lunes, 15 de febrero de 2010

Un problema eurocéntrico: Violencia cartográfica


15-02-2010
Shahid Alam
CounterPunch
Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens


Quien a sí mismo conoce
y cala en los otros también,
que Oriente y Occidente se han unido,
aquí echará de ver.

Entre dos universos,
nuestra alma
se debe columpiar;
y si entre Oriente y Occidente gira,
botín incomparable logrará.

Johann Wolfgang von Goethe, [1]
West-Östlicher Divan (1819)


Ninguna otra civilización importante está tan profundamente influida por la autoestima, la autocomplacencia y la difamación del “Otro” como Europa Occidental y sus extensiones en ultramar, ni han infectado esas tendencias tantos aspectos de su pensamiento, sus leyes y su política. [2] Esas tendencias llegaron a su apogeo durante el siglo XIX, se retiraron brevemente después de la Segunda Guerra Mundial, pero han estado resurgiendo desde el fin de la Guerra Fría.

Durante varios decenios, los críticos han estudiado esas tendencias occidentales bajo la rúbrica del eurocentrismo, un complejo de ideas, actitudes y políticas que tratan a Europa – cuando conviene – como una unidad geográfica, racial y cultural, pero colocan a Europa Occidental y sus extensiones en ultramar al centro de la historia del mundo desde el año 1000 de nuestra era.[3]

A diferencia del tipo común de etnocentrismo, el eurocentrismo emergió como un proyecto ideológico – configurado por las elites intelectuales de Europa – al servicio del creciente expansionismo de Europa, iniciado en el Siglo XVI. Formula indiscriminadas pretensiones de superioridad europea en todas las esferas de la civilización. Desde esa perspectiva del mundo, sólo los europeos han creado historia durante los últimos tres mil años, comenzando con los antiguos griegos. En varios aspectos, esa centralidad es atribuida a la raza, la cultura, la religión y la geografía.

El principio organizador central del eurocentrismo es la división del mundo en mitades desiguales: nosotros y ellos, uno mismo y el Otro. Todas esas cualidades que los pensadores occidentales consideran como emblemas o fuentes de superioridad se colocan firmemente en la categoría de ‘nosotros’; y sus opuestos sse depositan en ‘ellos.’ La arrogancia de esta dicotomía es apabullante.

Una vez que se han fijado esas dicotomías, resulta fácil ‘explicar’ la supuesta centralidad de Europa en la historia. Un conjunto de características superiores –innatas, permanentes, únicas– son responsables de la ventaja occidental en todos los campos del esfuerzo humano, económico, tecnológico, militar, científico o cultural. Es una narrativa tautológica de la historia por excelencia.

A fin de ‘explicar’ la historia de la superioridad europea, los eurocéntricos tenían que comenzar por fabricar la historia de esa superioridad. Dotaron a ‘Europa’ de profundidad histórica apropiándose de Grecia y Roma; esto se logró mediante la definición de Europa como una unidad geográfica, racial y cultural. Además, negaron los orígenes orientales de la civilización griega, y, por el mismo motivo, pasaron por alto las conexiones del cristianismo primitivo con Siria y África del Norte. A fin de ocultar la amplia deuda de Europa Occidental con el Mundo Islámico devaluaron el nacimiento de nuevas formaciones culturales en Europa Occidental en los siglos XI y XII, fluyendo de contactos con los árabes en España, Sicilia y el Levante. En su lugar, esa historia se adelantó varios siglos para ubicarla en el norte de Italia, cuyo florecimiento cultural –definido como Renacimiento– se conectó a una recuperación ‘directa’ de la filosofía, las ciencias y la literatura griegas.

Los eurocéntricos construyen una historia europea que comienza en Grecia, migra hacia Occidente hacia Roma, y luego a puntos en Europa Occidental. Al ubicar los orígenes del Renacimiento en Grecia, los eurocéntricos muestran pocos problemas con respecto a los quince siglos durante los cuales las ciencias y la filosofía griegas –casi olvidadas en ‘Europa’– se cultivaban en Oriente Próximo.

Mientras fabricaban una historia sobre el ascenso de Occidente, los eurocéntricos también se ocuparon de negar que el resto del mundo tuviera alguna historia. Sí, la civilización comenzó en Oriente, pero, después de ese inicio, los asiáticos se quedaron inmóviles aferrados al pasado, obligando a la historia a moverse hacia Occidente para progresar. El pensador más radical de Europa en el siglo XIX, Karl Marx, también cayó en este mito de las sociedades estáticas asiáticas cuyo despotismo las privaba del motor del cambio ‘dialéctico.’

Durante las últimas décadas, esa historia eurocéntrica ha sido crecientemente disputada por los ‘pueblos sin historia,’ eruditos discrepantes en Occidente, y, lo más importante, por nuevos hechos en el terreno –el aumento de los movimientos de liberación nacional, el desmantelamiento de los imperios coloniales occidentales, las revoluciones socialistas en China y Vietnam, la revolución iraní, y, cada vez más, por el ascenso de varios importantes centros de dinamismo económico en Asia del este y del sur-. A pesar de ese desafío, el eurocentrismo sigue controlando los círculos dominantes en los grupos de expertos, los medios, el discurso político y los prejuicios populares de casi todas las sociedades occidentales. El peso y el impulso de las tendencias eurocéntricas, alimentadas por las mejores mentes occidentales durante siglos, no se pueden desmantelar en unas pocas décadas.

Violencia cartográfica

Las deformaciones eurocéntricas no han perdonado a la cartografía, la ‘ciencia’ de hacer mapas.

Europa es relativamente pequeña en relación con las grandes masas continentales al este y al sur, Asia y África. Los eurocéntricos podrían haber preferido argumentar que Europa ha mantenido su centralidad a pesar de su inferior tamaño, una prueba de su ventaja cualitativa sobre las masas continentales mucho mayores de Asia y África. Prefirieron hacer otra cosa. No pudieron dejar pasar las oportunidades presentadas por los mapas para apropiarse de los símbolos de superioridad en el campo de la cartografía.

Los poderosos merecen estar arriba. El eurocentrismo exigía que la cartografía colocara a Europa en la cúspide del mundo. Esto se logró fácilmente orientando el globo de manera que el Norte apareciera arriba en el globo, o, en el caso de los mapas, en la parte de arriba de la página. Siempre causa una cierta confusión entre mis estudiantes cuando cuelgo el mapa del mundo cabeza debajo de modo que el Norte queda abajo. Es un poco perturbador saber que no existe una lógica –nada natural– en los globos y mapas con el Norte arriba.

Los mapas del mundo no se hicieron en todas partes con la orientación del Norte arriba. En su apogeo, los musulmanes –cuando sus imperios se extendían de España a Khurasan e India– hacían mapas del mundo que ubicaban al Sur arriba, aunque con esto colocaban África por encima de las tierras islámicas centrales que iban del Nilo al Oxus. En su caso, tal vez, la orientación de los mapas no importaba tanto, ya que siempre estaban en el centro.

Además, los europeos se basaron en mapas del mundo que utilizaban la proyección cilíndrica de Mercator. ¿Fue accidental esa decisión? Reconocidamente, el mapa de Mercator era útil para los marinos, ya que una línea que conectara dos puntos en ese mapa mostraba la verdadera dirección. ¿Pero se espera que creamos que los capitanes de barcos tuvieron interés en –y el poder también– para imponer al resto de la sociedad mapas útiles para ellos? Es más creíble que los mapas de Mercator fueron elegidos porque exageraban considerablemente el tamaño de Europa, haciéndola del mismo tamaño, o más grande que África.

Increíblemente, algunos mapas de Mercator publicados en EE.UU. se empeñan en la violencia cartográfica. A fin de centrar a EE.UU. en sus mapas, a los editores no les importa dividir Asia por la mitad, colocando sus dos mitades en los extremos izquierdo y derecho del mapa. Importa poco que la bisección de Asia disminuya considerablemente el valor cartográfico de ese mapa truncado del mundo. Es una excelente ilustración de la primera víctima del eurocentrismo, la que hace caso omiso de la realidad, y su disposición a involucrarse en la violencia epistemológica a fin de colocar a Europa al centro del mundo.

Inversión del paradigma

Al crecer, supe que la ignorancia es el principal apoyo del prejuicio. Los prejuicios, sean religiosos o étnicos, disminuían con la educación y el conocimiento. Y pensaba que así debía ser. Al prejuicio lo mantiene la ignoracia. Los intelectos superiores, combinados con amplios conocimientos, tendrán pocas dificultades para deshacer la red de mentiras tejida por los poderosos. Entonces, me costaba comprender que los intelectos superiores también podían ser comprados y seducidos por las tentaciones del poder, el dinero y varias formas de tribalismo, especialmente si su cultura no había sido preparada para resistir esas zalamerías.

Necesité unos pocos años de familiaridad con el mundo occidental para superar mi ingenuidad sobre la relación entre tolerancia e intelecto. Mis encuentros con clásicos occidentales y los medios occidentales confirmaron lentamente mi preocupación de que la tendencia al conformismo es más profunda en las sociedades occidentales que en las sociedades islámicas.

Mi creciente familiaridad con los escritos de los orientalistas occidentales y, después, de los principales pensadores europeos de Occidente –Montesquieu, Kant, Hegel, los Mill, Marx, Weber– invirtieron el paradigma que había adquirido en mi juventud. Los prejuicios de las sociedades occidentales tenían su fuente arriba –en los mejores intelectos occidentales–, no en el prejuicio popular. Estaban apoyados por el razonamiento, por doctas narrativas históricas, por esfuerzos monumentales en la construcción de mitos. Por cierto, los principales pensadores alimentaban y apoyaban los prejuicios del populacho.

Todavía puedo recordar mi desilusión cuando compré los once amplios volúmenes de Will y Ariel Durant Historia de la Civilización, sólo para descubrir que habían dedicado sólo uno de sus once volúmenes a civilizaciones no europeas. Significativamente, ese volumen portaba el título: Nuestro patrimonio oriental. En la Historia de los Durant, los orientales hacen una breve temprana aparición en la escena de la historia, en la infancia de la civilización humana, pero después de lanzar a Occidente a su brillante trayectoria civilizadora, abandonan amablemente la escena de la historia mundial. No se trataba de una rareza, supe más tarde. Casi era la norma, incluso en el caso de escritores modernos.

Otro libro que leí algunos años más tarde, Civilización de Kenneth Clark, a pesar de su título, trata exclusivamente del arte, la arquitectura, la filosofía y las ciencias en Europa Occidental. Clark logra hablar de cosas semejantes sin hacer apenas una mención de cómo podrían relacionarse con India, China, el Mundo Islámico, África y las Américas.

A pesar de mi familiaridad con los prejuicios eurocéntricos en el pensamiento occidental, todavía no puede eliminar mi desilusión ante nuevos ejemplos de racismo entre los mejores y más brillantes escritores de Europa Occidental. Immanuel Kant divide a los seres humanos en cuatro ‘razas,’ diferenciadas las unas de las otras por diferencias en la “disposición natural.” “Los negros de África,” escribe, “carecen por naturaleza de sentimientos más allá de lo trivial.” En su apoyo, recurre al desafío de David Hume de mostrar a un solo ‘negro’ con talentos. Al oír hablar de un carpintero ‘negro’ que recriminaba a los blancos por quejarse cuando sus mujeres abusaban de sus libertades, Immanuel Kant señaló que podría haber una cierta verdad en dicha observación. Luego, con resentimiento, agregó: “…en breve ese sujeto era bastante negro de la cabeza a los pies, una prueba evidente de que lo que dijo era estúpido”. Para Kant la jerarquía de las razas es obvia. “La humanidad” afirma “está en su máxima perfección en la raza de los blancos. Los indios amarillos están muy por debajo de ellos y en el punto más bajo está una parte de los pueblos americanos.”

Pocos entre los pensadores más eminentes de Europa, especialmente durante los siglos XVIII y XIX, pudieron escapar a los cantos de sirena del eurocentrismo. Algunos pensadores occidentales, incluso hoy en día, no pueden enfrentar esta vergüenza. El filósofo y psicoanalista francés, Octave Mannoni, afirma audazmente: “la civilización europea y sus mejores representantes, no son… responsables por el racismo colonial; es la obra de pequeños funcionarios, comerciantes, y colonos que han trabajado mucho sin tener mucho éxito”. [4] ¡Absolved a las elites: culpad al lumpenproletariado!

Una luminaria destacada de Gran Bretaña del siglo XIX, James Mill, filósofo e historiador, escribió una masiva historia en cinco volúmenes de India, al parecer con el único de demostrar cuán deficientes son los indios en el gobierno, las ciencias, la filosofía, la tecnología y las artes. En breve, los indios eran bárbaros y bastante incapaces de dirigir sus propios asuntos, excepto bajo la ilustrada tutela británica. Su hijo, John Stuart Mill, señaló: “la mayor parte del mundo no tiene, para ser exactos, historia, porque el despotismo de la costumbre es total. Así es en todo Oriente”. [5]

Muy diferente fue el enfoque de otro científico e historiador, Al-Biruni, un afgano del siglo XI, quien –a diferencia de James Mill– viajó por India durante trece años, aprendió sánscrito, tradujo obras en sánscrito sobre matemáticas, estudió de primera mano la sociedad india e invitó a eruditos indios a Ghazmo, en preparación para su tratado en dos volúmenes sobre la civilización india. Su intención declarada en sus investigaciones sobre India fue suministrar a su audiencia musulmana descripciones auténticas de su geografía, religiones, ciencias, cultura, artes y costumbres, y, al hacerlo, elevar la calidad de su discurso sobre los pueblos indios. Concluyó su tratado con la siguiente observación: “Pensamos que lo que hemos relatado en este libro bastará a cualquiera que quiera conversar con los hindúes, y discutir con ellos problemas de religión, ciencia, o literatura, sobre la base de su propia civilización”. [6]

Modernidad: ¿hasta qué punto occidental?

En el siglo XVIII, cuando un pequeño grupo de pensadores europeos exponía enérgicamente los argumentos a favor de la supremacía de la razón en los asuntos humanos, sabían – y a menudo gustaban de reconocer – que seguían las huellas de Confucio que los había precedido dos milenios.

Hacia finales del siglo, sin embargo, Europa más fuerte y segura de sí misma había olvidado su deuda hacia los chinos o a cualquier fuente fuera de Europa. Insistentemente, se comenzó a afirmar que la razón, la ciencia y la democracia eran una exclusividad europea. Era una afirmación extraña por parte de pensadores que sostenían que el conocimiento debería basarse en la observación y la razón, debería ser objetivo.

Hay que reconocer que es difícil imaginar cómo alguna sociedad, incluyendo la más primitiva podría haberse adaptado a su ecología sin seguir –por lo menos intuitivamente– el método científico. En asuntos prácticos, el conocimiento no apoyado por la experiencia habría resultado fatal para sociedades que estaban expuestas con más frecuencia que la nuestra a emergencias de vida o muerte. Además, los científicos árabes no sólo practicaban el método científico en sus estudios sobre óptica, química y astronomía, sino que a comienzos del siglo XI, Ibn al-Haytham, conocido en Occidente como Alhacén, había presentado una clara formulación teórica del método científico. Roger Bacon, el supuesto fundador del método científico, había leído partes de la obra principal de al-Haytham, Kitab al-Manazir, en una traducción latina, y la había resumido en su propio libro Perspectiva.

Si se equipara la democracia con el recuento de cabezas, incluso EE.UU. –el bastión autodeclarado de la democracia– contaba considerablemente menos de la mitad de las cabezas hasta 1920, cuando las mujeres consiguieron el derecho al voto. Los negros no se contaron hasta 1965. En conjunto, el recuento de cabezas ha llegado a Europa después de siglos de progreso económico; no constituyó el fundamento de su progreso. El absolutismo monárquico fue más fuerte en casi toda la temprana Europa moderna de lo que fue en el Mundo Islámico, cuyos gobernantes tenían sólo un control limitado sobre la legislación y, además, enfrentaban la oposición institucionalizada de la clase de los eruditos legales. [7] Las tribus nómadas en África y Asia tenían sus consejos de ancianos, estaban dirigidas por una meritocracia, y, aunque su igualitarismo a menudo excluía a las mujeres, generalmente iba más lejos que en las sociedad estratificadas de Europa. Los indios tenían autogobierno local en sus panchayats. Los pastunes tenían su parlamento en la loya jirga. Los tempranos árabes podían rehusar el baya –un juramento de lealtad– de un nuevo gobernante inaceptable.

Si la democracia se define por su sustancia, por la tolerancia –el respeto por las diferencias de religión, color, etnia y fisonomía– la mayoría de los pensadores de la Ilustración limitaban su aplicación sólo a miembros de la raza blanca. La tolerancia no ha sido una virtud europea particularmente visible. En tiempos modernos, pero especialmente desde la Edad de la Ilustración, la intolerancia cristiana fue reemplazada por una intolerancia racial que se tradujo rápidamente en proyectos de genocidio o de apoyo a la esclavitud en las Américas, África y Oceanía.

Los otomanos, con su sistema de millets –que otorgan una considerable autonomía a sus comunidades religiosas no musulmanas– ofrecía protecciones mucho mayores a todos los sectores de sus súbditos. Al imponer un conjunto de leyes respecto a los asuntos de la familia –a menudo de inspiración cristiana– los modernos Estados occidentales no pueden igualar la tolerancia del Mundo Islámico que permitía que sus comunidades no musulmanas ordenaran sus asuntos familiares según sus propias leyes religiosas. Condenado universalmente por escritores occidentales, el impuesto aplicado por los Estados musulmanes a su población no musulmana fue considerado a menudo por ésta como un privilegio, ya que la eximía del servicio militar. Cuando las potencias occidentales obligaron a los otomanos a otorgar ‘igualdad’ a su población cristiana, ésta se manifestó contra esa medida en varias ciudades otomanas.

El rechazo de la intermediación sacerdotal, que comenzó en el Siglo XV, se considera comúnmente como el primer golpe por la modernidad: supuestamente, liberó a los europeos para que leyeran la Biblia en lengua vernácula y trataran directamente con su Dios. El Islam lo había logrado de modo más radical, a comienzos del siglo VII; y quién va a asegurar que los europeos no conocían ese precedente islámico, o que no hubo una inspiración islámica tras el movimiento protestante. [8] Curiosamente, sin embargo, la ruptura con Roma también liberó al cristianismo para ser nacionalizado, para ser apropiado por los nuevos Estados emergentes en Europa Occidental, que procedieron a establecer una iglesia y una doctrina nacional, que luego sancionaron guerras religiosas, la persecución y, nada menos que la colonización y la esclavitud de no europeos. En otras palabras, la libertad de conciencia en el temprano Occidente moderno estaba generalmente más circunscrita que en el Mundo Islámico, donde no existía una Iglesia para imponer el dogma religioso, y donde los musulmanes tenían libertad para vivir sus vidas según sus tradiciones legales preferidas.

La inspiración para la idea central de la economía ortodoxa –su vigorosa oposición a las intervenciones estatales– provino primordialmente de los chinos. En sus días, Francois Quesnay, el más destacado de los pioneros franceses de esa política –los fisiócratas– fue conocido como el “Confucio europeo”. La consigna que resumía la economía política fisiócrata, laissez faire, era una traducción directa de la frase china wu wei. [9] Adam Smith, el supuesto fundador anglosajón de la economía clásica, era un discípulo de Quesnay. Pocos economistas ortodoxos saben que el lenguaje que hablan –aunque no su objetivo– fue inventado por los antiguos chinos.

Ya que las máquinas definieron la modernidad –que comenzó para cantidades crecientes de europeos en el siglo XVIII– puede que valga la pena recordar que muchas de las máquinas que llevaron a los europeos a la modernidad –molinos de agua, molinos de viento, el compás, la vela latina, el astrolabio, la esfera armilar, los mecanismos interiores del reloj, las sembradoras, segadoras y trilladoras mecanizadas, arados de hierro, prensa de impresión, bombas, remos, cañones y fusiles, y muchas otras– tuvieron su origen fuera de Europa Occidental, en China o en el Mundo Islámico. [10] Aunque se originaron en Grecia, se refinaron y mejoraron durante muchos siglos en el Mundo Islámico antes de que pasaran a Europa Occidental.

Uno de los archipropugnadores del imperialismo occidental, Rudyard Kipling, con su profundamente arraigado pensamiento regionalista, no fue capaz de imaginar que Oriente y Occidente pudieran encontrarse. Es una lástima, no le había llegado la noticia de que se habían estado encontrando –y que Occidente era el que recibía la mayor parte de los beneficios de esos encuentros– desde los tiempos antiguos.

………..

Referencias

1. (Trad: Rafael Cansinos Assens. En: Johann Wolfgang Goethe, Obras completas, tomo II, ed. Aguilar)

2. E. C. Eze, Race and the Enlightenment: A Reader (Blackwell, 1997); M. Shahid Alam, “Articulating Group Differences: A Variety of Autocentrisms”, Science and Society (Summer 2003): 206-18.

3. Para estudiar esta literatura vea: Andre Gunder Frank, “East and West,” en: Arno Tausch and Peter Herrmann, eds., The West, Europe and the Muslim World ( Novinka, 2006).

4. Octave Mannoni, Prospero and Caliban: Psychology of Colonization (University of Michigan Press, 1990): 24.

5. John Stuart Mill, Liberty (NuVision, 1859): 60.

6. Alberuni, Alberuni’s India, translated by Edward C. Sachau, and abridge and edited by Ainslie T. Embree (The Norton Library, 1971): 246.

7. Noah Feldman, The Fall and Rise of the Islamic State (Princeton University Press, 2008): 27-35.

8. Charles Lindholm, The Islamic Middle East: An Historical Anthropology (Blackwell, 1996): 13.

9. Hobson, The Eastern Origins: 195-6.

10. Hobson, The Eastern Origins: ch. 9

M. Shahid Alam es profesor de economía en Northeastern University. Este texto forma parte de su próximo libro: Israeli Exceptionalism: The Destabilizing Logic of Zionism (Macmillan, November 2009). Para contactos: alqalam02760@yahoo.com.

Fuente: http://www.counterpunch.org/shahid02102010.html

1 comentario:

Anónimo dijo...

Hola Jafar.

Excelente artículo. Muy clarificador para entender cómo se ha fabricado una arraigada justificación intelectual de nuestro colonialismo depredador a lo largo de siglos, por parte de los "grandes pensadores" occidentales. Quizás Darwin merecería un capítulo aparte en este análisis histórico.

Otro elemento importante en esta visión eurocentrista y autocomplaciente de la historia ha sido la fabricación de la alianza judeocristiana y su presentación ante la opinión pública occidental como una fortaleza defensiva contra un supuesto Islám agresor e invasor.

En la última entrada de mi bitácora he escrito unos rápidos apuntes sobre esa cuestión.

Gracias por tu trabajo. Un abrazo fraterno.

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