sábado, 12 de junio de 2010

El sionismo como cabecera de puente de la neocolonización

Un regimiento de Lanceros de la India comandados por oficiales británicos desfila por una calle de Jerusalén en 1918

Los judíos en Palestina —cuyo Estado no tardaría en constituirse según pensaban los “imperialistas”— garantizarían los intereses británicos con la misma firmeza que si ondeara allí su bandera.
No habían sido ninguna casualidad la serie de declaraciones probritánicas emitidas por Theodor Herzl (1860-1904), el fundador oficial del sionismo, veinte años antes.

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Theodor Herzl no era humanista, sino uno de los voceros más preclaros
del eurocentrismo, el capitalismo y el imperialismo depredadores
A Inglaterra, su nación favorita, Herzl le asegura que diez millones de judíos «tendrán todos a Inglaterra en el corazón, si mediante esa acción se convierte en la potencia protectora del pueblo judío. De un golpe, Inglaterra tendrá diez millones de súbditos secretos pero leales, activos en todas las clases sociales de todo el mundo. Ante una señal, todos ellos se pondrán al servicio de la nación magnánime que da una ayuda largamente deseada... Inglaterra tendrá diez millones de agentes para su grandeza y su influencia. Y todo el efecto de esta clase de cosas generalmente se difunde de lo político a lo económico» (Raphael Patai, editor, y Harry Zohn, traductor, Diaries of Theodor Herzl, Nueva York/Londres, 1960, págs. 1365-66).
Herzl, de cultura germanófila e imperialista, hará una precisa descripción de la tarea específica que llevará a cabo el sionismo en las décadas venideras: «Para Europa formaríamos allí parte integrante del baluarte contra el Asia: constituiríamos la vanguardia de la cultura en su lucha contra la barbarie. Como estado neutral mantendríamos relaciones con toda Europa que, a su vez, tendría que garantizar nuestra existencia» (T. Herzl: El Estado Judío. en Páginas Escogidas, Editorial Israel, Buenos Aires, pág. 112).
Las concepciones de Herzl van desde el racismo eurocentrista a una poca conocida pero inocultable tendencia al terrorismo y a la eliminación física de sus opositores: «Ahora bien: si se quiere fundar hoy una nación, no hay que hacerlo de la manera que hace mil años fuera la única posible. Sería una insensatez regresar a estados de cultura ya superados, cosa que querrían algunos sionistas. Por ejemplo, si tuviéramos que exterminar a las fieras en determinado país, no lo haríamos a la manera de los europeos del siglo V. No atacaríamos aisladamente a los osos armados de jabalinas y lanzas, sino que organizaríamos una grande y alegre cacería, dando batida a las bestias hasta tenerlas reunidas y entonces les arrojaríamos una bomba de melinita1 » (T. Herzl: El Estado Judío, en Páginas Escogidas, págs. 110-111).
Por la “Promesa Balfour”, Londres favoreció la emigración a Palestina de un pueblo que le guardase el camino de la India. Ochenta años antes, cuando el sionismo de Herzl no existía, el político inglés Edward Ledwich Mitford, escribe en su Appeal in the favour of the Jewish nation in Connection with British Policy in the Levant (Llamamiento en favor de la nación judía en conexión con la política británica en el Levante): «Además de sus incalculables ventajas económicas y estratégicas, un Estado judío pondría totalmente en nuestras manos la organización de nuestras vías de comunicación por vapor, y nos daría una posición predominante en Oriente a partir de la cual podríamos hacer fracasar cualquier intento que tendiese a entorpecerlas, dejar atrás a nuestros enemigos, y, eventualmente, rechazar sus ataques» (citado por Israel Cohen en The Zionist Movement, Nueva York, 1946, pág. 52). Estamos, sin lugar a dudas, ante la presencia de un sionismo no judío. El sionismo oficial de Herzl abrevaría y encontraría argumentos en los razonamientos de este sionismo gentil que jamás habían sido sostenidos antes por las comunidades religiosas judías.
Los ejemplos abundan y basta con citar el caso ejemplar del coronel George Gawler (1796-1869). Este militar británico combatió como comandante en la batalla de Waterloo y fue el primer gobernador de la colonia de Australia (1838-1841).
Durante toda su vida propagó la idea de que los judíos debían establecer asentamientos agrícolas en Palestina. El 10 de agosto de 1860, Gawler escribió estas líneas en el periódico Jewish Chronicle editado en Londres en lengua inglesa: «Yo estaré verdaderamente complacido al ver en Palestina una fuerte guardia de judíos estableciendo florecientes asentamientos agrícolas propios sobre las montañas de Israel contra todos los agresores. No puedo desear nada más glorioso en esta vida que ayudarlos a realizar esa tarea».
El más ferviente de los protagonistas de un proyecto de implantación de un estado judío en Palestina, Laurence Oliphant 2, en su libro The land of Gilead3 , With Excursion in the Lebanon (1880), escribía lo siguiente al referirse a Palestina: «Inglaterra tiene que decidir si acometerá la explotación de las ciudades en ruina, desarrollará los vastos recursos agrícolas de este país, mediante la repatriación de la “raza” (las comillas son nuestras) que lo poseyó en primer lugar, hace mil años (¿?), y asegurará las enormes rentas políticas producidas por esta política4 ».
Su biógrafo, Henderson, resume del modo siguiente el objetivo fundamental de Oliphant: «Lo que Oliphant propone no es sino la penetración política y económica de Inglaterra en Palestina, siendo los judíos unas piezas de juego» (Philippe Henderson: The life of Laurence Oliphant, Ed. Robert Hale, Londres, 1956, pág. 204). El proyecto de Oliphant preveía expulsar igualmente de Palestina a los beduinos guerreros y arrinconar a los campesinos árabes en reservaciones, al igual que los pieles rojas en América del Norte.

Un miembro activo de la Palestine Exploration Fund5 , Charles Warren6 , proponía por su parte que la Tierra Santa fuera colocada bajo la autoridad de una companía según el modelo de la Companía de las Indias, durante un período de veinte años. Naturalmente los palestinos no tenían por qué ser consultados. Tampoco lo serían para la Declaración Balfour de 1917.
Hay que señalar que el libro del pastor anglicano William Hischler (1845-1931), titulado The Restauration of the Jews to Palestine (1894), se adelanta dos años a la aparición del libro de Herzl El Estado Judío (1896).
Es la época en que Joseph Chamberlain7 era Secretario de Estado para las colonias. Aunque no manifiesta interés alguno por las profecías bíblicas, cree que la «vocación nacional» del Imperio Británico es la de convertirse en «la fuerza dominante de la historia mundial y de la civilización universal». Nos dice su biógrafo Amery que «Él consideraba a los judíos como un grupo de colonos prestos a implantarse (en Palestina), a desarrollar y utilizar la tierra bajo la égida de Inglaterra» 8.
Así que, al mirar todo esto con el tamiz de la historia, se tiene la impresión de que las causas remotas de la Declaración Balfour se remontan en realidad a comienzos del siglo XIX cuando el movimiento sionista no existía.
Otro capítulo aparte es la temática de la oposición judía al sionismo. En el momento mismo en que era fundado el sionismo político en el Congreso de Basilea, en 1897, la Conferencia de Montreal, el mismo año, a propuesta del Rabí Isaac Meyer Wise 9, la personalidad judía más representativa de las Américas a la sazón, votaba esta moción, que marcaba la oposición radical entre las dos lecturas, tribal o universalista, de la Biblia: «Desaprobamos totalmente toda iniciativa tendente a la creación de un Estado judío. Intentos de este género ponen de relieve una concepción errónea de la misión de Israel que, de un campo político y nacional estricto, ha sido ampliada para la promoción, en la humanidad entera, de la religión liberal y universalista que los profetas judíos fueron los primeros en proclamar... Nosotros afirmamos que el objetivo del judaísmo no es ni político ni nacional, sino espiritual, y que se encarga de acrecentar la paz, la justicia y amor a los hombres. Aspira a una época mesiánica en la que todos los hombres reconozcan pertenecer a una sola y grande comunidad para el establecimiento del Reino de Dios en la Tierra»10 .
También en 1897, L’Univers Israelite, principal órgano comunitario judío de Francia, daba cuenta del eventual impacto del proyecto sionista sobre la población palestina y planteaba cuestiones desasosegantes: «Herzl ha olvidado decirnos qué pensaba hacer con la población árabe de Palestina: ¿deberá retirarse ante la marea de recién llegados?» ...o, al contrario, ¿será autorizada a permanecer en sus hogares? ...¿se la considerará como extranjera en el país donde ha nacido? Pero entonces la despojaréis de su nacionalidad y la condenaréis a la intolerable suerte de la que queréis librar a los judíos de algunos países de Europa. Si, por el contrario, decidís, como es justo, que no haya ninguna diferencia de trato entre los antiguos y los nuevos habitantes... no habréis fundado un Estado judío...»11 .
Igualmente, los sabios judíos de Europa Oriental se opusieron firmemente a los intentos sionistas de secularizar el Judaísmo. Uno de sus mayores representantes, Sadoq de Lublin (1823-1900), cuando hizo un viaje a Palestina, escribió estas líneas que no dejan lugar para las dudas de su profundo sentimiento antisionista: «Jerusalén es la más excelsa de las cumbres y hacia ellas se dirigen los corazones de Israel... Pero temo que mi viaje y ascenso a Jerusalén puedan parecer un gesto de de aprobación de la actividad sionista. Ansío la presencia del Señor, mi alma ansía Su palabra, y que llegue el Día de la Redención. Espero y me mantengo atento a la aparición de Sus pies ungidos. Pero aunque trescientos azotes de hierro me aflijan, no me apartaré de mi lugar. No ascenderé para beneficio de los sionistas»12 .
«Hay gran desaliento en Tierra Santa —escribe el rabino Joseph Hayyim Sonnenfeld (1848-1932)—, porque estos hombres perversos que niegan al Único del mundo y su sagrada Torah han proclamado con mucha publicidad que está a su alcance apresurar la redención del pueblo de Israel y reunir a los dispersos que están en todos los rincones de la tierra».
Cuando Theodor Herzl entró en Palestina en 1898, agregó: «el mal entró con él, y aún no sabemos lo que tenemos que hacer contra los destructores de la totalidad de Israel, el Señor nos asista» 13.
La tradición judía monoteísta y universalista, al igual que el Islam, se opone a los proyectos y concepciones nacionalistas: «El exilio de Babilonia (en el siglo VI a.C.) hace época, no solamente en la historia de los judíos, sino en la de la civilización... Una gran comunidad disociaba el culto de su Dios del solar ancestral... Era el punto de partida de una concepción de la fraternidad humana, y la ruptura con el prejuicio que transforma el amor de su pueblo y de su país en odio a todos los demás. Por fin se establecía este principio: Dios no está en un lugar particular de la tierra, sino en todos los países, y todos los pueblos son iguales ante Él»14 .
Resumiendo esta crítica teológica fundamental, el Rabí Hirsch decía con vehemencia en el Washington Post del 3 de octubre de 1978: «El sionismo es diamentralmente opuesto al judaísmo. El sionismo quiere definir al pueblo judío como una entidad nacional... Esto es una herejía. Los judíos han recibido de Dios la misión, que no es la de forzar su retorno a la Tierra Santa contra la voluntad de quienes la habitan. Si lo hacen, asumen sus consecuencias. El Talmud dice que esta violencia hará de vuestra carne presa de los gamos en el bosque... El Holocausto es una consecuencia del sionismo».
Albert Einstein15 en una carta a Weizmann16 del 25 de noviembre de 1929) decía: “Si nos reconocemos incapaces de llegar a convivir y establecer acuerdos justos con los árabes quiere decir que no hemos aprendido absolutamente nada de los dos mil años de sufrimientos, y mereceremos todo lo que nos suceda”.
En 1938, Einstein añadía este pensamiento: «En mi opinión, sería más razonable llegar a un acuerdo con los árabes sobre la base de una vida común en paz y no sobre la base de crear un Estado judío... La conciencia que tengo de la naturaleza del judaísmo tropieza con la idea de un Estado judío dotado de fronteras, de ejército y de un proyecto de poder temporal, aunque sea modesto. Temo los perjuicios internos que el judaísmo sufrirá a causa del desarrollo, entre nosotros, de un nacionalismo estrecho... Nosotros no somos los judíos de la época macabea. Convertirse en una nación, en el sentido político de la palabra, equivaldría a desviarse de la espiritualidad de nuestra comunidad que debemos al genio de nuestros profetas»17 .


El rabino Sonnenfeld y Albert Einstein, judíos antisionistas.
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1 Del latín melinum. Explosivo constituido esencialmente por ácido pícrico. Se utilizó desde 1885 para la carga de granadas, obuses, etc.
2 Laurence Oliphant (1829-1888), escritor y diplomático inglés, nacido en Ciudad del Cabo (Sudáfrica). Autor de A Journey to Khatmandu (1852), The Narrative o fthe Earl of Elgin’s Mission to China and Japan (1859), y de la novela satírica Picadilly (1870). Entre 1867-81 cayó bajo la influencia del espiritista norteamericano Thomas Lake Harris (1823-1906). En 1878 propuso el establecimiento de un estado judío en Palestina (Transjordania) que fue rechazado por el sultán otomano Abdulhamid II.

3 Gilead o Galaad es una zona montañosa y boscosa de la Transjordania ubicada entre el río Yarmuk y el Nahr az-Zerqa (río Ÿaboq). En el Antiguo Testamento de la Biblia se la menciona repetidamente. Por ejemplo, Ramot Gilead, ciudad situada en un llano al este de las principales montañas de Gilead, fue motivo de discordia entre los reinos de Israel y Judá con Siria durante el siglo IX a.C., y se libraron allí al menos dos batallas en las que la coalición judeo-israelita sufrió fuertes pérdidas (I Reyes 22, 1-36; 2 Reyes 8, 28-29; 9. 1-15).

4 Citado por Barbara Tuchman: The Bible and the Sword. England and Palestine from the Bronze Age to Balfour, Macmillan, Londres, 1956, pág. 173.

5 El Fondo de Exploración de Palestina fue establecido en Londres en 1865. Su misión aparente era el relevamiento geográfico, topográfico y arqueológico de Palestina pero también tenía tareas específicas de espionaje militar y político.

6 Sir Charles Warren (1840-1927), militar y arqueólogo británico nacido en Gales. Ingresó en los Royal Engineers (1857), excavó en Jerusalén (1867) y en Palestina (1867-71), participó en operaciones militares en Sudáfrica, Egipto y en la Guerra Boer (1899-1900); ascendido a general (1904). Autor de Recovery of Jerusalem (1871), Underground Jerusalem (1876), Temple and Tomb (1880) y Survey of Western Palestine (1884).

7 Sir Joseph Chamberlain (1836-1914), político y empresario británico. Secretario de Colonias (1895-1903). Sus hijos Joseph Austen Chamberlain (1863-1937) y Arthur Neville Chamberlain (1869-1940) tuvieron una destacada actuación en la política y diplomacia del Imperio Británico.

8 Julien Amery: The life of Joseph Chamberlain, Londres, 1951, vol. IV.

9 Isaac Meyer Wise (1819-1900) nació en Steingrub, Bohemia. Fue rabí en Radnice (1844-46). En 1846 emigró a los EE.UU. donde fue rabí de la congregaciones de Albany, Nueva York, (1846-54) y Cincinatti, Ohio, (1854-1900). Fue jefe del reformismo judío y de la adaptación de las costumbres judías a los modos norteamericanos. Fundó la Union of American Hebrew Congregation «Unión de las Congregaciones Hebreas Americanas» (1873), y el Hebrew Union College «Colegio de la Unión Hebraica» (1875), organizaciones de las que fue su presidente (1875-1900). Fue el editor de los diarios American Israelite y Die Deborah, y escribió el libro de plegarias Minbag America (1857). Sobre su biografía, véase Israel Knox: Rabbin in America: The Story of Isaac Wise, Ed. Little, Brown and Co., Boston, 1957.

10 Confederación Central de los rabinos americanos. Yearbook, V, II, 1897, pág. 12.

11 Michel Abitbol: Les deux terres promises: les Juifs, la France et le sionisme, 1897.1945, Olivier Orban, París, 1989, págs. 40-41.

12 Citado en I. Domb: Transformations, Londres, 1958, págs. 192-195.

13 Citado en Emile Marmorstein: Heaven at Bay. The Jewish Kulturkampf in the Holy Land, Oxford, 1969, págs. 79-80.

14 L. Finkelstein: The Pharisees, Jewish Publication Society of America, Filadelfia, 1946, vol. II, pág. 443.

15 Albert Einstein (1879-1955), físico alemán judío nacionalizado estadounidense, premiado con un Nobel de Física (1922), famoso por ser el autor de las teorías general y restringida de la relatividad y por sus hipótesis sobre la naturaleza corpuscular de la luz. Es probablemente el científico más conocido del siglo XX. Después de la Segunda Guerra Mundial, Einstein se convirtió en activista del desarme internacional y declinó una oferta de los líderes del Estado de Israel para ocupar el cargo de presidente.

16 Jaim Azriel Weizmann (1874-1952), presidente de la Organización Sionista Mundial, y primer presidente del Estado de Israel (1949-1952).

17 Moshé Menuhin: The decadence of judaism in our time, Nueva York, 1969, pág. 324.