miércoles, 9 de junio de 2010

Aceleremos la caída capitalista aunque nos cueste sangre, sudor y lágrimas


J.M.Álvarez

A la ministra de Economía y Hacienda, Elena Salgado le han recomendado que el Gobierno español amplíe las medidas adoptadas en el plan de ajuste, una ampliación que durará años, y es que, en estos momentos, el problema, como apunta el diario GARA, es el Sistema, no un país. Tres ejemplos: España está endeudada con Alemania, Francia, Gran Bretaña e Italia. Italia le debe a Francia, Alemania, Gran Bretaña y España. Grecia a Francia, Alemania y Gran Bretaña (los países de la Europa del Este casi no cuentan). La deuda pública europea gira en torno a los 8 billones de euros.

Resulta significativo (y denota la gravedad de la situación) que Alemania, una de las primeras potencias económicas del mundo, debe ahorrar 80.000 millones de euros entre 2011 y 2014. Y lo hará como los demás: cargando contra los obreros y los desempleados, como si ellos fueran culpables del pillaje. Por su parte, el primer ministro británico David Cameron afirma que las decisiones que va a tomar en Gran Bretaña repercutirán en la población durante décadas. El capitalismo imperialista, y sus herramientas, el BCE y el FMI, descargan la deuda sobre los más débiles. No podía ser de otra manera.

En España surgen voces que piden la renegociación de la deuda, que significaría entrar en una espiral diabólica sin salida posible. Asoman aumentos de impuestos, copago sanitario y en educación, supresión de infraestructuras (ya en proceso, tras el ajuste inicial) nuevas rebajas de salarios y puñaladas a las pensiones públicas. La economía española ha sido más ficticia que real, pues se ha basado en la especulación y en dinero inexistente. En este caso, se hace necesario declarar la suspensión de la deuda, expropiar la banca privada e instaurar un Gobierno Provisional que excluya a corruptos y ladrones. Ni zapatero, ni Rajoy podrán resucitar un cadáver.

No podemos consentir que reinventen el capitalismo para prolongar su agonía. La crisis ya no se puede “exportar” alegremente (vía deuda externa) al Tercer Mundo como en tiempos pretéritos, en consecuencia el fin del capitalismo es inevitable; por tanto, en lugar de limitarnos a hacer criticas, debemos acelerar su desaparición aunque nos cueste sangre, sudor y lágrimas. En ese sentido, hay que trabajar en Internet, en la calle, en los barrios y en las fábricas. Si la gente no viene a nosotros, nosotros debemos ir a buscarla, concienciarla y embarcarla en la lucha.