domingo, 10 de enero de 2010

La deconstrucción de Simon Wiesenthal

El Centro Simon Wiesenthal de Los Ángeles

11-01-2010
Lawrence Swaim
Palestine Think Tank
Traducido para Rebelión por Paloma Valverde

“La utilización del Holocausto para manipular a las personas y a las sociedades con la finalidad de apoyar ciegamente a Israel, depende de la particularización del Holocausto: en otras palabras, se insiste en que el demonio Nazi no se puede comparar con ninguna otra forma de demonio sistémico; se insiste en que las causas del derrumbamiento moral alemán —el violento nacionalismo, la fanática identificación con la situación de las víctimas, los profundos sentimientos de inferioridad, el dilatar las soluciones apocalíptica— no se puede aplicar en ningún otro sitio. Esto es un terrible sinsentido…”

El Centro Simon Wiesenthal en Los Ángeles (California) lleva el nombre del famoso cazador de nazis, Simon Wiesenthal, una relación [entre el Centro y la persona] que parece apropiada pero en términos desconcertantes e inesperados.

Tanto Simon Wiesenthal como el Centro que lleva su nombre han sido acusados de mentiras flagrantes y de contar medias verdades. Las confabulaciones de Wiesenthal nunca fueron un asunto de discurso público entre los investigadores, hasta donde este escritor sabe, ni tampoco formaron parte del conocimiento popular hasta hace muy poco tiempo.

En cualquier caso, se sabe que Wiesenthal — un cuentista nato— pocas veces consiente que los hechos interfieran en una buena historia. Esto se ha sabido hace poco con la publicación, en junio de 2009, de Hunting Evil del británico Guy Walters, en el que éste caracteriza a Simon Wiesenthal como “un mentiroso, y malo contando mentiras”.

Afirma que Wiesenthal puede “inventar vergonzosas historias sobre sus años de guerra y hacer afirmaciones falsas sobre su carrera profesional”. Walters considera que había “tantas inconsistencias entre sus tres principales memorias y entre esas memorias y los documentos de la época que es imposible establecer una narrativa creíble a partir de ellos. El poco respeto de Wiesenthal por la verdad hace que sea posible dudar de todo lo que ha escrito o dicho”.

La Biblioteca Wiener, una de las instituciones más antiguas y más reputadas del mundo en lo que respecta a los estudio del Holocausto, se ha unido a esta reevaluación de Wiesenthal. Esto resulta interesante porque uno asume que ellos, como muchos otros en el campo de los estudios sobre el Holocausto, podrían haber sido conscientes durante algún tiempo de que había problemas con la historia de Wiesenthal.

Ben Barkow, el director de la Biblioteca Wiener, afirmó que “aceptar que Wiesenthal fue un showman y un arrogante fanfarrón, incluso un mentiroso, puede convivir con el reconocimiento de la contribución que él hizo”.

En un artículo aparecido en el London Times en agosto de 2009, Daniel Finkelstein, nieto del fundador de la Biblioteca Wiener, afirmó a propósito del libro Hunting Evil de Guy Walters que “Las pruebas documentales de Walter sobre las inconsistencias y mentiras de Wiesenthal son impecables. Demuestra cómo la versión del cazador de nazis sobre sus experiencias en la guerra es contradictoria e implausible. Deja claro que no tuvo ningún papel, contrariamente a lo que él [Wiesenthal] afirma, en la captura de Adolf Eichmann. Disecciona sin piedad las exageradas afirmaciones de Wiesenthal sobre el número [de nazis] que llevó ante la justicia, sugiriendo que no fueron muchos más de un puñado.

Así que, ¿cuál es la verdad sobre Simon Wiesenthal? Nacido en 1908 en Galitzia [1], Wiesenthal fue a la Universidad Politécnica Checa en Praga en 1929, donde adquirió su fama como un narrador dotado (Walters afirma que apareció como un “buen cómico” similar al popular cabaret británico de la época).

Wiesenthal afirmó haberse licenciado en la Universidad Politécnica Checa pero los archivos demuestran que no lo hizo. También mantuvo que estudió en la Politécnica Lwow, en Galitzia en 1935, pero no hay datos de que asistiera a clase allí alguna vez. Wiesenthal, además, afirmaba haber dirigido su propio estudio de arquitectura y haber construido elegantes mansiones, pero nuevamente los archivos polacos no secundan esto. Por el contrario, parece que trabajó como capataz en una fábrica de muebles en Lviv desde 1935 hasta 1939, un trabajo mucho más común, ocupación que el propio Wiesenthal reconoció antes de convertirse en una celebridad en Viena.

Durante la Segunda Guerra Mundial, Wiesenthal fue detenido por los nazis y estuvo en al menos seis campos nazis diferentes. No obstante, y por razones que se desconocen, después afirmó haber estado en 13 campos distintos. Esto pone sobre el tapete la pregunta que inevitablemente surge cuando se estudia la historia de Wiesenthal. Estar en un único campo nazi ya sería claramente espantoso, una experiencia traumática no menor que estar en seis campos (quien escribe esto no puede confirmar qué campos eran de muerte y qué campos eran de trabajo o de concentración), así que, ¿por qué Wiesenthal considera que es necesario inflar el número de campos hasta 13, especialmente cuando era muy probable que tales afirmaciones se comprobarían después?

Parte de la respuesta parece ser que Wiesenthal era un fabulador y un mentiroso nato que tenía una poderosa necesidad de crear la persona de un superhéroe. Pero eso por sí solo no explica su comportamiento. El Holocausto pone en la palestra preguntas sobre la naturaleza humana y existe una necesidad de explicaciones que puedan aclarar, racionalizar y crear un contexto moral sobre ello. Wiesenthal ofreció al público una narrativa plausible en un contexto moral: los nazis lo encarcelaron; escapó milagrosamente; ahora él los atrapa.

El demonio sistémico del Holocausto era tan gigantesco y tan amenazador que sólo podía ser enfrentado con éxito por un superman cuya capacidad de sobrevivir al mal y de castigar a los trasgresores fuera mayor que la vida. Wiesenthal fue sumamente consciente de esto, y su vertiginosa versión de los últimos minutos de sus escapadas de los nazis incidía en esta ansiedad. El hecho de que llevara a masas de criminales de guerra nazis ante la justicia era el final feliz de una historia con éxito que esa clase de gente quería escuchar. Pero como Walters demuestra en Hunting Evil al menos una de las versiones de las huídas de Wiesenthal de los nazis en el último minuto puede ser una invención y las otras son cuestionables.

Después de la guerra, Wiesenthal fundó dos organizaciones que pretendían recoger y centralizar información a gran escala sobre criminales de guerra nazis. A veces, algunos de esos criminales de guerra, estaban “escondidos a plena luz del día”, en el sentido de que los gobiernos sabían dónde estaban pero carecían de voluntad política para detenerlos. La función principal de las organizaciones de Wiesenthal entonces era sacar a la luz pública los hechos y él poseía la personalidad y las dotes de relaciones públicas para hacerlo.

Esta es la verdadera razón de la notoriedad de Wiesenthal. Las organizaciones que creó eran organizaciones de búsqueda, no de investigación, como podría tener la justicia, y no tenían poder para detener a las personas.
Guy Walters concluye —en mi opinión correctamente— que el desinterés de los gobiernos occidentales por cazar criminales nazis era moralmente mucho más repugnante que los experimentos de Wiesenthal con la verdad. Dicho esto, el hecho de que Wiesenthal contara tantas mentiras innecesarias y que la gente que podría haber sospechado esto no dijera nada para oponerse a ellas, es un ejemplo más de la habilidad del Holocausto para corromper.

A pesar de que Wiesenthal afirmaba haber llevando ante la justicia a miles de criminales nazis, él generó información que tuvo como consecuencia la detención de menos de cien, como mucho. Su afirmación más vergonzante es que participó en la caza de Adolf Eichmann. Esto fue, y sigue siendo, una falsedad.

El seguimiento y el secuestro de Eichmann fue un trabajo del Mossad, los servicios de inteligencia israelíes, y la implicación de Wiesenthal se limitó a pasarles la información que tenía. Esta realidad incómoda era ampliamente conocida y, desde luego, era conocida por el Mossad, que odiaba y le ofendían las historias amañadas de Wiesenthal, pero aparentemente poca gente estaba dispuesta a cuestionar las muchas afirmaciones de Wiesenthal, excepto en Austria, es decir, en el lugar en el que Wiesenthal fue una figura controvertida durante mucho tiempo.

En la década de 1970, Wiesenthal reconvino a Bruno Kreisky, primer ministro austriaco, por tener tantos ex nazis en su consejo de gobierno y en esto, Wiesenthal tenía toda la razón. La controversia que provocó fue especialmente importante porque, hasta ese momento, los austriacos habían evitado la discusión pública sobre su propia responsabilidad en los crímenes nazis y Wiesenthal podría haber abierto la posibilidad de sacar a la luz este asunto cuando hiso su sensacional —pero precisa— acusación sobre la elección del gabinete de gobierno de Kreisky.

Éste, un judío socialdemócrata, insinuó que Wiesencial había sobrevivido a la guerra únicamente porque colaboró con la Gestapo; pero Wiesenthal lo demandó por libelo y ganó. Además, contraatacó para enfatizar que junto a los judíos murieron otras personas en las cámaras de gas, lo que le llevó a enfrentarse con Elie Wiesel, cuyo punto de vista era que el Holocausto debía contemplarse como un suceso que implicaba exclusivamente a los judíos. Algunas ideas de Wiesenthal era buenas. Qué irónico, por tanto, que consideraran seriamente sus ideas únicamente por los violentos juegos públicos que protagonizaba, lo que Wiesental inventó para él mismo como parte de su laboriosa y tremendamente imaginativa autopromoción de cazador de nazis de capa y espada.

En el siglo XX, Wiesenthal recibió prácticamente todos los premios conocidos, alrededor de 100. Fundamentalmente por su autopromoción, Wiesenthal se convirtió en mucho más que un autor con algunos más que dudosos, y no especialmente bien escritos, libros. Se convirtió en un santo laico.

Pero, ¿a qué religión laica pertenecía el ejemplar San Wiesenthal? El problema con Wiesenthal no eran sus extraordinarios esfuerzos para captar la atención del público sobre los criminales nazis, el problema era, y es, que sus versiones sobre sus propias experiencias nunca han sido contrastadas por las personas que aparentemente tenían un interés por la verdad histórica. Su adicción a la fabulación le hizo prisionero de lo que Norman Finkelstein llamó la Industria del Holocausto, que se puede describir como la utilización sistemática del Holocausto para fines personales y de las organizaciones.

Nos quedamos con la sensación de que quizás algunos de los que notaron discrepancias en los libros de Wiesenthal no dijeron nada porque tenían miedo de ser denunciados como antisemitas. Guy Walters se refiere a esto en un artículo publicado en The Sunday Times en julio de 2009, donde afirma: “ […] Algunos pueden sentir que soy demasiado duro con Wiesenthal y que me estoy infligiendo un daño profesional al aliarme supuestamente con un grupo de viles neonazis revisionistas, con los que niegan el Holocausto y con los antisemitas. Estoy absolutamente fuera de estos débiles círculos y mi intención es la crítica de Wiesenthal al margen de sus garras. Su figura es compleja e importante. Si hubiera un motivo para su engaño, bien podría estar basado en buenas intenciones”.

Guy Walters hizo esta advertencia el verano pasado, un mes después de la publicación de su libro; el hecho de que lo hiciera indica el cuidado con el que un historiador se ha de aproximar a cualquier cosa que tenga que ver con el Holocausto.

De hecho, la aparición del libro de Walters tiene alguna de las características de una campaña literaria, aunque no necesariamente de preparativos previos.
Hunting Evil se publicó el 18 de junio de 2009 en Reino Unido, al inicio del verano pasado. Un mes después, en julio, apareció un artículo de Walters en The Sunday Times en el que establecía las razones para dar a conocer las falsedades de Wiesenthal (se podría pensar que porque algo sea verdad para un historiador es razón suficiente para desvelarlo).

En agosto de 2002, un mes más tarde, apareció en The Jewsh Chronicle, el artículo de Danien Finkelstein que lo apoyaba, lo que validaba la investigación de Walters. El artículo de Finkelstein era esencial puesto que, como nieto del fundador de la biblioteca sobre historia del Holocausto más antigua del mundo, se suponía que hablaba con la autoridad de la que otros carecen, incluido quizás el propio Guy Walters.

Esto no quiere decir que lo antes mencionado fuera una campaña orquestada. Walters escribió en su página web que no conocía a Finkelstein y, por las prueba, este escritor considera que es cierto. Simplemente indica qué complicado puede llegar a ser decir la verdad cuando se escribe sobre el Holocausto y qué importante es para muchos historiadores tener en consideración el aspecto de las relaciones públicas antes de revelar asuntos que puedan hacer que el público se sienta incómodo.

En el caso de Guy Walters, él recibió el apoyo a sus descubrimientos por parte de un hombre cuyo prestigio en el campo de los estudios del Holocausto no se puede poner en duda. (Hay al menos un libro nuevo a punto de aparecer sobre Wiesenthal, el cual tras las revelaciones de Walters casi seguro que se verá obligado a tocar las discrepancias evidentes en la narración de Wiesenthal).

Desde otros ámbitos se están produciendo muchas reacciones al libro de Walters.
El 26 de noviembre de 2009, apareció un artículo impresionante de Associated Press (AP) (disponible en el sitio web de Walters) según el cual 12 de los 15 miembros del consejo asesor del Instituto de Estudios sobre el Holocausto de Viena habían dimitido, aparentemente tras una agitada y airada protesta sobre la accesibilidad del material de investigación para los estudiosos.

El artículo de AP da como razón para este alboroto internacional algunas objeciones por parte de los investigadores: “[…] Las restricciones sobre el acceso a los archivos hacen imposible una investigación independiente. De manera inevitable, uno de los implicados en el artículo de AP advirtió de que el acceso sin restricciones a los archivos del Instituto podría animar a quienes niegan el Holocausto. Lo contrario parece mucho más probable:cuanto más esconda la gente la verdad sobre Wiesenthal, más dudas se crearán sobre cómo los historiadores pueden escribir sobre el Holocausto de forma objetiva.

Empezando por la publicación de The Destruction of the European Jews, de Raul Hilberg, la gente de izquierdas, progresistas política y culturalmente, y algunos psicólogos intentaron deconstruir el Holocausto de forma que pudieran conocer cómo funciona el mal sistémico.
Si la Shoah fue el mayor crimen de la historia, ¿por qué no intentar saber cómo ocurrió para evitar estos crímenes en el futuro?

Éste era el punto de vista acertado, pero enseguida llevó a una verdad que mucha gente no quiere aceptar, y es que hay un nazi dentro de cada persona y que cualquier tribu, grupo nacional o país en el mundo puede padecer el mismo derrumbe moral que experimentó Alemania, si se dan las condiciones adecuadas. Esto resultaba demasiado aterrador para mucha gente, que no quería reconocer hasta qué punto la maldad está inserta en la naturaleza humana.

Era, además, la última amenaza neoconservadora que estaba empezando a ganar adeptos en Estados Unidos. Si el mismo derrumbe moral que se produjo en Alemania se producía en cualquier otra parte del mundo, tal análisis se podía aplicar a cualquier parte del mundo, lo que significaba que las grandes fundaciones neoconservadoras no podrían controlar el discurso sobre el Holocausto.

Una deconstrucción objetiva del desarrollo del mal en Alemania podría verse incluso como una guía para lo que ocurre en Israel.
Los neoconservadores no permitirán que esto ocurra porque su postura es que no se puede criticar jamás al gobierno de Israel y porque los neoconservadores no quieren una deconstrucción verdaderamente objetiva del Holocausto que pueda enseñar a la gente a derrotar el mal sistémico. Por el contrario, pretenden crear su propio mal sistémico en Estados Unidos y en Oriente Próximo, utilizando el Holocausto para provocar el miedo, el odio y la agresión, así como un nacionalismo religioso en general.

Para los poderosos neoconservadores y el cabildo de Israel, invocar el Holocausto en el discurso político y social se convirtió en una manera de utilizar el trauma no resuelto del Holocausto, en algunos casos para generar ideas y en otras para suprimirlas. La utilización del Holocausto para manipular a las personas y a las sociedades con el fin de que apoyen sin fisuras a Israel depende de una particularización del Holocausto; insiste, en otras palabras, en que el mal nazi no se puede comparar con ninguna otra forma de mal sistémico.

Afirma que las causas del derrumbamiento moral de Alemania (el nacionalismo violento, la identificación fanática con la situación de las víctimas, los profundos sentimientos de inferioridad, el deseo de soluciones apocalípticas) no se pueden aplicar en ningún otro sitio. Es un sinsentido despreciable.

Las causas del derrumbe moral alemán no sólo se pueden ver en otras naciones y situaciones; si queremos aprender cómo funciona el mal sistémico tal análisis debe aplicarse a otras naciones y situaciones.

Generalmente esto no les gusta a los neoconservadores porque desean discutir el Holcausto únicamente dentro de un contexto que excluye a los judíos. Pero desgraciadamente existe un nazi en cada uno de nosotros; de hecho, eso es lo más importante que hemos aprendido del Holocausto.

Abraham Burg escribe: “Israel hoy siente igual que Weimer, no porque la cultura israelí sea similar a la de Centroeuropa, sino porque la caída hacia el mal se produce de igual manera sea donde sea.

¿Cómo no va a ser Israel parecido a Weimer cuando mucho de lo que acontece respecto a la conciencia nacional en Israel es sencillamente producto del trauma del Holocausto, que la gente intenta deconstruir no según aspectos universales sino personales y de identidad nacional?

No fue sino hasta que Simon Wiesenthal murió en 2005, cuando un historiador británico fue capaz de hablar abiertamente sobre lo que hay de falso en las historias de Wiesenthal.

De nuevo tengo que preguntarme, ¿por qué la gente que conocía la relación que Wiesenthal mantenía con la verdad no lo denunció? Previsiblemente, el Centro Simon Wiesenthal en Los Ángeles (California) no tiene ninguna prisa en aceptar esta nueva valoración histórica de su tocayo; de hecho su página web responde con precisión a muchas de las mentiras e inexactitudes de Wiesenthal. No obstante, no debe sorprendernos porque el Centro Simon Wiesenthal, al igual que el propio Simon Wiesenthal, no está interesado en la verdad histórica ni está comprometido con el aprendizaje de la historia del Holocausto en toda su complejidad. El Centro Simon Wiesenthal está comprometido con el uso del Holocausto para obtener dinero y la utilización del trauma implícito para promover el extremismo político del Centro.

Notas:
1.- Región situada entre Polonia y Ucrania bajo control austriaco
* Lawrence Swaim es director ejecutivo de la organización interreligiosa Freedom Foundation. Este artículo procede de su libro de próxima publicación Trauma Bond, An Inquiry Into the Natura of Evil.
**Paloma Valverde es traductora y miembro de la Campaña Estatal contra la Ocupación y por la Soberanía de Iraq (CEOSI, http://www.iraqsolidaridad.org/)Fuente: http://palestinethinktank.com/2010/01/05/deconstructing-simon-wiesenthal/

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