sábado, 2 de enero de 2010

Gripe A, Internet nos vacuna contra la estupidez


02-01-2010

Juanlu González
Rebelión

Si exceptuamos los intentos de generación de consenso previos a la II Guerra del Golfo, el caso de la Gripe A bien podría considerarse como la primera gran victoria de la información a través de Internet frente a la proporcionada por Estados y medios de comunicación de masas en todo el mundo.

A pesar del apoyo artillero de la teología científica y del bombardeo mediático apoyado por los próceres mundiales responsables de nuestro bienestar, lo cierto es que sobran millones y millones de vacunas que van a pudrirse en los almacenes de los ministerios de sanidad de todo el mundo. Sólo en nuestro país se compraron 37 millones de dosis para vacunar al 40% de la población considerada dentro de algún grupo de riesgo. 300 millones de euros tirados prácticamente a la basura que han pasado de la mano de los contribuyentes al de las farmacéuticas.
A estas alturas en el Estado español sólo se ha vacunado alrededor del 15% de lo inicialmente previsto usando para ello el 7,5% de las dosis disponibles, ya que inicialmente las autoridades sanitarias consideraron que con una vacuna sólo no se conseguiría la plena inmunidad. Los responsables políticos ya cuentan por decenas de millones las unidades sobrantes y se las ingenian para ver qué hacen con ellas. Se aferran a cláusulas contractuales para ver si se las pueden devolver a los laboratorios, tratan de venderlas a países en desarrollo o incluso de regalarlas. Por si pueden maquillar las cifras, alertan de una nueva oleada de gripe a principios del año que viene e incluso de nuevas y gravísimas mutaciones, a ver si así se van animando los remolones, pero es improbable que se llegue a consumir ni siquiera un cuarto de lo inicialmente planificado. Por otro lado, en algunos lugares comienzan a pensar en ampliar los destinatarios de las vacunas.
Mucho bien pensante todavía es de la opinión de que nuestros Estados garantes y benefactores han procurado cuidarnos lo mejor posible y para ello no han escatimado ni esfuerzos ni en educación social para que todos y todas sepamos actuar para prevenir los contagios. Sin ir más lejos en mi centro de trabajo han instalado por prescripción facultativa varios apestosos dosificadores de un mejunje alcohólico antiséptico y han repartido propaganda para mantener alejados los virus de las oficinas. Todo según el guión establecido. Esa situación se ha repetido a millares por toda la geografía nacional. Sin embargo, esos mismos buenistas, cuando se les ha pedido que se inyecten en su cuerpo la vacuna, han preferido no hacerlo aún sabiendo que su vida podría estar en peligro.
¿Qué ha pasado, pues? ¿Por qué la mayoría de la gente ha optado por obviar las recomendaciones sanitarias y toda la propaganda mediática? Son varios los factores que han contribuido a ello:
La información oficial ni si quiera ha logrado convencer al sector sanitario. Los especialistas saben que la vacuna no está suficientemente probada y que sus efectos secundarios podrían ser peores que los de la propia gripe. Sin la ejemplarización de la comunidad sanitaria, ¿cómo pretenden que el pueblo llano acceda a hacer de cobaya?
El caso de la monja médica y su vídeo distribuido a través de internet en el que explicaba la pandemia fue bastante revelador entre la población de habla hispana. La furibunda reacción de El País tratando de ridiculizarla y su posterior marcha atrás por causa de la reacción de los lectores contribuyeron a multiplicar los impactos de su mensaje de escepticismo.
La confusión con el tipo de vacunas y sus adyuvantes ha logrado sembrar más ruido entre la población. Al final lo que ha trascendido es que había una vacuna segura para las autoridades y otra insegura para el resto de los mortales que podía tener más efectos secundarios. En algunos Estados, parece que hasta 3: las mujeres embarazadas recibirían otro preparado diferente dado el riesgo de su estado físico. ¿Quién querría ponerse la peor de todas?
El caso de Cuba, aunque no muy conocido entre la opinión pública, ha sido realmente espectacular. El que un país reconocido internacionalmente por su sistema sanitario decida no jugar al juego de las multinacionales farmacéuticas ha podido tener cierta repercusión por sus resultados satisfactorios.
Los sucesos de partidas de vacunas contaminadas o de intoxicaciones masivas graves conocidos, obviamente no han contribuido a la tranquilidad de la población a la hora de ponerse frente al tratamiento.
Pero si algo ha hecho huir a la gente de los dispensarios médicos ha sido la baja morbilidad de la gripe porcina H1N1. La voces alarmistas de la OMS llegaron a anunciar que habría alrededor de 50 o 60 millones de muertes, una catástrofe sin precedentes que afectaría especialmente a los países más pobres por problemas endémicos sanitarios, de alimentación e incluso de higiene. ¿De qué datos disponemos hasta la fecha? El más reciente apunta a 11.516 muertos, muchos menos que por una gripe estacional cualquiera, en España son 256 aunque el sistema de conteo no discrimina siempre entre ambas, ya que, salvo petición expresa o problemas graves, no se suelen hacer distingos para no colapsar los laboratorios. Si tu propio médico no sabe distinguir a simple vista una gripe estacional de la temida gripe A y ni si quiera va a molestarse en averiguarlo porque sus efectos y el tratamiento son similares, ¿de qué tenemos que tener miedo entonces?
El saber popular, que en temas que le afectan directamente desarrolla fuertes y acertadas intuiciones, maneja ya abiertamente que algo sucio se esconde detrás de la alerta de pandemia y de los masivos intentos de vacunación fallidos. Basta sacar el tema en cualquier barra de bar para que se hable del negocio que algunos habrán hecho con esta epidemia de miedo global. Y no les falta razón, la guinda que corona todo este pastel ha sido la denuncia al máximo experto de la Organización Mundial de la Salud en gripe H1N1, Albert Osterhaus conocido también como Dr. Flu, por sus relaciones con la industria farmacéutica. Es uno de los responsables —no el único— de haber inflado los datos y manipular a la opinión pública y los gobiernos para cerrar un negocio de bastantes miles de millones de dólares que habrán pasado de las vacías arcas estatales a manos de los laboratorios privados. El círculo se cierra.
Sin embargo, ni la maquinaria mediática, ni los expertos científicos, ni los Estados, ni todos los políticos del mundo han conseguido que la población entre por el aro y se deje agredir conscientemente por sustancias extrañas, de dudosa eficacia y desconocidos efectos secundarios para enfrentar un terror cuyo origen estaba en las aviesas mentes de gentes poco rigurosas al servicio de la industria. Quizá sea prematuro hablar de la mayoría de edad de la opinión pública, pero sin duda puede hablarse de una gran victoria de la comunicación alternativa que habrá de tenerse en cuenta de cara al futuro.
Fuente: http://www.bitsrojiverdes.org/wordpress/?p=3605

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