sábado, 3 de octubre de 2009

Comentario de Cuarenta hadices -XXXVI


Sharhe Chehel Hadiz
Imam Jomeiní


Traducción de Raúl González Bórnez

Quinto hadíz
Envidia (Hasad)-IV
Las raíces de la corrupción moral


Hemos mencionado anteriormente que la fe, que es el placer del corazón, es algo diferente al conocimiento, que es el placer de la mente. Todos los vicios morales y comportamientos pecaminosos se deben a que el corazón no conoce lo que es la fe. Y aquello que la razón ha percibido o que ha llegado a ella a través del mensaje de los profetas divinos, no ha llegado a su corazón y su alma lo ignora.

Uno de los conocimientos que tanto los filósofos como los teólogos o el común de las gentes practicantes confirman y del que no existe posibilidad de dudar es que aquello que ha venido a la existencia por decreto de la poderosa pluma de Quien todo lo sabe, ensalzada sea Su majestad, desde el punto de vista de su existencia y perfecciones y de la amplia merced y distribución de los medios necesarios para la vida, posee el mejor diseño y la más hermosa perfección y se corresponde con los intereses plenos de las criaturas y representa el sistema más perfecto que es posible imaginar.
Por ello, todo el mundo, cada uno en su propia lengua y utilizando las expresiones particulares del arte que domina, ha expresado esta sutileza divina y esta sabiduría perfecta.
El gnóstico dice: La perfecta belleza de la sombra resulta de la perfecta belleza del Absoluto.
El filósofo dice: El mundo de la creación se corresponde perfectamente con el mundo del conocimiento, libre de cualquier carencia o imperfección. Aquello que puede parecer imperfecto en las cosas concretas no es más que el medio de hacer llegar a los seres existentes al grado de perfección que les corresponde.[1]
El teólogo y el jurisprudente dicen: Los actos del Sabio Supremo están llenos de sabiduría y perfección y la limitada inteligencia de los seres humanos es incapaz de comprender la superior perfección intrínseca en las disposiciones divinas.[2]

Es éste un asunto del que todos han hablado y cada uno, según su conocimiento e inteligencia, ha aportado sus demostraciones y argumentos. Pero, mientras no ha traspasado los límites de aquello que se dice y no ha alcanzado el nivel del corazón y del estado interior, se pueden escuchar opiniones que disientes de lo dicho y aquel que no disfruta del privilegio la fe, con su propia lengua desmiente sus propias palabras y argumentos.
En este terreno también se manifiestan los defectos morales: quien es envidioso y desearía que cesaran las mercedes que otros disfrutan, odiando a quien disfruta de ellas, debe saber que no tiene fe en que es la Verdad Altísima, en Su absoluta bondad, quien le ha otorgado esas mercedes de las que disfruta y que es nuestro limitado conocimiento quien no alcanza a comprenderlo. Y debe saber que no tiene fe en la justicia divina y no conoce la justeza con que Él reparte.
Cuando estudias los principio de la doctrina, dices que Dios es justo, pero no son más que palabras que salen de tu boca. Creer en Su justicia y ser envidioso son dos cosas que se contradicen. Si consideras que Dios es justo debes saber que la manera en que Él reparte Sus mercedes es justa también.
Tal y como leemos en el noble hadíz, Dios Altísimo dice: El envidioso no acepta la manera en la que Yo he repartido Mis mercedes entre los siervos y está disgustado con Mis favores.
El corazón se rinde de manera natural ante un reparto justo y se revela y rechaza instintivamente la opresión y la compulsión. En la naturaleza innata de la que Dios ha dotado a Sus criaturas está el amor por la justicia y el sometimiento natural ante ella y el odio a la injusticia y la rebelión ante ella. Cuando vemos que alguien se comporta de otra manera debes saber que se debe a que parte de premisas equivocadas. Cuando alguien se disgusta de las mercedes que recibe y de la porción que le corresponde, es porque no lo considera justo, sino, me refugio en Dios, por considerarlo injusto. No es que considere que la parte que le ha correspondido se justa pero no se conforme con ella. No es que considere que el plan divino es un sistema perfecto y absolutamente bueno pero aun así no se sienta satisfecho con la parte que le corresponde.
Lo que sucede es que nuestra fe es incompleta y los razonamientos intelectuales y lo que somos capaces de percibir con la mente no ha entrado en nuestro corazón. La fe no tiene nada que ver con decir y escuchar y leer y debatir y dimes y diretes. La fe requiere de una intención pura. Quien busca Dios Le encuentra. Quien desea el conocimiento espiritual lo busca.
Y quien estuvo ciego en esta vida estará ciego en la Otra y aún más alejado del camino.[3]

A quien Dios no le proporciona luz no dispone de luz alguna.[4]

[1] Cfr. Mulá Sadrá, Los cuatro viajes espirituales, t. VII, p. 55-105. Tercer viaje. Octava parada. Parte segunda.
[2] Cfr. Kash al-Murád fi sharh-e tachrid al-‘eteqád, p. 234, cap. 3, apartado 2.
[3] Sagrado Corán, 17:72
[4] Sagrado Corán, 24:40

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