible. Sin embargo, muchos expertos señalan el hecho de que la ausencia en su arsenal de productos como los futuros o los fondos de alto riesgo (hedge funds) haga difícil que puedan competir con la banca clásica.

Esto podría explicar que incluso en los países como Arabia Saudita, donde rige la sharía, la llamada economía islámica es relativamente pequeña. En Brunéi, donde las instituciones financieras islámicas son las más importantes, no representan más del 40% del mercado.

¿Cómo explicar, pues, el éxito de esta "economía islámica" y su capacidad de resistencia en el contexto de la crisis mundial?

Hasta comienzos de la década de los 70, nadie hablaba de algo parecido a la "economía islámica". El país más avanzado de la región era, quizá, Egipto, cuyo desarrollo dependía en buena medida de la ayuda de la URSS. Y, con todo, para los estándares contemporáneos, la economía egipcia era muy débil y atrasada.

La situación cambió radicalmente debido la coincidencia de dos sucesos: la nacionalización de la industria petrolera en la península arábiga y la guerra árabe-israelí de 1973, que provocó un alza desmesurada de los precios del petróleo.

Los "manantiales de oro negro" que brotaban de las arenas del desierto de Arabia se convirtieron en una lluvia de petrodólares, gracias a los cuales los especialistas occidentales fueron capaces de transformar a las atrasadas monarquías de la zona en una vitrina de las posibilidades de la tecnología y la civilización occidentales.

Y todo ello en un lugar del Oriente por completo alejado de todo esto y, hasta hacía muy poco tiempo, dejado de la mano de Dios. En poco tiempo, cientos de millones de esos petrodólares empezaron a aparecer en los bancos europeos y a invertirse en las empresas occidentales y en las áreas comerciales.

Más tarde, la euforia generada por los ingresos petroleros dio vida a la idea de crear un sistema financiero especial, el islámico. Desde el principio, este proyecto era puramente político: los líderes de Arabia Saudita y varios otros Estados "petroleros" llegaron a la conclusión de que los miles de millones, invertidos en difundir por el mundo estas ideas ligadas al Islam, acabarían rentabilizándose.

Algunos expertos independientes coinciden en que tanto las atractivas condiciones de financiación como la estabilidad de los bancos islámicos en la época de crisis son sufragadas por los petrodólares de las monarquías de la región.

Merece la pena recordar otro factor que explica su éxito. Leonid Vasiliev, famoso orientalista, Doctor en Historia, Catedrático de Historia Universal y Nacional en la Escuela Superior de Economía, señala la estrecha unión de tres tipos de relaciones - estatales, de clan (clientelares y de patronazgo) y de mercado - propia de las economías islámicas tradicionales.

Suele observarse una subordinación de las relaciones de mercado a las primeras dos, siendo la escasa transparencia el rasgo característico de estos esquemas. Esta es, quizá, la razón de las estimaciones tan dispares del volumen de negocios, operados por el sistema financiero islámico.

Parece más que evidente que lo arriba expuesto se diferencia de la tradición europea, que aboga por una economía transparente y competitiva y unas reglas de juego precisas e iguales para todos. Quizá menos evidente, pero no por ello menos importante es la tesis de que el que juegue limpio en mismo terreno de juego acabará perdiendo frente al que siga sus propios cánones, sólo comprensibles para él mismo. La pregunta es entonces: ¿merece la pena en este caso adoptar las reglas ajenas?

1 comentario:

Anónimo dijo...

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